Libros y escritura

‘La botella de Bukowski’ o la importancia del viaje

La semana pasada terminé La botella de Bukowski, de Rafael Ruiz Pleguezuelos. Editada maravillosamente por Tempestas, la novela relata el viaje de Juan Navarta, aspirante a escritor y admirador del padre del realismo sucio, hasta el París de finales de los setenta. Allí se da de bruces con la vida bohemia y todas sus contradicciones. Pero también acaba cumpliendo su objetivo real, que como bien sabéis, nunca coincide con lo que teníamos en mente.

978849437356Intuyo que toda Literatura está hecha de un material difuso pero sólido. De miradas perdidas en paseantes solitarios. De reproches a destiempo o de palabras que nunca se dijeron. De ideales rotos, de sueños cumplidos, de la estrecha relación entre ambos.

La botella de Bukowski puede parecer una novela sin pretensiones. No hay saltos temporales, cambios de voz ni ningún otro recurso arriesgado. Sin embargo, o precisamente por eso, su esencia me parece totalmente literaria. Su autor nos recuerda que un viaje no lo hace el destino, sino la interpretación que hacemos de él cuando ya estamos de vuelta. Y en una época de consumo masivo y escasa reflexión viene muy bien recordarlo.

Como lector, francófilo y juntaletras aficionado, he disfrutado con el libro desde que lo empecé. Me ha transportado a París, capital cultural y espiritual de una Europa incipiente y a la vez en ruinas. También a 1978, año en el que todo parecía posible.

La botella de Bukowski deja buen sabor. Quizás porque muestra mucho más de lo que dice. Por ejemplo, que la Estética nunca sustituirá a la Ética. O que madurar no tiene por qué resultarnos agradable, aunque siempre merecerá la pena. Si estáis de acuerdo significa que esta novela también ha sido escrita para vosotros. Que la disfrutéis.

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‘La casa’ de todos

Tres hijos, el recuerdo candente de su padre, la vieja casa que construyeron durante los veranos. Afectos y rencillas. Nostalgia por esa época en la que todo parecía posible.

Fantasmas que no dan miedo. Cachivaches polvorientos. Las dudas sobre si se hizo lo correcto. La angustiosa falta de respuestas.

Una familia que crece. Sobrinas y cuñados. Un cielo turquesa reflejado en el Mediterráneo. Naranjas, campos de chufa y arrozales. Tempus fugit.

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Lámina de ‘La casa’ (Paco Roca)

Cuando adquirí La casa, el librero me advirtió que tras leerlo sentiría el impulso de telefonear a mi familia. Acertó.

Hacía tiempo que un cómic no me golpeaba tan fuerte. Con su sutileza habitual, Paco Roca lo ha vuelto a hacer. Que su tocayo Ibáñez me perdone, pero el autor de Arrugas o Los surcos del azar me parece el mejor historietista español de todos los tiempos.

Valoremos lo que tenemos y seamos agradecidos con los nuestros. Un día será demasiado tarde. Solo me queda dar las gracias a Paco Roca por habérmelo recordado. Y animaros a leer La casa, uno de esos títulos que elevan la novela gráfica a la categoría de obra de arte. Que la disfrutéis.

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Lámina de ‘La casa’ (Paco Roca)

 

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Fracaso y responsabilidad según Joël Dicker

Joël Dicker es el escritor de moda en el universo francófono. El autor de La verdad sobre el caso Harry Québert o El libro de los Baltimore utiliza la lengua de Proust para escribir como Hemingway. Como resultado, nos regala historias redondas y fáciles de leer, repletas de diálogos, personajes contradictorios e imágenes evocadoras.

A sus treinta y pocos años, hoy a Dicker se le considera un ‘triunfador’. Por eso resulta pintoresco que decidiera hablar del fracaso cuando fue invitado a dar una conferencia en la Universidad de Ginebra.

(Lo siento, el audio está en francés sin subtítulos)

Casi todos huimos del fracaso. Lo ocultamos de nuestra biografía, a menudo edulcorada con éxitos superfluos. Optamos por figurar en vez de ser, y no solo por miedo. Según Dicker, el gran mal de la sociedad actual no es otro que la irresponsabilidad, la cual nos impide asumir errores y aprender de ellos. También nos vuelve conservadores: arriesgamos poco con tal de no llegar lejos y así poder volver sobre nuestros pasos.

Para el escritor, las redes sociales han fomentado esa irresponsabilidad. Cuando exponemos fotos, vídeos o textos con la intención de recibir un “me gusta” o un comentario, no hacemos otra cosa que esperar la aprobación de los demás, a quienes entregamos poder e influencia mientras dilapidamos nuestro tiempo. Y ni siquiera somos conscientes.

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Joël Dicker, sosteniendo la traducción al inglés de uno de sus libros. / joeldicker.com

Joël Dicker estudió Derecho sin demasiadas dificultades. Tanto fue así que en cada curso le dio tiempo a escribir una novela. Todas fueron rechazadas por las editoriales. Ironías del destino (o no), hoy vive de la escritura sin necesidad de ejercer la abogacía.

Cuando le preguntan por su éxito, el suizo solo se atribuye el mérito de haber asumido su responsabilidad en cada momento. Combinó obligación y devoción, pragmatismo e ilusiones. Solo así pudo terminar sus estudios sin renunciar a escribir.

Yo también me he equivocado muchas veces. En lo académico, en el trabajo, con ciertas personas. Estudié mucho para aprender muy poco, acepté curros de mierda solo para “hacer curriculum” e intenté agradar a quien nunca importé lo más mínimo. La gran paradoja es que a esos fracasos les debo muchas lecciones.

No sé cómo lo veis, pero la posibilidad de empezar de cero una y mil veces, de convertir errores en aciertos y de aprender algo nuevo cada día me parece maravillosa. Y creo que las personas responsables la disfrutan más a menudo. He ahí un buen motivo para imitarlas, también para leer a Dicker. Espero que lo disfrutéis.

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Salvemos ‘Libros del K.O.’

Descubrí Libros del K.O. por casualidad. Quería leer con calma a varios cronistas que llevaba tiempo siguiendo y di una oportunidad a El autoestopista de Grozni, un reportaje personal y muy cuidado de Ramón Lobo. Vaya que si acerté.

Unos meses después, encargué Una cuestión de fe (Enric González), Mi abuela y diez más (Ander Izagirre) y En lo mudable (Antonio Agredano), en los que cada autor justifica sus colores futbolísticos aunando sentimientos, rigor y estilo literario. Otra vez me impresionaron.

Poco a poco fueron llegando más obras y autores: los primeros recuerdos sanfermineros de Chapu Apaolaza en Siete de julio, los testimonios de los exiliados laborales españoles recopilados con minuciosidad por Noemí López Trujillo y Fanny S. Vasconcellos en Volveremos, los consejos para escribir más claro del ‘guiri’ William Lyon y otras tantas confesiones de Hooligans ilustrados. Ninguno me ha decepcionado.

El pasado 20 de febrero, un juez ordenó el secuestro de Fariña, una investigación de Nacho Carretero sobre el narcotráfico en Galicia. Por lo visto, a un exalcalde de Alianza Popular no le ha sentado nada bien figurar en una nota al pie de página. La decisión, aparte de poco efectiva (el libro se ha agotado), dificulta la supervivencia de una editorial modesta pese a la calidad de sus títulos.

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La ‘No ficción’, ese cajón de sastre que abarca crónicas, ensayos y reportajes, merece consolidarse en el mundo hispano. Como los anglosajones, los lectores de la lengua de Cervantes tenemos derecho a ediciones bien acabadas y a viajar sin movernos del sitio, así como a disfrutar de una escritura clara que nos ‘descomplique’ el mundo. Por eso mismo, y en tales circunstancias, no se me ocurre mejor momento para echar un vistazo al catálogo y de paso regalar alguno de sus libros.  

En el apartado ‘Quiénes somos’ de su página web, los responsables de la editorial se describen de la siguiente manera:

Nuestro objetivo es sencillo: recuperar el libro como formato periodístico. Ya sea en pergamino, en papel o en digital. Creemos en las grandes historias contadas a otro ritmo. Sin prisas, sin limitación de espacio, sin necesidad de consultar obsesivamente el reloj de la actualidad.

Creemos que la crónica periodística puede ser un género muy sexy y somos radicalmente promiscuos: nos encanta la crónica deportiva, el perfil minucioso, la microhistoria en la que nadie se fija, los obituarios, los corresponsales en zonas calientes y los redactores de periódicos de provincia que le buscan las cosquillas a las ruedas de prensa de los prohombres regionales; el cascarrabias Josep Pla y el gonzo Hunter S.Thompson, a quien nos gustaría juntar en una tertulia y ver qué pasa; las revistas para distraídos, como Etiqueta Negra, y las gacetas ilustradas del siglo XVIII; los charlatanes geniales como Julio Camba y los periodistas perezosos como Enric González; los fotógrafos que recorren la ex Unión Soviética para fotografiar satélites y los que dedican su vida a perseguir traineras en una zodiac; los fanzines y los púlpitos, el ciclismo y Chechenia, los columnistas descreídos y las defensoras del lector deslenguadas.

Todo va a salir mal, y nos parece estupendo.

Me gusta esa mezcla de frescura y nostalgia, de pequeñez y ambición. Solo espero que no acierten en su última línea y que sigamos disfrutando de los Libros del K.O. muchos años más. Que todo salga bien, y que a (casi) todos nos parezca estupendo. Tengamos fe. Compremos sus libros.

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Doce libros que leí en 2017

El año pasado leí bastante. Puede que haya superado las cincuenta obras. Si os queréis convertir en lectores voraces, aconsejo dar una oportunidad a los cómics, al teatro o la poesía: con ellos se avanza más rápido. No obstante, he excluido a los tres géneros de la lista. Los dejo para otra ocasión, que bien la merecen.

El doce es por los meses del año. Si un lector cualquiera llegara por casualidad a este blog, podría plantearse el reto de leer uno cada mes. No sé por qué, pero me hizo ilusión esta idea.

El orden es aleatorio. Personalmente, recomiendo alternar géneros y temas. Dicho esto, cada uno es libre de hacer lo que le de la gana.

Ahí van. Doce de los libros que leí en 2017 (y que os recomiendo para 2018):

Como una novela, Daniel Pennac. Una invitación a entrar en el universo de la palabra escrita. Contiene el decálogo de los derechos del lector, que podría resumirse en un solo deber: no burlarse jamás de aquellos que no leen si quieres que algún día lo hagan.

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Leyendas, Gustavo Adolfo Bécquer. Lo tenía pendiente desde que acabé la secundaria. Tierno a veces, escalofriante por momentos. Estoy convencido de que si Bécquer hubiese nacido en un país anglosajón y superado los cincuenta años, hoy estaría considerado “el mejor autor de Fantasía de todos los tiempos”.

La conquista de la felicidad, Bertrand Russell.  El matemático y Nobel de Literatura no dice aquí nada que no sepamos, mas solo por la lucidez del autor a la hora de denunciar las pequeñas cosas que nos hacen desgraciados ya merece la pena. No nos cambiará la vida, pero ayudará a que reflexionemos sobre la misma. Y eso nunca está de más.

Sociología del Moderneo, Iñaki Domínguez. Estudio riguroso y ameno del fenómeno cultural de “lo moderno”, así como de sus infinitas contradicciones. No, escuchar indie y ver series no nos hace mejores ni más cultos; somos bastante más que nuestra apariencia y nuestros hábitos de consumo. Si estás de acuerdo, lo disfrutarás. Si no, lo más probable es que también necesites leerlo.

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La ladrona de libros, Markus Zusak. Paradigma de literatura juvenil y antifascista. Personajes muy bien construidos inmersos en una época muy oscura. Ideal para perder la inocencia.

Siete de julio, Chapu Apaolaza. Crónica íntima de los sanfermines, una fiesta que siempre fue compatible con el periodismo literario ajeno al sensacionalismo. He aquí la prueba.

De la ligereza, Gilles Lipovetsky. Cómo y por qué “lo ligero” se ha convertido en un fenómeno totalizador del que no se libran la literatura, la arquitectura o la gastronomía. Tesis compleja pero muy bien argumentada. Y fácil de leer, como no podía ser de otra forma.

Crónicas del gran tiempo, Fritz Leiber. Cuentos ambientados en la Guerra del Cambio, un conflicto que tiene lugar de manera simultánea en todas las épocas y lugares y que enfrenta a la facción Serpiente con la de las Arañas. Reúne todos y cada uno de los ingredientes de la Ciencia Ficción. Me encantó.

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Volveremos, Noemí López Trujillo y Fany S. Vasconcellos. Memoria oral de los que se fueron por la crisis. Ya era hora de que alguien relatara por escrito lo que tanto incomoda al Gobierno español. El libro no juzga, tan solo muestra. Por eso resulta tan poderoso.

El proceso, Franz Kafka. Un hombre es arrestado por un delito que no recuerda y que nadie sabe explicarle. Lo que sucede después te sorprenderá. Kafka en estado puro.

El diario o la vida, Javier Errea. El que más me impresionó. Quizás sea la obra más personal y humanista jamás escrita sobre un tema en apariencia tan frío como el diseño de los periódicos de papel. Para los amantes de lo impreso.

Patria, Fernando Aramburu. Lo empecé con recelo; tiendo a pensar que algo de lo que todo el mundo habla nunca es para tanto. Y aunque ande muy lejos de “marcar un antes y un después en la literatura española” (como leí en alguna parte), lo cierto es que Patria me gustó. Una novela incómoda sobre el tabú de la(s) violencia(s) en el País Vasco. Confieso que mientras lo leía empaticé con personajes muy distintos, lo cual es siempre es un punto a favor del autor.

Y hasta aquí os puedo contar. Si no los habéis leído, os animo a hacerlo. Y si conocéis alguno, me encantaría saber vuestra opinión al respecto. Feliz comienzo de año.

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Las reglas de Gardner Botsford para editar un texto

Hasta hace poco, pensaba que la escritura significaba plasmar sobre el papel o el monitor lo dictado por la inspiración divina. Que las palabras genuinas nunca debían modificarse. Que editar era un ejercicio de aquellos mediocres incapaces de acertar a la primera. Por suerte, me di cuenta de que estaba equivocado.

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Memorias de Gardner Botsford (1917-2004)

Escribir es revisar para luego volver a escribir. No hay otra. Requiere vocación, pero sobre todo constancia. Y tal y como sucede en un combate de boxeo o durante un concierto de rock, el público no percibe las horas y horas de práctica que hay tras cada movimiento. Lo más difícil es que todo parezca fácil.

Gardner Botsford (1917-2004) fue redactor, editor y director de la prestigiosa revista The New Yorker. Decían que era capaz de mejorar cualquier texto y que “resultaba muy difícil averiguar cómo lo había hecho”. Al escritor Daniel Gascón le debemos la traducción al español de las cinco reglas con las que el periodista norteamericano simplificó el arte (o la artesanía) de la Edición. Desde aquí le doy las gracias.

Comparto a continuación los consejos de Botsford para profesionales de la edición de textos. Os adelanto: todo se resume en humildad y trabajo; trabajo y humildad. Y así será siempre.

Regla general n.º 1: Para ser bueno, un texto requiere la inversión de una cantidad determinada de tiempo, por parte del escritor o del editor. Wechsberg era rápido; por eso, sus editores tenían que estar despiertos toda la noche. A Joseph Mitchell le costaba muchísimo tiempo escribir un texto, pero, cuando entregaba, se podía editar en el tiempo que cuesta tomar un café.

Regla general n.º 2: Cuanto menos competente sea el escritor, mayores serán sus protestas por la edición. La mejor edición, le parece, es la falta de edición. No se detiene a pensar que ese programa también le gustaría al editor, ya que le permitiría tener una vida más rica y plena y ver más a sus hijos. Pero no duraría mucho tiempo en nómina, y tampoco el escritor. Los buenos escritores se apoyan en los editores; no se les ocurriría publicar algo que nadie ha leído. Los malos escritores hablan del inviolable ritmo de su prosa.

Regla general n.º 3: Puedes identificar a un mal escritor antes de haber visto una palabra que haya escrito si utiliza la expresión «nosotros, los escritores».

Regla general n.º 4: Al editar, la primera lectura de un manuscrito es la más importante. En la segunda lectura, los pasajes pantanosos que viste en la primera parecerán más firmes y menos tediosos, y en la cuarta o quinta lectura te parecerán perfectos. Eso es porque ahora estás en armonía con el escritor, no con el lector. Pero el lector, que solo leerá el texto una vez, lo juzgará tan pantanoso y aburrido como tú en la primera lectura. En resumen, si te parece que algo está mal en la primera lectura, está mal, y lo que se necesita es un cambio, no una segunda lectura.

Regla general n.º 5: Uno nunca debe olvidar que editar y escribir son artes, o artesanías, totalmente diferentes. La buena edición ha salvado la mala escritura con más frecuencia de lo que la mala edición ha dañado la buena escritura. Eso se debe a que un mal editor no conservará su trabajo mucho tiempo, mientras que un mal escritor puede continuar para siempre. La buena escritura existe al margen de la ayuda de cualquier editor. Por eso un buen editor es un mecánico, o un artesano, mientras que un buen escritor es un artista.

 

 

 

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George Orwell y la escritura concisa

 

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Caricatura de George Orwell (1903-1950).

El británico Eric Blair, más conocido como George Orwell, figura entre los periodistas y escritores más reputados de todos los tiempos y lugares. Enemigo tenaz del totalitarismo, escribió Homenaje a Cataluña, Rebelión en La Granja y 1984, obras maestras en las que condenó la manipulación deliberada de los hechos y su uso como arma política. Estaba convencido de que el fin nunca justificaba los medios. Una máxima que también aplicó a las demás facetas de su vida, incluida la escritura.

Dueño de un estilo sobrio, fluido y conciso, Orwell nos reveló su secreto a la hora de enfrentarse a un folio en blanco. Su método está recogido en el ensayo Politics and the English Language, pensado para su lengua materna aunque fácil de aplicar a todas las demás. La primera parte consiste en responder a seis preguntas muy concretas:

  1. ¿Qué estoy tratando de decir?
  2. ¿Qué palabras lo expresarán?
  3. ¿Qué imagen o forma idiomática lo hará más claro?
  4. ¿Es esta imagen lo suficientemente fresca como para tener algún efecto?
  5. ¿Podría hacerlo más breve?
  6. ¿He dicho algo feo y que puedo evitar?

Parecen evidencias, aunque a menudo nos plantamos delante del teclado sin siquiera habernos planteado la primera cuestión. Además, no son pocos quienes creen que ‘extensión’ es sinónimo de ‘calidad’ o que la zafiedad otorga personalidad a un texto en vez de quitársela (yo también estuve equivocado mucho tiempo). Repito: parecen obvias, pero solo lo parecen.

Sea como fuere, Orwell no se plantó aquí. A continuación añadió media docena de reglas, tan fáciles de entender y memorizar como de pasar por alto. Atentos:

1. Nunca uses una metáfora, símil, u otra figura literaria que estés acostumbrado a leer.
2. Nunca uses una palabra larga donde puedas usar una corta.
3. Si es posible quitar una palabra, quítala.
4. Nunca uses la voz pasiva donde se pueda utilizar la activa.
5. Nunca uses una locución extranjera, una palabra científica o un término de jerga si puedes encontrar un equivalente en el lenguaje cotidiano.
6. Rompe cualquiera de estas reglas antes de escribir alguna barbaridad.

El también periodista Manuel Chaves Nogales dejó escrito en la biografía Juan Belmonte, matador de toros que se torea cómo se es. Creo que la manera en la que está redactado un texto también manifiesta la personalidad de su autor. En el caso de Orwell nos aproxima a un hombre cabal, alejado de todo artificio, que antepuso la claridad al deslumbramiento. Por eso mismo os recomiendo cualquiera de sus libros. No os decepcionarán.

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Placa en Hampstead, Reino Unido.

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