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La impresionante luz marbellí

Marbella me repele y a la vez me atrae. La huella de Jesús Gil, un Donald Trump a la española elegido alcalde no hace tanto, sigue aún presente. Por ejemplo, al recorrer un paseo marítimo en el que se echa en falta kilómetros de playa y proliferan las franquicias, muchas de ellas con precios prohibitivos.

Sin duda, Puerto Banús es el máximo exponente de toda aquella frivolidad, consolidada en jeques árabes y oligarcas rusos cuya esposa, veinte años más joven, ha asumido su condición de juguete, tal y como el yate o el descapotable de su marido. Desgraciadamente, no he hecho el esfuerzo de imaginar nada.

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Pero Marbella también son callejuelas encaladas con balcones sobresalientes, un rasgo inconfundible del paisaje andaluz que tantos y tantos poetas extrañaron en su exilio. Rincones que encuentran su razón de ser en la alegría de la gente que se junta en las terrazas para compartir recuerdos, tiempo y vida. Quizás, esto sea lo que mejor defina a los pueblos mediterráneos. El caso es que las casas blancas y los suelos empedrados suponen, en tal que su antítesis, la alternativa perfecta al asfalto salpicado de reflejos de neón.

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Estoy seguro de que la personalidad de aquella zona tiene algo que vez con su luz. Un luz natural repartida entre el cielo el mar y que trasmite paz y serenidad. Y que genera buen rollo, como el que demuestra la población autóctona tanto para sí como con los millones de forasteros que les visitan a lo largo de todo el año.

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Tal vez solo sea una impresión sesgada y personal, pero lo cierto es que Marbella me recordó, para bien y para mal, a una Andalucía en miniatura. Indolencia, desigualdad y desconocimiento de lo propio por un lado; tradición, esperanza y acogida, por el otro. Y al fondo, una eterna puesta de sol que invita a dejarlo todo y vivir el momento. Ojalá sigamos disfrutándola muchos años más.

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Tarde de fútbol en Vallecas

El fútbol es lo más importante entre las cosas sin importancia, dijo en más de una ocasión el célebre Jorge Valdano. ¿Qué hace a este deporte algo tan especial? Diría que su sencillez, que le permite conectar con lo más profundo de la gente.

Eres de un equipo porque este  es parte de ti, como lo son tu barrio, tu ciudad o tu amigos. Esa comunión pude sentirla hace algunas semanas en el Campo de Fútbol de Vallecas. Fui a ver al Rayo Vallecano, carismático club madrileño, en su enfrentamiento ante el no menos simpático Cádiz Club de Fútbol.

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El Rayito venía de jugar en Primera División. Su descenso fue trágico y no estuvo exento de polémica. Pero es en la adversidad cuando la afición ha de responder. El precio de los abonos no se adaptaba a las circunstancias actuales, y los primeros resultados del equipo no habían sido los esperados. Sin embargo, aquella tarde, el público respondió.

Enfrente tenían a otro club, al Submarino Amarillo, que lleva años lidiando con una inmerecida irrelevancia, malviviendo en la división de bronce con demasiada frecuencia. Me pregunto que hubiera sido de ese equipo sin una afición igual de fiel que la de su rival de aquella tarde.

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Del partido, poco que comentar. Los locales salieron enchufados y acabaron endosándole tres al conjunto visitante, que solo reaccionó cuando no le quedaban ni fuerzas ni tiempo. Un encuentro franjirrojo de principio a fin, para merecida alegría de unos hinchas sufridores por naturaleza.

Qué sabrán de esto los dos grandes equipos de la ciudad, que con colores semejantes ofrecen una cosmovisión del fútbol bien distinta a la del Rayo.

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Yo también soy seguidor de un equipo pequeño. Del Linares Deportivo, en concreto. Sé lo que es tragarse partidos grises con resultados (y a veces arbitrajes) nada favorables, padecer un trato perjudicial de la administración y de la prensa respecto a otros clubes de la zona y contemplar con impotencia a reesctructuraciones de plantilla año sí, año también. Es el precio a pagar por tener un referente con el cual identificarse, nos consolamos al unísono los seguidores del fútbol modesto. Pero merece la pena, porque apoyar a tu club acaba siendo una parte más de tu vida. Y eso es algo de lo que pocos pueden presumir.

Con el Rayo Vallecano sucede algo más. Y es que no solo representa un territorio determinado, sino a una clase: a la gente humilde y trabajadora. No tienen anhelos de grandeza, porque entonces dejarían de ser ellos mismos. Por eso me sentí como en casa aquella tarde, en el Campo de Fútbol de Vallecas, otrora Teresa Rivero, aunque fuese un forastero y mi estancia en Madrid y en el barrio haya sido temporal. Y también por eso seguiré animando al Rayito cada semana, desde la distancia, deseando que vuelva a Primera, la categoría que nunca debieron perder. Y a la que regresarán más pronto que tarde recordándonos aquello de que la vida pirata es la vida mejor. Vamos, Rayo.

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Tarde toledana

Pasear por Toledo equivale a viajar en el tiempo. Además de un museo hecho ciudad, la capital castellano-manchega se trata de un modelo en cuanto a equilibrio entre tradición y modernidad. Su mayor defecto tal vez sea el artífice de su perfecta conservación: un tamaño reducido, casi pueblerino.

Atravesada por el Tajo, la antigua villa visigoda se divide en una zona moderna, en la margen izquierda, y otra histórica, a la diestra del río, hoy reservada al turismo. Fue esta última la que recorrimos aquella tarde de sábado en la que decidimos romper la monotonía en pos de un plan alternativo.

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Una vez has llegado al caso histórico, lo mejor es callejear. Un lujo al alcance de muy pocas ciudades y que siempre resulta placentero entre pasadizos a la sombra. En Toledo, perderse te puede deparar más de una sorpresa, sin pagar otro precio que volver sobre tus propios pasos durante no más de 10 minutos.

La convivencia entre culturas fue durante varios siglos la seña de identidad de esta ciudad. La llamada Escuela de Traductores de Toledo, que quizás nunca existió como institución, sigue presente espiritualmente en una arquitectura que combina en armonía elementos cristianos, judíos y musulmanes.

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El paraje en el que se ubica la Ciudad Imperial evoca al Sur. El secarral color pajizo combina con los tonos verdosos y ocres de la ribera del Tajo. A su vez, las casas bajas y la intensa luz que sirvió de inspiración a El Greco consiguen dotar de gracia y personalidad a un paisaje que en otras circunstancias resultaría desolador.

Dicen que una ciudad es producto del carácter de sus habitantes. No me siento capacitado para jugar el rol de los toledanos, pues en nuestra visita solo encontramos transeúntes que se hallaban de paso. Dicho esto, y partiendo de lo absurdo que resulta presumir de algo que no depende de ti, dudo que alguien se atreva a negar que los pobladores autóctonos tienen motivos de sobra para sentirse orgullosos de Toledo, antigua capital de España y actual de Castilla-La Mancha.

Como viajero egoísta, solo espero que la sigan manteniendo igual de bien. Al menos hasta nuestra próxima visita. Y si no la conocéis, no sé a qué estáis esperando. Aun de día, y en plena sombra, os deslumbrará.

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Estampas sanfermineras

Carretera de Soria dirección Pamplona. A ambos lados, secarral. Por delante, una caravana en la que camiones se alternan con todoterrenos de la Guardia Civil. Acabábamos de pasar un toro de Osborne (otro más). Solo faltaba oír a Los Chichos de fondo. Las fiestas de San Fermín, co-patrón de Navarra, habían comenzado 24 horas antes. Allí nos dirigíamos.

En sanfermines, Pamplona muta. Se emborracha. Por las calles se oyen gritos en todos los idiomas, huele a vino mezclado con orina y hace calor. También calor humano. Durante una semana, la urbe se convierte en aquella que le gustaría ser el resto del año. Sucede lo mismo con sus habitantes. No queda ni rastro de la mojigatería de unos o de la cerrazón de otros. Y me encanta.

Es una sensación extraña la de aparecer un día y, de repente, no reconocer a una ciudad en la que has vivido varios años, aun sabiéndote sus calles y entresijos. Creo que a todos nos habrá pasado con una persona a la que creíamos conocer.

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Como bien saben los pamplonicas y mal ignoramos los de fuera, no hay mejor lugar para disfrutar del encierro que la propia plaza de toros. Salvo que seas corredor, evidentemente. Desde el graderío de la Monumental se observa como en nigún otro sitio la llegada de los primeros mozos, sin toro detrás, abucheados por su cobardía. Les sucede una horda intermitente de gente entre la que se entremezclan morlacos y cabestros. Por último entrarán los rezagados, a los que nadie hará caso a menos que tengan cuernos y rabo.

Antes de la carrera se puede disfrutar de bailes y charangas junto a los vídeos de una kiss-cam y los comentarios de un disc-jockey/speaker. Tradición y modernidad, lo local y lo extranjero; inmejorable metáfora de unas fiestas de naturaleza popular y a la vez universal.

Al final, tras el encierro, salen las vaquillas. Es hora de que se luzcan los recortadores, más o menos amateurs, más o menos talentosos. El mejor espectáculo que puede verse en un ruedo.

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A partir de las nueve de la mañana, cuando parte de la población comienza su jornada laboral, Iruña se va a la cama. Toca reponer fuerzas para la tarde-noche siguiente. Aparece entonces el equipo de recogida de basuras.  Ellos son, junto a los sanitarios, los verdaderos héroes de las fiestas. Suyo es el mérito de que desarrollen de manera ininterrumpida durante 7 días.

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Las conocidas en el extranjero como “fiestas del toro” son, tal vez, los festejos menos taurinos de toda la geografía española. A la plaza de Pamplona se acude a comer, beber, cantar, bailar y conocer gente. No hay manera de prestar atención a la corrida.

La feria de Pamplona es tan peculiar, que no hay peor desgracia para un espectador que tener que ir “a la sombra” por no haber conseguido una localidad de “sol”. Torear en Pamplona equivale, con todo el respeto del mundo, a jugar al fútbol en Estados Unidos, China o cualquier monarquía petro-millonaria.

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Por la noche salen la luna, los fuegos artificiales y la fiesta. Es inútil hacer planes precisos: acabarás perdiendo a tus amigos, te encontrarás con otros y harás nuevos. Se trata de una ley innata sanferminera. Tan real como aquella otra de que siempre te quedarán cosas pendientes; entre el caos y el gentío te habrá sido imposible cumplir tus propósitos iniciales. Y no pasa nada.

Un desorden que, dado el buen rollo, no deja de ser agradable, además de contrastar radicalmente con la rutinaria vida PTV (pamplonesa de toda la vida). Porque da igual donde te encuentres; por el bien de tu salud mental, todos los días debería ser San Fermín. Al menos durante un par de horas.

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Dicen que todo el que prueba los sanfermines repite. No me extraña en absoluto. En mi caso, me comprometo a hacerlo siempre que la vida me lo permita. Gora San Fermín.

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‘A gustito’ en Las Palmas

Las islas Canarias tienen su propio ritmo. Tricontinental. Una mezcla de las danzas tribales africanas, encarnadas en sus paisajes; de los ritmos caribeños y latinoamericanos, presentes en los rostros y en la forma de vida de su gente; también del orden clásico del viejo continente, al que aspiraban a representar en 2019 como Capital Europea de la Juventud. Todo ello otorga un encanto especial a este archipiélago ubicado frente al Sáhara.

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Viajar, en sentido estricto, es renunciar al reloj. Cuatro días no bastan para conocer ningún lugar. En mi primera estancia por allí se quedaron pendientes seis de las islas, casi todo el territorio de Gran Canaria y buena parte de su capital, Las Palmas. Incluso nos faltó tiempo para disfrutar de sus playas. Pero los paseos por la zona universitaria, el barrio de Vegueta, la plaza de San Telmo, el centro histórico o el puerto deportivo bastaron para que me llevase una más que grata impresión del territorio insular y de sus habitantes.

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Varios detalles captaron mi atención nada más aterrizar en el aeropuerto. La tranquilidad de la gente, su amabilidad con los forasteros o un acento difícil de distinguir del español de Cuba o Venezuela. Todos ellos parecen consecuencia y a la vez causa de un agradable clima tropical inmune a los fríos continentales. Bajo estos rasgos, aparentemente intrascendentes, subyace una premisa con la que no podía estar más de acuerdo: la vida nos fue dada para disfrutarla en buena compañía.

Una sencilla filosofía que contradice tanto al afán de éxito, reconocimiento y riquezas materiales que tanto maltratan el subconsciente del hombre contemporáneo. Y es que el sentido de la vida, tal vez, se resuma en trabajar una hora menos y aprovecharla para compartir unas papas arrugás acompañadas de cerveza Tropical con los colegas o la familia, comentando lo que ha dado de sí el día o lo que nos aguardan las jornadas venideras.

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Mi impresión, no obstante, es muy sesgada. Todo viajero disfruta de las particularidades y del mágico carpe diem de los destinos que visita, quedando exento del día a día, patrimonio de los lugareños.

Por otra parte, cabe recordar que en las islas las oportunidades laborales para los jóvenes son reducidas respecto a otros territorios de la Península. Además, para bien y para mal, el Turismo es el único sector en el que se puede prosperar a nivel profesional. Una opción desde luego muy respetable, causante de que ahora sienta nostalgia por el inmejorable trato recibido en la isla, pero que andará bien lejos de satisfacer todas las inquietudes de una población muy alegre, aunque condenada al aislamiento por motivos geográficos.

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Actuación de El hilo de Ariadna en la plaza de San Telmo.

Repito, cuatro días no bastan para conocer un lugar ni sus peculiaridades. Mucho menos cuando la finalidad del desplazamiento no se reduce al disfrute. Aun así, este viaje me aportó mucho: personas, paisajes, conversaciones, destrezas…. en definitiva, todo aquello que más tarde integra la categoría de recuerdo.

También me regaló más de una certeza, como que siempre hay formas distintas de vivir y de hacer las cosas. O que hay entornos en los que uno se siente en paz, cómodo. A gustito. Entre ellos, las islas Canarias y Las Palmas de Gran Canaria. Por eso mismo, estoy convencido de que volveré más pronto que tarde.

Hasta la próxima, chachos.

 

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Atardecer en cualquier playa

“Hay cosas que el dinero no puede comprar”, sentenciaba un conocido anuncio. Y no le faltaba razón. No se compran los sentimientos ni los recuerdos, ni las sensaciones. Tampoco las experiencias asociados a todos estos, como un paseo por la playa antes de la puesta de sol.

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Aprendí a andar en la arena de una playa. La de Hendaya, concretamente. Supongo que debe de ser uno de aquellos factores que nos marcan para siempre y determinan nuestra visión de la vida y del mundo. Por eso, cuando paseo al borde del mar me siento como en casa. Tranquilo, en paz. Pese a haberme criado en el interior. Nos es algo que haya elegido, pero no deja de ser una suerte. En realidad, cuanto más sencillo es el placer, mayor es el privilegio.

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Este paseo tuvo lugar, de nuevo, en la playa de Hendaya. Aunque me imagino que hubiese sido parecido en las playas de Llanes, en la de la isla de Cíes, en el Cabo de Gata o en Fuerteventura. Incluso en lugares más lejanos, como Rodas, Copacabana o el Golfo de Guinea. Cada una encierra mil historias diferentes, alegres y tristes, de gentes oriundas de todos los lugares y las épocas. Además, el sol que se esconde en el horizonte es el mismo en todos esos lugares. Qué reconfortante resulta pensarlo.

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Creo que jamás hubo metáfora más perfecta para la vida que la puesta de sol. Un languidecer progresivo de enorme belleza, corto e intenso, inmerso entre claridad y oscuridad. Y que nunca terminamos de apreciar hasta que está a punto de acabarse.

Esperemos que a nuestro ocaso aún le quede tiempo. Larga vida a los atardeceres en cualquier playa.

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Pongamos que hablo de Madrid

El pasado fin de semana tuve el privilegio de acudir al curso de formación en Madrid. Explicar el contenido de los módulos llevaría varias entradas y aún así no despejaría todas las dudas. Me veo más capacitado para expresar lo que se siente al pasear entre las calles de la capital española. Vamos al lío.

Madrid mola. Puedes hacer de todo siempre. A la ciudad no se le pueden sacar demasiados defectos; sí, en cambio, unos cuantos excesos: en las distancias, en la polución del aire, en los precios, y sobre todo, en la cantidad de gente circulando y en la longitud de las colas para entrar o salir de cualquier parte. No obstante, todo ese ajetreo supone el mejor antídoto contra el tedio y la monotonía ligados a la vida provinciana.

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La sede del curso estaba ubicada en la calle Montera, famosa por el oficio de algunas de sus damas; nuestro hostal, en la Plaza del Carmen. Podría decirse que estuve “encerrado” entre las paradas de metro de Gran Vía, Sol y Callao. Qué más se puede pedir, me dirán. Pues por ejemplo, vistas como las de la azotea donde tuvo lugar el curso, ideal para presenciar el atardecer de un sábado víspera de Todos los Santos.

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Al caer la noche, Madrid despierta. El bullicio tal vez no se intensifique, pero desde luego se hace patente. Circular a pie parece tan complicado como hacerlo en coche: cualquier parón o despiste se convierte en riesgo de colisión.

Pero si algo bueno tiene tanto tráfico es la diversidad que integra. Si buscas una buena historia, estampa o fotografía, esta es tu ciudad. Siempre que tengas la paciencia para sentarte y observar, algo de lo que los lugareños andan muy escasos. Paradojas metropolitanas.

En Madrid no sobra nada ni nadie. O mejor dicho, caben todos y de todo. Quienes venimos de fuera importamos tanto como los que viven allí: casi nada. Lo cual no deja de ser una ventaja, ya que garantiza el cumplimiento de la vieja premisa democrática de nadie es más que nadie, casi desconocida en los pueblos de la España profunda.

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Si París bien vale una misa, Madrid merece otras tantas. O en su lugar un curso, congreso o cualquier evento que nos ocupe un fin de semana. Es cierto que así resultará imposible sacar partido a nuestra visita. Y que también tendremos otra excusa para volver. Siempre merecerá la pena, porque existen tantos madriles como el número de veces que la visitemos.

Cada viaje a la capital de España me sabe a poco. Se trata de una ciudad a la que nunca me cansaré de volver. Y no se me ocurre mejor manera de acabar que con un par de estrofas de una canción que compuso mi paisano Joaquín Sabina para homenajear a la ciudad que le perdió y le ganó para siempre. Años más tarde la versionó el tristemente desaparecido Antonio Flores. Para los que estén más perdidos, pongamos que hablo de Madrid.

Allá donde se cruzan los caminos,
donde el mar no se puede concebir,
donde regresa siempre el fugitivo,
pongamos que hablo de Madrid.

[…]Cuando la muerte venga a visitarme,
que me lleven al sur donde nací,
aquí no queda sitio para nadie,
pongamos que hablo de Madrid.

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