Libros y escritura

La fiera que arañó a El País

Manuel García-Viñó fue el crítico más riguroso a la hora de analizar la Novela en España, quizás también el que mejor conocía el género. Antonio García Trevijano ha sido uno de los pensadores más molestos para el poder en nuestro país antes, durante y después de la Transición. Txalaparta es una editorial abertzale conocida por dar voz a quienes no podrían publicar de otra forma, asesinos incluidos.

La labor de los tres confluye en El País: la cultura como negocio. Un ensayo que recupera el espíritu transgresor, crítico e incorfomista de La Fiera Literaria, el libelo que exasperó como ningún otro a los prohombres de Alfaguara y Planeta.

Si eres un acólito del periódico global en español, posiblemente no termines ni su prólogo. Pero si intuyes que algo no va bien en la industria cultural y crees que ciertos escritores están sobrevalorados, adelante: este libro es para ti.

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La tesis de la obra es sencilla: la novela, el género literario ideado por Cervantes y pulido por Dostoievski, Balzac o Dickens, sufrió un grave retroceso en la segunda mitad del siglo XX. La culpa la tuvieron la llamada cultura de masas y su industria asociada. Y en España, la responsabilidad de convertir al libro en un objeto de consumo recayó sobre el periódico El País y la editorial Alfaguara. A ellos se dirigieron la mayoría de los zarpazos de La Fiera aquí recopilados.

Tras un prólogo extenso, en el que Trevijano relaciona la ínfima calidad de la literatura actual con la mediocridad de la clase política, el autor comienza su particular carrusell de golpes. Y no muestra piedad con nadie. Ni con Jesús Polanco, el capitalista de la cultura, ni con Juan Luis Cebrián, exitoso hombre negocios convertido en (mal) académico. Tampoco con Javier Marías, “el peor escritor de todos los tiempos y lugares”, ni con las que él denomina “las tontitas del sistema”: Rosa Regás, Rosa Montero, Elvira Lindo y Almudena Grandes. Ni siquiera se libran los maridos de estas últimas, Antonio Muñoz Molina y Luis García Montero, sedicentes y aburridos como el resto.

A semejanza de La Fiera Literaria, en el libro se emplea la crítica acompasada, que consiste en justificar las opiniones acerca de la obra analizada exponiendo fragmentos de la misma, siempre en orden cronológico. De esa forma, ningún juicio parece arbitrario. Un método riguroso aunque no exento de ironía, como bien recordarán los suscriptores del boletín.

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Cabecera de La Fiera Literaria. 

El País: la cultura como negocio me parece necesario por recordarnos un par de verdades incómodas: en el panorama cultural español vale más ser dócil que talentoso, luego quienes no pasen por el aro serán excluidos del sistema y jamás disfrutarán de la fama.

Aunque repetitivo e hiriente en sus comentarios, todos deberíamos celebrar la honestidad intelectual de Manuel García-Viñó, hombre de izquierdas y republicano que no tuvo reparo en denunciar las contradicciones de sus compañeros de trinchera. Para él, Eduardo Haro Tecglen, Maruja Torres o Vicente Molina Foix fueron “progres de salón” elegidos por el grupo Prisa para parapetar su cinismo y oportunismo mercantil. Y en un país históricamente sectario como el nuestro, cualquier atisbo de autocrítica se convierte en un soplo de aire fresco.

No obstante, el crítico sevillano, inmerso en su anhelo de desmontar la farsa prisana, comete el grave error de tomar la parte por el todo. Como consecuencia, niega cualquier posibilidad de redención a las personas que cita. Y digo yo que algo bueno tendrán, más allá de su éxito comercial. Además, cuesta creer que las opiniones y los gustos de todos los lectores hispanoablantes solo dependan del devenir del mercado. Igual de ingenuo me parecería otorgarles una independencia y un pensamiento crítico a prueba de marketing.

Por otro lado, aunque se pueda estar de acuerdo en que detrás de cada forma de dominación se esconde una naturaleza perversa, lo cierto es que me cuesta imaginar una España sin El País. En sus páginas se apela a la concordia, el diálogo o el respeto al prójimo. Valores que sus dirigentes han pasado y pasan por alto, cierto. Pero que a día de hoy, con una prensa esclava de Google y Facebook, merece la pena defender en público. Si no hubiera nacido El País, dudo mucho que ABC, Arriba o El Alcázar hubiesen desempeñado un rol parecido a finales de los setenta y principios de los ochenta.

En cualquier caso, y a riesgo de que Cebrián me haga la cruz de por vida, estoy convencido de que socarronería de Manuel García-Viñó nos vendría muy bien en este momento. Me gustaría saber su opinión acerca de la Generación Nocilla, los best-seller escritos por youtubers, las antologías de tweets y demás experimentos con forma de libro. Seguro que divertiría a unos cuantos y no dejaría a nadie indiferente. Por suerte, siempre podremos tenerle presente a través de su prolífica obra. Muchas gracias por ella, fiera.

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Manuel García Viñó (Sevilla, 1928- Madrid, 2013).


PD: Para que conozcáis un poco más y mejor a Manuel García-Viñó, comparto a continuación un programa de Negro sobre Blanco (dirigido por Fernando Sánchez-Dragó) en el que participó. Trata sobre La Fiera Literaria. Que lo disfrutéis.

 

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Crónicas del Gachi, Libros y escritura

Hasta siempre, Iracundo

“El Pablo” y yo bajamos como alma que lleva el diablo camino de nuestras casas. En los días venideros, sus padres saldrían el Jueves Santo a ver la procesión del Nazareno y nos dejarían en casa solos. Era un buen plan para el día del Jueves Santo. Había licores encerrados bajo llave y, por supuesto, conocíamos el escondite de dicha llave mágica. Un colega de su hermano mayor nos había grabado gran cantidad de cintas de casete de grupos como los Eskorbuto, Kiss, Metallica, Kortatu, y un largo etc de buena música.

El Jueves Santo llegó…

Bebíamos cuando escuchamos el fuerte redoble de tambor de música de Semana Santa. Nos asomamos al balcón. En el edificio de enfrente estaba un tipo ataviado de penitente tocando la caja. Volvimos dentro y cerramos el balcón.

Nos quedamos dormidos. A la mañana siguiente, el olor a churros y chocolate caliente nos despertó.

Pocos fragmentos literarios reflejan lo que significa crecer en Linares como éste de El Iracundo. Su autor, Miguel Ángel Noguera Ureña, fue un hombre del Renacimiento en plena Posmodernidad: maestro con vocación de escritor, hizo sus pinitos en el cine mientras su obra pictórica se exponía en Madrid o en Bilbao. Recientemente había publicado Soñar Mata, un diario surrealista no apto para lectores comerciales, como bien advirtió en su contraportada.

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Miguel Ángel Noguera Ureña

Lo conocí hace unos meses, en Entrelibros. Ejercía de jurado en el premio literario que concede la librería. Él mismo lo había ganado el año anterior con su Iracundo. Quería hablar. Conmigo, con las autoridades, con cualquiera que le escuchara. “La cultura no se valora como es debido en esta ciudad”, afirmaba. “Y no será por falta de artistas… pero para que te hagan caso, tienes que irte fuera, triunfar y volver. No hay otra”. Estaba resentido, aunque en ningún momento dejó de ser amable.

Tras invitarme a luchar por las causas perdidas, supongo que como a todos sus lectores, me dio su teléfono. Para que lo entrevistara, le preguntara cualquier duda o simplemente, “para hablar”. No pedía nada más. Por desgracia, jamás podré concederle ese gusto. Miguel Ángel Noguera Ureña nos dejó hace un mes, el 29 de junio de 2017.

“Matar a un hombre es algo despreciable. Le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría llegar a tener” afirma Clint Eastwood por la boca de Will Munny en Sin Perdón. Cuando muere un creador, la tragedia es todavía más profunda: de golpe desaparece su mundo interior, con todos sus personajes y escenarios. También se borran las emociones, los sentimientos y las ideas que el público estaba llamado a experimentar. Sin Miguel Ángel, todas las personas más o menos creativas y sensibles hemos perdido algo. Algo difícil de explicar y que nos deja huérfanos; más solos y abandonados en este páramo cultural en el que se ha convertido todo.

Para honrar su memoria no se me ocurre nada mejor que continuar creando. Del mismo modo, desde aquí os propongo desarrollar al máximo la imaginación en la medida de lo posible. Pintura, poesía, cine, fotografía… da igual, una obra sincera siempre es valiosa. Él mismo estaría de acuerdo.

Y a su vez, animo a todos aquellos que se vean privados de originalidad a invertir algo de tiempo en la Cultura. Que frecuenten más el cine, el teatro, las bibliotecas y librerías. Que por un momento vivan más allá de la óptica del beneficio y del consumo. Así, tal vez dentro de unos años, nuestra ciudad se parezca más al Madrid, la Barcelona o el Bilbao que tanta envidia sana producían a nuestro autor. Aunque póstuma, esa sería su mejor victoria.

En fin, allá donde estés, te recuerdo que tenemos una conversación pendiente. En lo que a mí respecta, te haré caso y seguiré escribiendo. Hasta siempre, Iracundo.

 

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Apuntes de ‘7 de julio’ (Chapu Apaolaza)

“Puede ser que en Nueva York el que haya corrido sea una estrella; en Pamplona ha corrido todo el mundo, desde el alcalde al barrendero, y el que presume -aunque se pase los pitones por la nuca- siempre termina por quedar como un cantamañanas. Quizás eso de aprender las discretas reglas del pudor pamplonés sea la lección crucial de todo corredor extranjero”.

“Sea lo que sea lo que la vida te arroje encima, no derrames tu copa”.

“Para bien o para mal, desde Fiesta, los sanfermines ya no están en manos de los pamploneses”.

“Acá sensatez y allí, el arrebato. Una camisa blanca impoluta y enfrente camiseta, lamparones de vino y churretes de salsa de cangrejos de río. […] Bocanadas de perfume frente a sangría secada al sol y derramada y secada de nuevo durante ocho tardes seguidas; Allá champán de la Viuda de Clicquot y aquí, latas de cerveza para el resacón. El Sol y la Sombra en Pamplona son dos formas de estar en la vida”.

“Hace falta más valor para quitarse del encierro que para entrar”.

“Un chaval de cinco años me estaba dando una lección fundamental: el encierro no es otra cosa que recibir el testigo, correr y saber soltarlo”.

 

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En los años veinte del siglo pasado, el escritor norteamericano Ernest Hemingway logró que el mundo entero mirase a Pamplona del 7 al 14 de julio. The sun also rises, traducida al español como Fiesta, es la novela por excelencia en cuanto a la atmósfera festiva que se respira en la capital navarra durante esos días. Hacía falta, sin embargo, una obra ‘autóctona’ que reflejase la esencia de una de las celebraciones más particulares que existen. Creo que 7 de julio, del periodista Chapu Apaolaza, lo consigue.

Los sanfermines son difíciles de explicar. Hay que vivirlos, a ser posible con amigos, buen tiempo y sin horarios. He tenido esa suerte durante un par años seguidos y espero que sean bastantes más. Personalmente lo recomiendo. No te creas lo que dicen por la tele, ésta también es tu fiesta.

En fin, qué mejor manera de calentar motores hasta el  próximo año que con la lectura de 7 de julio. Allí nos veremos si el santo quiere. Gora San Fermín. 

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La pesadez de la ligereza

Acabo de terminar De la ligereza, ensayo de Gilles Lipovetsky publicado en español por la editorial Anagrama. En sus más de 300 páginas, el autor argumenta cómo y por qué lo ligero se ha convertido un “hecho social total”, de manera que en el mundo de hoy todo aspira a reducir su pesadez para dejar de ser una carga. Mas tal liviandad no siempre se alcanza, y entonces aparecen desequilibrios como el estrés crónico, la anorexia o la depresión.

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El filósofo francés Gilles Lipovetsky.

La ligereza según Lipovetsky no es condenable per se, tampoco algo digno de celebrar. Únicamente ha llegado para quedarse, con sus luces y sus sombras. Y afecta por igual (aunque no de la misma forma) a ámbitos tan diversos como la ingeniería, la alimentación, la cultura, la arquitectura o la vida social.

Gracias a la ligereza hoy disfrutamos de una moral menos rigorista y de sociedades más tolerantes y flexibles. Viajamos más, vivimos en entornos más cosmopolitas donde el totalitarismo no tiene más espacio que el de un amargo recuerdo. La democracia, a pesar de sus vaivenes, se ha convertido en una necesidad casi fisiológica en cada uno de los territorios donde se ha asentado, mientras que la esperanza de vida de sus habitantes, cada vez más preocupados por su propia salud y la del medioambiente, no cesa de aumentar. Ligereza es fluidez, dinamismo, volatilidad.

No obstante, esa falta de arraigo de todos hacia todo es responsable de que a día de hoy los contratos fijos brillen por su ausencia. También del auge de los discursos identitarios como reacción a una sociedad en la que las distintas comunidades se han desintegrado. La ligereza, por otra parte, va ligada a un individualismo extremo y atroz que inconscientemente te obliga a pisotear a los demás si no quieres morir aplastado. Y todo ello produce un paradójico malvivir que Lipovetsky define como ‘pesadez de la ligereza’.

En contra de lo que pudiera parecer, existen distintas formas de ligereza, algunas radicalmente opuestas entre sí. Por ejemplo, el hiperconsumismo globalizado propio de la literatura cyberpunk frente los principios estoicos que predicaban el desapego hacia el mundo material. Observamos que la ligereza puede frívola o profunda, un medio hacia algo o un fin en sí misma. El autor se limita a desarrollar cada tipo, cediéndonos a los lectores el privilegio de juzgarlos.

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Siempre he creído deseable que la vida fluya enérgica, cual caudal de un río en su curso alto. La alegría, la luz y la vida son por definición superiores a la tristeza, la oscuridad y la muerte. La letra no entra con sangre. Un bofetón a tiempo suele ocasionar más de uno a destiempo. Mas para vivir ligero también es imprescindible aprender a caer por pendientes escabrosas y volverse inmune a superficies ásperas, tal y como el torrente que acaba de nacer.

La ligereza que merece la pena solo se alcanza cuando aprendes a relativizar la adversidad y logras sobreponerte. No se puede soportar la pesadez si la excluimos por sistema de nuestra vida; ésta siempre vuelve, aunque no la busquemos. He ahí otra paradoja implícita en el libro: cierta carga durante el trayecto nos ayuda a sobrellevar el peso de la vida. Lo saben bien aquellos deportistas que se ejercitan con pesas para desarrollar su fuerza, convirtiéndose en el claro ejemplo de lo que podríamos bautizar como ‘ligereza de la pesadez’.

El mayor mérito de Lipovetsky es relacionar aspectos tan dispares de tal forma que parezca evidente su vínculo. No califica el presente como perfecto, tampoco lo condena en cada párrafo mientras idealiza tiempos pretéritos. Ambas posturas son ingenuas y están agotadas. Su actitud se asemeja la del sabio escaso de certezas, que aspira a entender un poco mejor las contradicciones del mundo actual y considera todos sus avances, pero sin desestimar los riesgos del progreso.

En cualquier caso, yo lo tengo claro: solo por haber descubierto la aparente explicación de que cada vez más parejas rompan por Whatsapp, y su relación con el hecho de que los McDonalds últimamente anden abarrotados de hipsters, me parece un título digno de toda estantería. Buena lectura y mejor reflexión posterior a todo el mundo.

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Fragmentos de ‘Mi abuela y 10 más’ (Ander Izagirre)

“Con cinco o seis años y una idea aún confusa sobre la influencia de mis padres y mis abuelos en el mundo, me quedó la impresión de que el título de Liga era un éxito atribuible a mi familia. No sé muy bien cómo explicarlo. La Real Sociedad era un fenómeno que ocurría en el salón de mis abuelos”.

“El señor Alberto Górriz, 599 veces jugador de la Real Sociedad, ganador de dos Ligas, una Copa, una Supercopa, participante en una semifinal de la Copa de Europa y goleador en un Mundial, veía los partidos en la misma tribuna baja que yo, en una localidad bastante barata. […] Los chavales no lo reconocían. Los adultos sí, por supuesto, pero como somos guipuzcoanos, nos quedábamos serios a su lado, fingiendo normalidad, sin molestarle con nuestras emociones”.

“Me acuerdo del último partido en Atocha, el 13 de junio de 1993, con el gol de Oceano y la despedida de Górriz. Unas semanas después demolieron el campo. El 13 de agosto estrenamos Anoeta. Yo iba a cumplir 18 años y me tocaba aprender que la vida adulta suele ser funcional, correcta y separada de la emoción por unas desoladoras pistas de atletismo”.

“Quizás por eso, porque sabe que la memoria es muy exigente y solo guarda fracasos bien cuajados, veintisiete años más tarde Marañón hijo dejó este comentario en mi blog: Aunque tu no lo sepas, ese Sevilla Atlético-Real Sociedad es una de las cosas más bonitas que has visto. Lo vas a recordar toda tu vida. Ese sufrimiento, ese rival, ese campo vacío, hasta ese resultado. Así se forjan las leyendas del fútbol“.

“La Real volvió a Primera en la temporada 2010-2011 y no supo muy bien qué hacer, si despegar hacia Europa o despeñarse de nuevo a Segunda. Con la Liga muy avanzada, en la jornada 24, rondaba los puestos europeos y empezamos a fantasear con el Liverpool. En los siguientes siete partidos, perdió seis, empató uno y quedó al borde de un barranco que se desmigaba semana tras semana. Llegó la última fecha y la Real aún no se había salvado: el Getafe se puso 0-1 en Anoeta y pasamos una de esas tardes taladradas por el terror en morse, cada vez que las radios pitaban por anunciar un gol en otro estadio. Cruzamos hasta los dedos de los pies. Por suerte, Sutil marcó el empate salvador y los jugadores de la Real dedicaron los últimos veinte minutos a convencer a los del Getafe que también a ellos les bastaba un punto. […] El árbitro pitó el final y aplaudimos un poco, de puro alivio y algo avergonzados,  como si diéramos las gracias a alguien por cambiarnos el pañal”.

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Ander Izagirre (San Sebastián, 1976) es un ‘periodista con botas’, como bien advierte su blog. Una posible reercarnación Chaves Nogales, solo que euskaldun y del siglo XXI. Es autor de Potosí, Plomo en los bolsillos, Cuidadores de mundos y de otros tantos libros que deberíamos leer. También ha escrito varios de esos reportajes que los viejos recortan y archivan mientras sus nietos los retuitean.

La Real Sociedad de Fútbol es el equipo de la bella y fría ciudad de San Sebastián, con todo lo que eso significa. Capaz de alternar un fútbol brillante con la más absoluta mediocridad, sigo pensando que la Justicia le debe el título liguero de la temporada 2002-2003, esa misma en la que Florentino Pérez sacó a Vicente Del Bosque por la puerta de atrás del Bernabéu. Aún recuerdo cómo sonaban los cohetes en Donosti por el subcampeonato.

Libros del K.O. es una editorial española especializada en no-ficción, que da cobijo a más de un cronista de referencia sobre los que se escribirán extensas tesis doctorales el día de mañana. A muchos de ellos los podemos leer en la colección Hooligans Ilustrados.

La alineación de semejantes astros dio lugar a Mi abuela y diez más, cuyos mejores fragmentos no están aquí, sino entre las 110 páginas que componen el libro. Solo espero que disfrutéis de su lectura tanto como yo.

Aupa erreala. 

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Reseña de ‘El legado de Europa’ (Stefan Zweig)

Pocas personas tienen la capacidad, que no siempre suerte, de adelantarse a su época, sobrepasando las fronteras políticas y culturales que le son propias. Stefan Zweig fue una de ellas. De padres judíos (con ancestros italianos por parte materna) y súbdito del Imperio Austro-Húngaro por nacimiento, adoptó la nacionalidad austriaca tras la Primera Guerra Mundial y la británica en 1938, por el enorme riesgo implícito en el auge del nacionalsocialismo. Mas por encima de todo, Zweig fue un escritor europeo, autor de una prolífica obra que entraña tanta diversidad y riqueza como sus orígenes. En El legado de Europa lo demuestra, ofreciéndonos un retrato literario de sus referentes personales.

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Stefan Zweig junto a su esposa Lotte.

Fiel a su estilo sutil pero revelador, poético pero nada artificiso, Zweig nos irá descubriendo detalles de ilustres personalidades europeas cuidadosamente seleccionadas. Su recorrido comienza por Michel de Montaigne, el padre de los ensayos y del pensamiento crítico, un ejemplo a seguir en loa ámbitos intelectual y personal, como bien deja leer entre líneas. También se aproxima, entre otros, a Jean Jaurès, enérgico líder de los socialistas franceses terriblemente asesinado; al escritor idealista Romain Rolland, cuyos valores sólidos traspasaban el papel; al taciturno Jens Peter Jacobsen, malabarista de la palabra y fundador de la escuela literaria danesa; o a Joseph Roth, periodista y novelista judío, uno de tantos intelectuales víctimas de la barbarie nazi. Retratos puramente subjetivos, y gracias a ello, especialmente poderosos.

La obra concluye con tres ensayos personales, La tragedia de la falta de memoria, un alegato contra el militarismo de su época; ¿Es justa la historia?, en donde cuestiona los abusos de la autoridad a lo largo del tiempo; y La Torre de Babel, en el que argumenta cómo el contacto y el intercambio entre distintas culturas y civilizaciones ha supuesto siempre el auténtico motor del progreso humano.

Stefan Zweig invirtió buena parte de su carrera en combatir a los distintos fantasmas que sobrevolaban la Europa de Entreguerras, tales como el expansionismo militar, los nacionalismos excluyentes, la intransigencia para con las minorías o el desprecio hacia nuestro legado artístico y cultural. Cuando el monstruo del III Reich, liderado por su compatriota Adolf Hitler, ensalzó como virtudes tales defectos, la vida del autor comenzó a apagarse. Tras partir hacia el exilio y continuar su carrera como conferenciante un breve periodo de tiempo, se acabó suicidando junto a su esposa en la ciudad brasileña de Pérsepolis, temerosos de un nazismo que entonces parecía irreversible.

A nadie debemos estar más agradecidos que a quienes, en un época tan inhumana como la nuestra, refuerzan lo que hay de humano en nosotros, a quienes nos exhortan a no malbaratar lo singular e inalienable que poseemos, nuestro “yo” más íntimo. Pues sólo quien se mantiene libre frente a todo y frente a todos aumenta y preserva la libertad del mundo, había dejado escrito poco antes de quitarse la vida, a modo de epílogo. Un epitafio que bien podría resumir todo este libro.

En las décadas posteriores la obra de Zweig cayó en el olvido, si bien en la actualidad parece haber recuperado parte del prestigio que ostentó durante los años veinte del siglo pasado. Hace relativamente poco, la editorial Acantilado decidió traducirla al castellano, tarea que nunca podremos terminar de agradecer. Y más ahora, en estos tiempos de crisis y desconfianza, en los que la sólida Europa, al igual que en la época del autor, da señales de resquebrajarse mientras resucitan viejos fantasmas que parecían olvidados. No obstante, lecturas como ésta nos recuerdan que aún estamos a tiempo de corregir la deriva pesimista del continente y rescatar su esencia. Tal y como Stefan Zweig hubiera deseado.

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Los consejos para escribir claro de William Lyon

A todos nos gustaría escribir bonito. Tanto, que para lograrlo somos capaces de sacrificar la franqueza de nuestra prosa. En el libro La Escritura Transparente (Libros del KO), William Lyon denuncia justo eso, la falta de claridad por escrito de demasiados profesionales, empeñados en demostrar un dominio del lenguaje que no poseen y que nadie les exige.

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A continuación recopilo algunos consejos que deberíamos tener presentes a la hora de enfrentarnos a un folio en blanco. Sobre todo cuando nuestro objetivo sea redactar un escrito que requiera escasa imaginación y nada de ficción, como sucederá casi siempre. Duro con ellos.

  • A escribir NO se aprende en dos días. Practica.
  • Regla de oro: Sujeto+verbo+complementos; verbos activos en vez de pasivos; si basta una palabra, ¿para qué usar tres?
  • Piensa antes de escribir; cuanto más tiempo inviertas en averiguar qué quieres decir, cómo y con qué extensión, menos tardarás en redactarlo.
  • Ten presente al lector en todo momento. Sin él, escribir no tiene sentido.
  • Revisa el texto al acabar. Y pide a una voz autorizada que lo lea.
  • Nunca olvides la función esencial: informar. Todo lo demás es secundario.
  • Para noticias e informes, regla de las 5w: qué (what), quién (who), dónde (where), cuándo (when) y por qué (why). Si lo sabes, añade el cómo (how).
  • Jerarquiza: la información más importante al principio.
  • En un reportaje, preocúpate por lograr un buen arranque. Por ejemplo, describe una escena o ambiente relacionados con la historia.
  • Si el tema es controvertido, incluye opiniones que disientan de la tesis del artículo.
  • Un gran reportaje ha de contener una gran idea que puedas resumir en una frase. No empieces a escribir antes de tener claro cuál es.
  • El cierre de un reportaje ha de ser parecido a la entradilla, para dejar buen sabor de boca al lector.
  • En una noticia, el primer párrafo debe causar una reacción tipo “¡Qué interesante!”; el segundo y tercero, “¡Cuéntame más!”, y a continuación se debería incluir una cita de autoridad entrecomillada.
  • No sanciones la chispa y el buen humor; marcan siempre la diferencia.
  • Busca en todo momento un hilo conductor que justifique el orden de los párrafos.
  • No pongas entre comillas la información descriptiva más básica. Guarda el recurso para las declaraciones más llamativas.
  • Introduce adverbios y preposiciones al principio de ciertos párrafos, a modo de transición.
  • Omite tópicos. Ya basta de vasos medio llenos/vacíos, silencios sepulcrales y partidos del siglo día sí, día también.

He aquí las principales enseñanzas del librito. A modo de resumen, añadiré una que encierra a todas las anteriores a la vez: el mejor estilo es el que no se nota. Hagamos caso a William, sigamos escribiendo.

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