Versos libres

Yuste y la juventud europea

Hace poco asistí a un curso de verano sobre Identidad Europea, Cultura y Educación. Lo organizaba la Academia Europea e Iberoamericana de Yuste en el Monasterio de San Jerónimo, uno de los tantísimos parajes con encanto de la preciosa Extremadura.

En apenas cinco días me dio tiempo a conocer a personas muy distintas, unidas todas ellas por su deseo de aprender. Aunque el perfil-tipo era el de una mujer joven y universitaria, allí también había hueco para maestros jubilados, doctorandos procedentes de Haití o emprendedores septuagenarios. Nadie parecía estorbar. Además, el ambiente que se respiraba era muy sano. Se podía discrepar con naturalidad y ningún participante se consideraba superior a otro, tentación habitual en el mundo académico.

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Monasterio de San Jerónimo de Yuste. Fuente: Archivo.

En contra de lo que afirman cuñados y magazines digitales amarillentos, en Yuste comprobé lo bien preparadas que pueden estar las nuevas generaciones, más cosmopolitas y con menos prejuicios que cualquiera de las anteriores. Pero hay algo que me inquieta, y es a dónde va toda esa gente una vez da el salto al mundo laboral.

Tengo la impresión que algunos de esos perfiles nunca abandonan el ámbito universitario, autorreferencial y desconectado de su entorno (quien lo probó lo sabe). Otros tantos acaban plegándose a lo que las empresas buscan, diluyendo su personalidad en el ego de un jefe incompetente. También están los que, desengañados ante la meritocracia, se afilian a partidos políticos y lo utilizan en provecho propio. Y por último encontramos a quienes hacen la maleta rumbo al extranjero para nunca más volver. No sé cuál de las cuatro opciones me resulta más triste.

Para cambiar la situación quizá debamos trasmutar nuestros valores. Conceder más importancia a la conversación, al buen trato personal y a todo aquello que hoy llamamos “calidad humana” en detrimento de la titulitis o de la picaresca, dos caras de una moneda cada vez más devaluada. Conllevará cierto tiempo. Pero, tras mi paso por Yuste, me he vuelto un poco más optimista. Quizás haya más gente de la que pensamos dispuesta a dar el paso. Si no me creéis, preguntad a vuestros jóvenes.

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Participantes del curso. Fuente: Academia Europea e Iberoamericana de Yuste.

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La miseria de la titulitis

Ninguno de mis abuelos estudió una Licenciatura. En su época, muy pocos podían hacerlo. No obstante, ambos leían el periódico a diario y casi siempre tenían a mano un libro. Además, uno y otro sabían conversar y disfrutaban compartiendo tiempo y vida con sus allegados.

Hoy, damas y caballeros con el currículo hipertrofiado por másteres, cursos y diplomas muestran sin pudor su analfabetismo. Analfabetismo no solo intelectual, sino también social y emocional. Podemos verlo en jefes demasiado mandones o en los escritores y periodistas que no leen. En docentes sin empatía o en esos padres tan egocéntricos.

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Viñeta de Ruarodriguez.

El problema no está en no saber, sino en no sentir la necesidad de aprender. En España acabamos de descubrir que varios políticos añadieron méritos ficticios a sus respectivos expedientes. Como era de esperar, la falsedad de unos la utilizaron otros como arma arrojadiza. Sin embargo, la pertinente reflexión todavía no ha visto la luz.

Creo que estamos dejando escapar una gran oportunidad para cuestionar muchas cosas. La función de la cultura en una sociedad en la que todo se compra y se vende. Un sistema educativo que fomenta la competitividad en detrimento de la curiosidad o el compañerismo. Por qué digerimos antes la mentira que la derrota. Cuándo empezó toda esta mierda.

Una buena forma de romper esta dinámica sería quitarse méritos. No presumir de todo lo que sabemos ni de lo que hemos hecho. Decir “no lo sé” de vez en cuando. Hablar un poco menos y escuchar un poco más. Lo más probable es que perdamos caché y algunos followers. Pero ganaremos algo que recibe múltiples nombres y que nos ayudará a vivir mejor. Según mi experiencia, así arrancan todos los cambios que merecen la pena.

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Cambios

Cambiar es necesario. A menudo encontramos excusas para no hacerlo, casi todas relacionadas con la falta de tiempo. En realidad, el inmovilismo está vinculado al orgullo, por eso nos cuesta más pedir perdón que comprar otro coche.

Han transcurrido dos años desde que dejé atrás la “etapa universitaria”, esa misma en la que los más privilegiados nos dedicados en exclusiva a estudiar. Una vez fuera del campus, me llama la atención lo diferente que se ve todo. En mi caso, la creencia de que todo era posible para los que trabajan duro ha mutado en un pesimismo más sosegado y menos ingenuo, también llamado “pragmatismo”.

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Por ejemplo, ya no soy tan optimista con respecto a internet y a las redes sociales. Tampoco creo que el periodismo sea el mejor oficio del mundo. Cada vez dudo más acerca de las ventajas de emprender, así como de las intenciones de quienes animan a ello a jóvenes recién salidos de la facultad y sin un duro. Ni siquiera sabría ubicarme en el espectro político contemporáneo, aunque siga pensando parecido.

Pero no todo son malas noticias. Tras haberme cruzado a unos cuantos, cada vez se me da mejor distinguir entre la multitud las voces de los charlatanes. Conozco un poco más los problemas de mi entorno, de tal forma que la mayoría de los debates mediáticos me parecen frívolos y estériles. He descubierto Rick y Morty y a los Dire Strains. Y sobre todo, he encontrado a personas que con unos minutos de conversación son capaces de animar la peor de las semanas. Os aseguro que esto último no tiene precio.

No sé a qué me dedicaré el día de mañana. Solo prometo que, de ahora en adelante, me leeréis más a menudo por aquí y menos por Twitter y Facebook. Poco a poco irán llegando más cambios. Como diría cualquier antagonista decimonónico, “pronto recibirán noticias mías”. Feliz comienzo de semana.

 

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La muerte de un padre

Hace unos días murió el padre de una amiga muy querida. Aunque él llevaba tiempo luchando contra el cáncer y su pronóstico no era nada favorable, afrontar lo inevitable ha resultado difícil para ella. Prepararse para lo peor no significa que no te vaya a doler; he ahí una lección que todos aprendemos tarde o temprano.

Semanas atrás, mi amiga se había trasladado a casa de su padre. Estaba pendiente de él y le hacía compañía. Sin embargo, a diferencia de tantos otros, ella nunca dejó de vivir. No descuidó sus estudios, ni sus relaciones personales, ni siquiera su aspecto. Incluso le dio tiempo a entrar en mi vida y a convertirse en una de esas personas que hoy considero indispensables.

Hay una escena de la película El Rey León en la que Simba, al observar su reflejo en una charca, se encuentra con el rostro de su padre. “Él vive en ti”, le susurra Rafiki. “Recuerda quién eres”, clama poco después Mufasa desde las alturas. Creo que ilustra de maravilla lo que intento expresar.

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Reflejo de Mufasa en el reflejo de Simba. Fuente: deviantart.com; autor: isuru077

Cuando alguien se va y el duelo concluye, llega el momento de convertir todo el dolor en energía. De “mirar al cielo y crecer”, como diría el bueno de Manolo Preciado. Conlleva tiempo y requiere un gran esfuerzo, pero el proceso merece la pena. Porque también es una forma, acaso la mejor, de rendir homenaje a los que ya no están.

La verdad es que no sé cómo superar la muerte de un padre. Cada vez tengo más manía a esos artículos que, a modo de manual de instrucciones, te dicen qué hacer y cómo sentirse en cada momento. Sin embargo, estoy convencido de que si los que se fueron pudieran vernos, nada les haría más ilusión que descubrir cuánto aprendimos de ellos. Que seguimos teniéndoles presentes aunque hayamos continuado -qué remedio- con nuestra existencia rutinaria. Que ahora son parte de nosotros. Y que, precisamente por eso, hemos salido adelante.

Cuando los nubarrones se vayan, la vida de mi amiga recuperará su tono colorido. Mientras tanto, le toca afrontar el golpe con entereza y serenidad. Qué fácil es decirlo. De todas formas, reposará con la conciencia tranquila. Se sacrificó cuando tocaba y no cargó en los demás todo el peso de su dolor. Su padre, allá donde quede, seguro que la observa con orgullo. Muy pocos tienen tanta suerte con sus hijos.

Ánimo, Eva.

 

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A mis alumnos

El viernes 25 de mayo terminé mis prácticas en el Colegio Santo Tomás de Villanueva de Granada. Por casualidad, esa misma tarde tuvo lugar la graduación de los estudiantes de 2º de Bachillerato, a los que también di clase.

“Nunca pensé que en la felicidad hubiera tanta tristeza”, escribió Mario Benedetti. Hoy me siento a la vez pleno y vacío. No atino a explicarlo bien, pero sé que me entendéis.

Aunque pude despedirme de mis alumnos, no les dije todo lo que quise. Precisamente he escrito esto para que esos consejos que a los trece, quince y diecisiete años no nos atrevemos a pedir (y que tanto agradeceríamos) les puedan llegar. Espero que disculpéis que me dirija directamente a ellos a partir de aquí.

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Patio del recreo del colegio Santo Tomás de Villanueva. Fuente: www.agustinosrecoletos.com

Lo primero que os pido es que nunca renunciéis a los libros. Hagáis lo que hagáis con vuestra vida, sean cuales sean vuestras circunstancias, siempre habrá al menos uno que pueda ayudaros. Los libros son la segunda fuente de conocimiento más importante que tenemos a nuestro alcance. La primera son las personas. Lo dijo un tal David Foster Wallace, alguien que sabía bastante de las dos cosas.

Sed amables siempre. Nada de excusas: si sois bordes, cambiad. Una sonrisa puede arreglar el día a cualquiera. Con algo más de afecto, vuestra existencia abandonará poco a poco ese tono gris y se volverá más agradable. Os animo a hacer la prueba.

Tened cuidado con el ego. Sí, todos somos “únicos” y “especiales” a nuestra manera. Pero nadie es mejor que nadie; grabadlo a fuego en vuestra memoria. El mundo no gira a nuestro alrededor ni se adaptará nunca a nuestros deseos. En cuanto lo asumimos, todo se hace más llevadero.

Ah, muy importante: trabajad vuestra inseguridad y ayudad a otros a trabajarla. Lo primero puede ser largo. Es posible que necesitéis ayuda. Si fuera el caso, pedidla: se trata de un gesto valiente, no de cobardía. Lo segundo resulta más fácil. Basta con saludar, dar las gracias y reconocer, en público y a menudo, los méritos y las virtudes de los compañeros. Porque no, inseguridad no equivale a humildad. A algunos la falta de confianza los vuelve arrogantes, mientras que a otros la calidez los convierte en gente sencilla. Merece la pena parecerse a estos últimos.

Por último, me gustaría daros las gracias. Por acogerme. Por la atención recibida. Por enseñarme tanto y lograr que me conozca un poco más. De verdad, estos dos meses han sido una maravilla.

Por favor, no abandonéis la transparencia ni la naturalidad, tan infrecuentes entre los mayores. Preguntad, volver a preguntad, expresar vuestro desacuerdo si algo os parece mal y rectificad cuando sea necesario. La experiencia se adquiere con los años, la curiosidad, en cambio, tiende a estancarse. No la perdáis. Y no dejéis que nadie os la mate.

Espero que algún día volvamos a coincidir. En cualquier caso, fue un placer.

Gracias y hasta siempre.

 

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José María Íñigo, símbolo eterno

Ha muerto José María Íñigo. Lo anunció Pepa Fernández en No es un día cualquiera, programa radiofónico en el que también participaba. Tuve la suerte de verlos en directo cuando visitaron Bailén, hace ya unos cuantos años.

Al enterarme de la noticia me he sentido más viejo y más solo. Me sucede cuando se van de repente esos símbolos que creíamos eternos. Como Constantino Romero. Como Forges.

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José María Iñigo. (Foto: Wikimedia Commons).

Amable y gruñón, popularmente sabio, cosmopolita “del mismo Bilbao”, el periodista de bigote de morsa y aspecto bonachón presidía los recuerdos televisivos y radiofónicos de generaciones de españoles.

A José María Íñigo le debemos la consolidación de la música pop en nuestro país. También varios momentos estelares de la pequeña pantalla, como el episodio de Uri Geller en Directísimo. Sin duda, su gran mérito fue colorear la televisión de una España estancada en el blanco y negro.


En días como estos, tengo la sensación de que el mundo es un lugar peor y bastante más triste. Será que nos hacemos mayores.

En fin, hasta siempre, leyenda. Y gracias por tantas horas de compañía.

D.E.P.

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Viñeta de Puebla (Foto: @jmpuebla).

 

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Forges: hablar en serio con humor

Lo recuerdo de siempre. Sus dibujos ilustraron varios de mis libros de texto, incluido uno de Religión Católica. Su voz nos acompañó en muchos viajes por carretera gracias a No es un día cualquiera, programa de Radio Nacional en el que participaba. Antonio Fraguas, más conocido como ‘Forges’, se ganó un hueco en la memoria colectiva de la España democrática. Un logro que alcanzó sin más herramientas que la tinta y el papel.

Forges nos dejó el pasado jueves, 22 de febrero de 2018. La culpa la tuvo el cáncer. Como a Terencio el comediante, nada humano le fue ajeno. Puede que su mayor mérito fuera enseñarnos que se podía hablar muy en serio a través del humor.

Comparto a continuación varias de sus viñetas, publicadas en EL PAÍS, su última casa. Espero que también os inviten a pensar.

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En memoria de Antonio Fraguas, ‘Forges’, (1942 – 2018). Te echaremos de menos.

D.E.P.

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