Lugares con encanto

Guimarães y el peso de la Historia

Portugal me recuerda a un anciano serio, en camisa de manga corta, sentado en el banco de una plaza. Una imagen que define sobre todo a Guimarães, ciudad que vive en blanco y negro con la calma de un jubilado. Aburrida, sí, pero una bendición para quienes estamos cansados del ritmo de vida urbano.

Los portugueses consideran a Guimarães el embrión de su país. Allí nació el primer rey luso, Afonso Henriques, y tras la batalla de São Mamede, en 1146, se convirtió en la capital del reino incipiente, hasta entonces parte de Galicia.

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El peso de tantos siglos de historia se nota. También en su arquitectura, armónica, descolorida, con predominio de la piedra. Allá todo parece viejo, que no descuidado.

Un paseo por el centro es la mejor manera de empaparse de Guimarães. Bares y restaurantes se alternan con comercios “de toda la vida”. Por allí aún se circula sin atascos y encuentras calles silenciosas. Me pregunto por cuánto tiempo.

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La Praça de Santiago. Fuente: portoportugalguide.com

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En la cima del Monte Largo, al norte del casco viejo, nos topamos el castillo y el palacio de los Duques de Braganza. Merece la pena visitarlos. Ascender una cuesta empinada unido a subir y bajar escaleras nos hará retroceder en el tiempo por unos instantes. Una lástima que las máquinas de refrescos del interior traigan de nuevo al siglo XXI.

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Castillo de Guimarães, palacio de los Duques de Braganza y uno de los salones de este último. Fuente: portoportugalguide.com

Otro reclamo de Guimarães es el teleférico que se eleva hasta lo alto de Montaña de Santa Catalina, coronada por el santuario Da Penha. Durante el trayecto, los árboles y las casas se encojen mientras se amplía la panorámica de la ciudad. Arriba podemos pasear por un bosque verde y con zonas de sombra, que ofrece unas vistas muy agradables de la ciudad más antigua de Portugal.

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Los lugares pequeños albergan un encanto ausente en las grandes ciudades. En ellos se puede ir a pie, comer bien y barato, disfrutar de la naturaleza o del patrimonio monumental. A menudo, los urbanitas los despreciamos debido a un complejo de superioridad absurdo y contraproducente. Cuánto lamento no haberme dado cuenta antes.

En realidad, unos rincones complementan a otros, de tal manera que Oporto y Lisboa embellecen a Faro, Setúbal o Braga. Y viceversa. Porque contrastar también es una forma de aprender. Así que ya sabéis: al norte de Portugal, la histórica Guimarães os está esperando.

 

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Iglesia Nossa Senhora da Consolação.

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Oporto: una vieja con vida

El tiempo cambia algunas ciudades y deja a otras estancadas. Estas últimas suelen perder todos los trenes mientras languidecen y se van despoblando. Oporto no. La casa del vino más famoso de Portugal parece vieja y decadente, si bien turistas y estudiantes logran que su pulso se mantenga estable todo el año.

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Mosaicos de la Estación de San Bento.

De Oporto llama la atención la cantidad de iglesias y de fachadas con azulejos. Allá, edificios de todos los estilos arquitectónicos coexisten y se alternan. La ciudad no es demasiado extensa y está nivelada en distintas alturas, detalle que la convierte en un buen lugar para pasear.

Caminando descubrirás, por ejemplo, que las bodegas de Oporto en realidad se encuentran en Vilanova de Gaia, al otro lado del puente que atraviesa el Duero. En una y otra orilla se concentra todo el encanto tripeiro: colores vivos, música en la calle, jaleo cosmopolita. Una alegría que contrasta con la saudade y el cielo gris típicos del lugar.

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Además de por el casco antiguo, capítulo obligatorio en todas las guías, recomiendo callejear hasta los jardines del Palacio de Cristal, donde pavos reales y gallos cohabitan con peatones sin la menor incidencia. El paseo hacia la playa bordeando el barrio de Boavista también merece la pena. Se trata de una zona menos ‘comercial’ en la que no se oyen lenguas distintas a la portuguesa ni irrumpen tiendas de souvenirs cada 20 metros.

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Jardines del Palacio de Cristal.

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Pero sin duda, el mejor aliciente de Oporto es su gastranomía. Allí encontrarás pasteles de nata, crema o chocolate que por menos de un euro acompañarán al mejor café de la Península. O, si eres más de salado, sabrosos panecillos rellenos de carne de cerdo (bifanas) y unos curiosos sándwiches de embutido gratinados y bañados en salsa picante, conocidos como francesinhas. Una y otra especialidad entran de lujo junto a una Super Bock, la cerveza local, suavecita y refrescante.

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Dulces típicos. Foto: @stephaniedutandemy vía Instagram.

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‘Francesinha’, plato tradicional de Oporto.

Oporto me pareció una ciudad algo apagada aunque muy agradable. La diversidad y su riqueza cultural diluyen el carácter norteño y funcionarial de buena parte de sus habitantes. Admito que me gustó más Lisboa, igual de antigua, más luminosa. En cualquier caso, no descarto volver a la urbe portuense. Si no la conocéis, os animo a hacerlo. Me juego una francesinha a que lo pasaréis bien. Boa Viagem!

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Etnosur: un oasis de montaña

Jóvenes, música en la calle, tiendas de campaña. Cine y teatro; debates y conferencias. Cursos de danza, de manualidades o de percusión. Mercadillos y terrazas. Y sobre todo, buen rollo. Todo eso convierte a Etnosur en un oasis de montaña, además de en uno de los mejores festivales del momento. Motivos suficientes para que los vecinos de Alcalá La Real presuman de pueblo.

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Jaén está considerada “la peor provincia de Andalucía”. La falta de oportunidades, su clima continental o un acento y un carácter distintos a los de Málaga o Cádiz dinamitan el interés de unos forasteros con mono de sol y playa.

Hoy sé que los prejuicios también perjudican a sus dueños. Así que si algunos prefieren dejarse medio sueldo en uno de esos festivales hipster de cualquier gran ciudad, allá ellos. Yo me quedo con el gratuito Etnosur, excursiones a la Sierra y visitas guiadas por los innumerables castillos de la provincia.

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Se puede ser un desgraciado aunque se presuma de lo contrario. Tan cierto como que no hace falta gastar dinero para pasarlo en grande. Creo que esta enseñanza concuerda bien con el espíritu del festival alcalaíno. Solo por eso volveré el año que viene.

Y a los que todavía no habéis puesto un pie en el “Paraíso Interior”, os animo a hacerlo. Estoy seguro de que varios de sus 97 municipios os sorprenderán. Palabra de linarense.

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Sierra de Cazorla, paraíso entre montañas

Hoy en día huimos de lo cercano mientras recorremos el mundo a golpe de selfie. Celebramos el ladrillo, el cemento y el neón a la par que despreciamos la Naturaleza. Memorizamos los nombres de charlatanes televisivos y olvidamos los de las especies vegetales y animales que nos rodean. Por suerte, todo eso tiene remedio.

Hace unos días estuve de excursión por la Sierra de Cazorla, en la provincia de Jaén. Un monumento natural que forasteros y autóctonos apenas valoramos, supongo que por ignorancia.

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La ruta comenzaba en la carretera del Tranco y concluía en el nacimiento del Borosa. Se trata de un recorrido vistoso en el que las cascadas irrumpen de la nada y el bosque se disgrega en distintas gamas de verde, mientras las paredes de caliza y el caudal del río resguardan a los viandantes y les indican el camino a seguir.

En total fueron más de 12 kilómetros, la mitad pasados por agua. Un percance mínimo, pues la lluvia no es más que un peaje por el esplendor y la frondosidad de los árboles.

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Al pasear me sentía pequeño y a la vez enorme. Es difícil de expresar con palabras: la insignificancia de saberse un minúsculo punto en la obra de la Creación y, al mismo tiempo, la serenidad tras ser consciente y sentir que todo está bien así. Pues no es más rico el que más tiene, tampoco el que presume de lujos. La riqueza es aprender a disfrutar de lo más sencillo: un paseo, una conversación, la brisa golpeándote cara, el sabor de un bocadillo tras una larga caminata. Placeres menudos e intensos. Los mejores regalos.

Por de pronto, ya tengo ganas de que llegue la próxima aventura. Intuyo que no será muy lejos y que volveré a estar muy bien acompañado. Muchas gracias por esta última, Fátima.

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Pasajes, esencia guipuzcoana

Pasajes (o Pasaia) es un pequeño municipio portuario de la comarca de San Sebastián. Lo integran cuatro distritos: San Juan, San Pedro, Pasajes-Ancho y Trincherpe. Tal vez se trate del rincón que mejor refleja la esencia de Guipúzcoa, que coincide con la del País Vasco pero sin el Athletic de Bilbao: mar, monte, industria, cielo plomizo, excelente gastronomía y pintadas reivindicativas en las paredes.

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El pueblo se visita en un día. Entre sus atractivos destacan la pintoresca Donibane Kalea, la iglesia de San Juan Bautista, la casa-museo de Víctor Hugo y el paseo que bordea la bahía a los pies del monte Jaizquíbel, en la parte de San Juan.

Enfrente, en San Pedro, llama la atención el barrio de los pescadores, al que se puede acceder en barco desde el otro lado de la costa. Un trayecto corto y agradable que sirve para que los vecinos de uno y otro barrio rompan su aislamiento.

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Lo más llamativo de Pasajes son sus vistas. Allí podrás descubrir un puerto de marineros y piratas ebrios, montes custodiados por un temible dragón o polígonos industriales donde intercambian sustancias prohibidas. Para descubrirlos basta con pasear, mirar alrededor y sobre todo, dejar volar tu imaginación. Porque como sentenció el poeta Paul Élard, “hay otros mundos, pero están en éste”.

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No obstante, lo que más me gusta de este lugar (así como del resto de Euskadi) es la sensación de autenticidad que se desprende al recorrer las calles y conversar con sus gentes.

Allá sobran las florituras: todos se muestran tal cómo son. En un primer momento, puede chocarnos a los que vivimos más allá de los Pirineos o al sur de Despeñaperros, donde la retórica se confunde con el propio mensaje. Pero al cabo de un rato, agradeces esa franqueza en las respuestas, en los gestos y en los deseos más profundos de los lugareños.

Tales particularidades se convierten en un ejercicio de resistencia al modo de vida actual, que nos obliga a preocuparnos solo por aparentar. Un mundo de imágenes que tiende a lo impersonal y a lo homogéneo y que los vascos parecen rechazar de pleno. Bravo por ellos.

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Postales rocosas desde El Algarve

Hace unos días visité Lagos, en El Algarve. Además de por sus playas y acantilados, la región destaca por la tranquilidad y la bonhomía de su gente. Una suerte de saudade del sur que recomiendo a todo el mundo.

¿Qué buscamos en vacaciones? Muchas veces no tenemos ni idea, de ahí tanta frustración. Cuando llamamos amor al sexo o periodismo a la publicidad, cuando queremos descansar en la discoteca o comer bien, rápido y barato a la vez, lo normal es acabar insatisfecho.

Del mismo modo, viajar a Lagos en busca de emociones fuertes es pura contradicción. Pero para descansar el cuerpo y formatear la mente, la ciudad lusa cumple con creces.

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La fiebre del ladrillo apenas causó estragos en la zona. Allá, taludes y cuevas se integran entre sombrillas, toallas o castillos de arena. La marea sube y baja a su antojo, sin muros que la detengan. A su vez, la calma marina tampoco se ve alterada por lanchas ni piraguas. En El Algarve, el equilibrio sí es posible. Y espero que por mucho tiempo.

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Adoro la playa, el sol y los chiringuitos. También el silencio, los libros y la conversación pausada a la hora del café. Pienso que los contrastes, aparte de bellos, son siempre enriquecedores. Quizás la imagen que mejor los represente sea la de una cueva: luz y sombra, roca y arena, naturaleza salvaje y turistas. Aunque sea difícil de creer, en ocasiones parece que el paisaje modula el carácter de los lugareños. En Lagos tuve esa impresión.

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Portugal me parece un país consciente y a la vez orgulloso de su imperfección. Por eso me gusta. También por sus manjares: pescado, arroz, carnes a la brasa, café aromático. O por un dominio de las lenguas extranjeras, un civismo y un sentido de lo público extraño para los habitantes del resto de la Península.

A veces, los medianos han de mirar a los pequeños para llegar a ser grandes. Este viaje me lo ha vuelto a demostrar. Estoy convencido de que los de la piel de toro podemos aprender mucho en el puerto del gallo. Por suerte, nos queda a tiro de piedra.

Até a próxima. 

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Crónicas del Gachi, Lugares con encanto

Pantano de Baños, playa de Linares

Una ciudad sin playa es una ciudad acomplejada. Por más que su Ayuntamiento invierta en Medioambiente, Cultura o Fomento, por muchos premios y muestras de reconocimiento que pueda recibir, siempre le faltará algo. Al menos así lo creen sus habitantes. Les sucede a metrópolis globales como Sao Paulo, París o Milán; a urbes medias tipo Lille, Zaragoza o Florencia; a capitales de provincia del estilo de Córdoba, Pamplona o Toledo. Y también a Linares, otra integrante más de un club nada selecto.

Hay villas que no admiten sus propias carencias y afirman “ser de montaña”. La mía camufló su tara enviando pobladores a ocupar de facto el Pantano de Baños de La Encina. Así nació la playa de Linares, término muy arraigado a pesar del agua dulce y de ubicarse fuera de nuestro término municipal.

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La playa de Linares te ofrece menos que las convencionales: no hay arena para hacer castillos ni orilla suficiente para jugar a la pelota. Tampoco puedes surfear ni almorzar en sus inexistentes chiringuitos. No obstante, el agua no es tan gélida como Rías Baixas, está prohibido arrojar basura y se puede pescar y montar en piragua. O lanzar piedras sobre la superficie a modo “salto de rana”, un pasatiempo de otra época que aún pervive. E igual de satisfactorio que, recién salido del agua, devorar el bocadillo de embutido envuelto en papel de aluminio que tú mismo has preparado para la ocasión. Y es que la infancia nunca pasa de moda en aquellos lugares que conservan caminos para bicicletas.

El clima en esta región suele ser benigno todo el año, salvo en los veranos de 35ºC a medianoche. Esos mismos en los que el Pantano presenta, a modo de protesta, una mayor afluencia de gente y de coches. Es entonces cuando reduce su distancia con respecto a las playas estandarizadas, sobre todo en lo relativo al sonido-ambiente y a la acumulación de residuos no siempre orgánicos. La historia de siempre, solo que a menor escala.

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No obstante, el pantano nunca será un destino de lujo ni masificado. Pocos faranduleros presumirán de haber puesto un pie en estas lindes casi desconocidas. Allí, los focos se mantienen apagados. Y no deja de ser parte de su encanto, como hallarse inmerso en un mar (de olivos) o pertenecer a Baños de la Encina. Un pueblo pequeño de calles empedradas, presidido por un castillo edificado en pleno Califato de Córdoba que encierra mil y una historias. Quizás os las cuente en otra ocasión.

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