Versos libres

Forges: hablar en serio con humor

Lo recuerdo de siempre. Sus dibujos ilustraron varios de mis libros de texto, incluido uno de Religión Católica. Su voz nos acompañó en muchos viajes por carretera gracias a No es un día cualquiera, programa de Radio Nacional en el que participaba. Antonio Fraguas, más conocido como ‘Forges’, se ganó un hueco en la memoria colectiva de la España democrática. Un logro que alcanzó sin más herramientas que la tinta y el papel.

Forges nos dejó el pasado jueves, 22 de febrero de 2018. La culpa la tuvo el cáncer. Como a Terencio el comediante, nada humano le fue ajeno. Puede que su mayor mérito fuera enseñarnos que se podía hablar muy en serio a través del humor.

Comparto a continuación varias de sus viñetas, publicadas en EL PAÍS, su última casa. Espero que también os inviten a pensar.

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En memoria de Antonio Fraguas, ‘Forges’, (1942 – 2018). Te echaremos de menos.

D.E.P.

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Contra los carroñeros de Facebook

Hace unos meses compartí un artículo en un grupo de Facebook con decenas de miles de miembros. En pocas horas, las visitas se multiplicaron. El precio fue aguantar una ristra de insultos tan diversos como inoportunos. Pude dialogar con algunos de mis detractores y la mayoría suavizó el tono. Incluso uno me pidió disculpas, gesto que agradecí profundamente. En cualquier caso, esa rabia contenida, tan imprecisa y a la vez tan intensa, todavía me impresiona.

La semana pasada, un periodista mostró en ese mismo grupo una noticia que había comentado en su programa de radio. Se trataba de una información relativa al desempleo de mi ciudad, fuentes incluidas. Segundos después, las hienas se lanzaron a su cuello. El enlace adjuntado estaba mal y remitía a otra noticia, pero poco importó: parece ser que le tenían ganas.

Fueron muchos los que dudaron de sus intenciones, incluso de su profesionalidad. También es cierto que algunos cuestionaron la fiabilidad de esa noticia manteniendo las formas y sin matar al mensajero. Por desgracia, ese sector crítico, tan necesario para mantener un debate constructivo, suele pasar desapercibido entre multitudes sedientas de sangre y sexualmente insatisfechas.

Da la impresión de que en las redes sociales se ha extendido un perfil caracterizado por ofenderse ante cualquier comentario y no permitir la discrepancia. Victimistas y verdugos a la vez, piden respeto para sus prejuicios y libertad para insultar. Y lejos de ser arrinconados, parece que se van multiplicando.

La situación es más grave de lo que parece. Si hoy basta una opinión o una noticia para justificar un agravio, mañana puede ser tu apellido o tu foto de perfil el motivo por el que los carroñeros iniciarán un escarnio desproporcionado. Así, entre silencios cómplices y cobardes, los abusones poco a poco se van haciendo dueños del patio de recreo.

Espero que perdonéis mi franqueza, pero que nuestra vida sea una mierda no da derecho a joder la de los demás. Porque no; nuestros sentimientos no son verdades universales que el otro deba asumir, y en ningún caso justifican nuestra mala educación ni nuestra ignorancia.

Por muy renovadora que parezca, esa toxicidad digital será siempre parte del problema. La turbamulta vale para pedir la quema de una bruja o la cabeza de un monarca, mas dudo que semejante derroche de agresividad haya servido alguna vez para crear puestos de trabajo, mejorar la Sanidad y la Educación o profundizar en la división de poderes de cualquier Estado de Derecho.

En su ensayo Contra el odio, la periodista alemana Carolin Emcke propone el uso de la ironía para desarticular a quienes exhiben su resentimiento en público. No se trata de coartar la libertad de expresión, sino de sacarle partido en favor de la inteligencia. Voltaire o Cervantes ya nos mostraron cómo hacerlo. Y solo por obligarnos a pensar antes de hablar o de escribir, creo que el reto merece la pena.

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Elogio del silencio

El otro día escuchaba una entrevista a Emmanuel Carrère con motivo de su libro Le Royaume, un ensayo muy personal sobre su relación con el cristianismo. Pese al interés de la conversación, lo que más me impresionó fue que hasta en tres ocasiones guardó silencio antes de responder. Tres momentos que apenas duraron cuatro o cinco segundos. Tres momentos poderosos.

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Emmanuel Carrère

No estamos acostumbrados a guardar silencio. A menudo lo rompemos a cambio de nada. Preferimos el eco de una televisión que nadie ve o tararear una canción que ni siquiera nos gusta. Como legítimos hijos de nuestro tiempo, afrontamos mejor el vacío que la ausencia. Y así nos va.

Durante mi estancia en Lille tuve un profesor que se comportaba como Carrère en aquella entrevista. A veces parecía no entender, pero tras una pausa más o menos breve, te respondía. Nunca tuvo que explicar nada dos veces.

El silencio resulta imprescindible para escuchar al otro. También para estar con uno mismo. Con ruido de fondo se hace imposible pensar. Sin pensar podemos hablar, incluso escribir, pero rara vez diremos algo interesante. Cuando platicamos por no callar, la inteligencia enmudece.

“Si los españoles hablásemos sólo de lo que sabemos, se generaría un inmenso silencio, que podríamos aprovechar para el estudio”, afirmó Manuel Azaña. Ochenta años después sigue teniendo razón. Creo que a todos nos iría mejor con algo menos de jaleo y sin ese murmullo constante que no conduce a ninguna parte.

Sin más propósito que alejarme del ruido que todo lo impregna y del que seguramente he acabado formando parte, este año me he propuesto escuchar y leer de manera más activa. A menudo despreciamos las actividades llamadas pasivas y ponemos la radio o un vídeo de Youtube de fondo para “amenizarlas”. Todo por miedo al silencio.

Creo que va siendo hora de rehumanizar la comunicación y de valorar el silencio. Para lograrlo se me ocurre dar una oportunidad a Le Royaume. Si me mantengo ausente durante un tiempo, no os asustéis: significará que lo estoy disfrutando. Ya os contaré. Feliz semana a todos.

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Opinar de todo desgasta

Internet nos convirtió a todos en tertulianos e hirió de muerte a los géneros de opinión, cada vez más devaluados por exceso de oferta. Hoy cualquiera puede compartir en la red sus impresiones y convicciones sobre la guerra de Siria, la política exterior de Donald Trump o las elecciones catalanas. De verdad, no me explico cómo tantísima gente puede estar tan segura de tantas cosas en plena Modernidad Liquida. 

La ‘moda’ de opinar sobre todos los temas de actualidad desgasta a emisores y receptores, incluso al propio mensaje. Además, es un coñazo. Lo siento, pero de un día para otro me cuesta mucho definirme, tomar partido en un conflicto que sucede a miles de kilómetros o desmontar puntos de vista que ni siquiera comprendo. Prometo que hago esfuerzos por volverme empático e informarme mejor, pero aun así, a veces dudo. Es más, hay asuntos que ni siquiera me interesan.

Lamento si he decepcionado a alguien, pero es que estoy harto. Harto de los histéricos que comparten bulos en internet. De quienes solo ven defectos en el adversario y virtudes en sí mismos. Harto de victimistas que se creen víctimas. Y de pseudo-intelectuales que dicen qué y cómo pensar a quienes tienen demasiada pereza para cuestionarse nada. Me agota, como diría Juan Soto Ivars, la omnipresencia de tanto “pajillero de la indignación”. Sobre todo cuando no tienen ideas propias.

En nuestro ecosistema digital sobra dogmatismo y falta curiosidad. A menudo comentamos noticias con intención de convencer, incluso de ridiculizar; casi nunca para dialogar o aclarar dudas. Me temo que muchos, absortos en su anhelo de predicar verdades reveladas, han olvidado el placer de aprender algo nuevo.

Y creedme, una buena forma de hacerlo es desconectarse de la red y salir a dar una vuelta bien acompañado. Por la biblioteca o librería más cercanas, por ejemplo. Os invito amistosamente a comprobarlo.

 

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Conectados

No tengo Instagram, tampoco ninguna intención de crearme una cuenta. Cada vez me gustan menos Twitter y Whatsapp. Facebook lo utilizo más, pero solo por su versatilidad. No obstante, creo que seríamos más felices si le dedicásemos menos tiempo. Además, ya ni siquiera reviso el correo electrónico a diario. Por todo eso, algunos dicen que cada vez estoy más desconectado. Y no les quito la razón, aunque creo que se equivocan de término.

Hace poco cambié de ciudad y retomé los estudios. Sin esperarlo, he redescubierto varios placeres, como salir de cañas con los compañeros, quedar con alguien para conversar largo y tendido o pasear en solitario por rutas menos transitadas. Para muchos, no son más que diversas formas de perder tiempo y algo de dinero. A mí, sin embargo, me acercan a la parte de mundo que me rodea. Me conectan con él.

A menudo juzgamos mal a quienes no actualizan sus perfiles en redes sociales, usan móviles que no admiten aplicaciones (en caso de disponer de uno) o apenas ven televisión. No contemplamos la posibilidad de que quizás inviertan todo ese tiempo en crear lazos más duraderos con su entorno. En mi opinión, los auténticos desconectados serían aquellos que desconocen a sus vecinos, ignoran el nombre de las especies de árboles que se cruzan a diario y pasan meses sin saber nada de sus parientes. Es decir, casi todos nosotros.

No sé a qué me dedicaré el día de mañana. Tal y como está todo, veo difícil establecerse en cualquier sector. Lo que tengo muy claro es que me gustaría permanecer siempre conectado. Con mi gente, con el mundo, con la naturaleza.

Intuyo que ni siquiera está bien visto. Nos prefieren aislados, centrados en descubrir nuestra supuesta vocación y en lograr un desarrollo personal que nos roba tiempo y nos vuelve infelices. No obstante, si tenemos presente que el mundo no gira a nuestro alrededor y que en él solo estamos de paso, creo que todos estaremos más cerca de conectarnos, en el mejor de los sentidos. Hagamos la prueba.

 

 

 

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Pereza máxima

Las perífrasis verbales. Los adverbios acabados en -mente. Los adjetivos redundantes. Nombrar a cada personaje. Y precisar su edad. Y su aspecto. Y sus preferencias sexuales.

Las traducciones literales. La anglofilia. Los lugares comunes. Construcciones sintácticas excesivamente largas y en exceso recargadas sin otra intención que no decir absolutamente nada.

Cincuenta sombras de Grey. Los libros escritos por youtubers. Orgullo y Prejuicio. La Novela histórica. Los manuales académicos. Su prosa soporífera.

Los discursos previsibles. La gente victimista. Los que se lavan las manos. Y los que se las manchan de sangre y mierda.

Escritores que no leen. Futbolistas que andan. Músicos que no componen. Intelectuales propagandistas. Periodistas-estrella. Padres egocéntricos.

Los grupos de Whatsapp. Instragram. Los vídeos de gatos. Snapchat. Los gurús de Twitter. Las selfies. Los insultos viscerales entre desconocidos que creen pensar distinto. Los piropos interesados.

Las series de las que todo el mundo habla. La música indie. Las franquicias. La ropa de marca. Gafas de sol pasada media tarde. Monturas de pasta con lentes sin graduar.

Profesores que no enseñan. Exámenes con mala idea. Castigos colectivos. Memorizar por memorizar. “Esa definición no es la que yo dije”. “La asistencia cuenta un 20% de la nota final”.

Tus prejuicios. Los míos. Quienes creen saberlo todo. Los que se niegan a aprender.

Negar sentimientos. Imponerlos. La palabra “imposible”. Los suspiros automáticos. La desconfianza como norma.

La niebla. El barro. La lluvia helada. Un cielo gris. Una noche sin estrellas.

 

 

 

 

 

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Adiós, PAPEL

Lo descubrí en mi último año de universidad. Al principio no me atraía; pensaba que el envoltorio iba a resultar más dulce que el propio caramelo. Pero le dí una oportunidad. Desde entonces me ha acompañado muchos domingos de resaca, de partido o de estudio; en Pamplona, en Madrid o en Linares. Me refiero a PAPEL, suplemento dominical del diario EL MUNDO, cuyo nombre revelaba una apuesta romántica por el formato más tradicional. La semana pasada (15 de octubre) se publicó su último número.

PAPEL no era un magazine convencional. Rebosante de color, alternaba temas serios con otros más livianos. Y a diferencia de otras publicaciones más centradas en las efemérides, la revista miraba al futuro desde el presente, acercándonos cada semana a la educación, a las nuevas tecnologías o a las últimas tendencias alimentarias. Un producto 100% millenial, difícil de encajar con el lector que se le presupone a EL MUNDO.

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Portada del último número de PAPEL.

“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”, afirmó Antonio Gramsci. El tiempo le ha dado la razón, al menos en cuanto al Periodismo. El dinero parece hallarse en el sensacionalismo, la brevedad y el espectáculo, cuyos soportes predilectos son internet y la televisión.

Me gustaría pensar que vendrán más proyectos como THE NEY YORKER o JOT DOWN SMART, pero hoy el referente es OK DIARIO. Y en un mundo donde el mérito apenas cuenta y la ética parece un lastre, no veo factible que se revierta la situación a corto plazo. Los lectores tendrían que tomar conciencia de la importancia del periodismo independiente, y para eso haría falta otro desastre de 1898. El cierre de uno de los grandes diarios impresos, por ejemplo. Tal vez así realizaríamos un examen de conciencia tan profundo capaz de cuestionar nuestros hábitos de consumo.

He recopilado varios artículos papeleros que captaron mi atención en su momento. Seguro que me he dejado más de uno que merece la pena, por lo que pido perdón a su autor y a los potenciales lectores. Sea como fuere, os recomiendo de verdad leer los siguientes:

Me pregunto cuántos reportajes, columnas y entrevistas ya no tendrán cabida entre las páginas de la prensa española tras el cierre de una publicación que se atrevió a innovar en tiempos turbios. Dicho esto, no me arrepiento de todos los euros invertidos en adquirir los números físicos. Porque, por mucho que digan los gurús del emprendimiento digital, un soporte nunca reemplazará a otro. Simplemente porque cada cual tiene una naturaleza distinta.

Larga vida al papel. Adiós, PAPEL.

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Última página de la revista.

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