Crónicas del Gachi

La gran oportunidad del patrimonio minero

El pasado 22 de septiembre participé en la V edición de la ruta nocturna Minas de Luna Llena. El recorrido comenzaba en la estación de Madrid y acababa en las minas de Los Lores, con parada en la Plaza del Ayuntamiento.

En cada descanso, un grupo de teatro amateur amenizaba la velada con una pequeña representación, ambientada en la Linares del siglo XIX. Una ciudad muy desigual e injusta, aunque bastante más próspera y cosmopolita que la actual, todo hay que decirlo.

El evento estuvo muy bien organizado. Apenas una decena de voluntarios pudo dirigir sin incidencias a un grupo de más de mil personas. Yo al menos tengo muy claro que repetiré. Y si todavía no conocéis la actividad, aprovecho para invitaros a descubrirla.

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Momento de la ruta. Imagen: Archivo.

Linares no me parece una ciudad especialmente bella. Basta con dar una vuelta por Úbeda, Baeza o los pueblos de la Sierra de Cazorla para establecer una odiosa comparación en la que saldremos perdiendo.

Sin embargo, pocas ciudades tienen la suerte de contar con un patrimonio minero tan vinculado a su historia reciente. Además, me consta que son muchos los voluntarios que se esfuerzan por preservarlo y darle visibilidad.

En primer lugar, me gustaría agradecérselo. Al Colectivo Proyecto Arrayanes, a la asociación de vecinos Los Sauces. A Voluntarios por el Patrimonio Minero. Al I.E.S Santa Engracia y al área de Turismo del Ayuntamiento. Y a todos los que deberían estar y no he mencionado. Nunca es fácil organizar actividades de cara al público, menos aún tal y como está la ciudad. Chapeau. 

Mi segundo propósito es invitaros a la reflexión. No entiendo de Economía ni de Administración Pública, mas intuyo que las minas, otrora fuente de la riqueza, podrían estar relacionadas con la recuperación -económica y anímica- de nuestra ciudad. Deporte, naturaleza, turismo, teatro, conciertos, literatura… creo que hay un gran filón por explotar. Y que en algunos casos hasta resultaría rentable.

El patrimonio minero nos recuerda al pasado de Linares. Sería bonito que nuestro futuro también estuviera vinculado a él. Chimeneas, pozos y cabrias; símbolos de una ciudad que aprendió a reinventarse. Ojalá redescubramos pronto la manera de hacerlo.

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Versos libres

Yuste y la juventud europea

Hace poco asistí a un curso de verano sobre Identidad Europea, Cultura y Educación. Lo organizaba la Academia Europea e Iberoamericana de Yuste en el Monasterio de San Jerónimo, uno de los tantísimos parajes con encanto de la preciosa Extremadura.

En apenas cinco días me dio tiempo a conocer a personas muy distintas, unidas todas ellas por su deseo de aprender. Aunque el perfil-tipo era el de una mujer joven y universitaria, allí también había hueco para maestros jubilados, doctorandos procedentes de Haití o emprendedores septuagenarios. Nadie parecía estorbar. Además, el ambiente que se respiraba era muy sano. Se podía discrepar con naturalidad y ningún participante se consideraba superior a otro, tentación habitual en el mundo académico.

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Monasterio de San Jerónimo de Yuste. Fuente: Archivo.

En contra de lo que afirman cuñados y magazines digitales amarillentos, en Yuste comprobé lo bien preparadas que pueden estar las nuevas generaciones, más cosmopolitas y con menos prejuicios que cualquiera de las anteriores. Pero hay algo que me inquieta, y es a dónde va toda esa gente una vez da el salto al mundo laboral.

Tengo la impresión que algunos de esos perfiles nunca abandonan el ámbito universitario, autorreferencial y desconectado de su entorno (quien lo probó lo sabe). Otros tantos acaban plegándose a lo que las empresas buscan, diluyendo su personalidad en el ego de un jefe incompetente. También están los que, desengañados ante la meritocracia, se afilian a partidos políticos y lo utilizan en provecho propio. Y por último encontramos a quienes hacen la maleta rumbo al extranjero para nunca más volver. No sé cuál de las cuatro opciones me resulta más triste.

Para cambiar la situación quizá debamos trasmutar nuestros valores. Conceder más importancia a la conversación, al buen trato personal y a todo aquello que hoy llamamos “calidad humana” en detrimento de la titulitis o de la picaresca, dos caras de una moneda cada vez más devaluada. Conllevará cierto tiempo. Pero, tras mi paso por Yuste, me he vuelto un poco más optimista. Quizás haya más gente de la que pensamos dispuesta a dar el paso. Si no me creéis, preguntad a vuestros jóvenes.

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Participantes del curso. Fuente: Academia Europea e Iberoamericana de Yuste.

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La miseria de la titulitis

Ninguno de mis abuelos estudió una Licenciatura. En su época, muy pocos podían hacerlo. No obstante, ambos leían el periódico a diario y casi siempre tenían a mano un libro. Además, uno y otro sabían conversar y disfrutaban compartiendo tiempo y vida con sus allegados.

Hoy, damas y caballeros con el currículo hipertrofiado por másteres, cursos y diplomas muestran sin pudor su analfabetismo. Analfabetismo no solo intelectual, sino también social y emocional. Podemos verlo en jefes demasiado mandones o en los escritores y periodistas que no leen. En docentes sin empatía o en esos padres tan egocéntricos.

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Viñeta de Ruarodriguez.

El problema no está en no saber, sino en no sentir la necesidad de aprender. En España acabamos de descubrir que varios políticos añadieron méritos ficticios a sus respectivos expedientes. Como era de esperar, la falsedad de unos la utilizaron otros como arma arrojadiza. Sin embargo, la pertinente reflexión todavía no ha visto la luz.

Creo que estamos dejando escapar una gran oportunidad para cuestionar muchas cosas. La función de la cultura en una sociedad en la que todo se compra y se vende. Un sistema educativo que fomenta la competitividad en detrimento de la curiosidad o el compañerismo. Por qué digerimos antes la mentira que la derrota. Cuándo empezó toda esta mierda.

Una buena forma de romper esta dinámica sería quitarse méritos. No presumir de todo lo que sabemos ni de lo que hemos hecho. Decir “no lo sé” de vez en cuando. Hablar un poco menos y escuchar un poco más. Lo más probable es que perdamos caché y algunos followers. Pero ganaremos algo que recibe múltiples nombres y que nos ayudará a vivir mejor. Según mi experiencia, así arrancan todos los cambios que merecen la pena.

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Cambios

Cambiar es necesario. A menudo encontramos excusas para no hacerlo, casi todas relacionadas con la falta de tiempo. En realidad, el inmovilismo está vinculado al orgullo, por eso nos cuesta más pedir perdón que comprar otro coche.

Han transcurrido dos años desde que dejé atrás la “etapa universitaria”, esa misma en la que los más privilegiados nos dedicados en exclusiva a estudiar. Una vez fuera del campus, me llama la atención lo diferente que se ve todo. En mi caso, la creencia de que todo era posible para los que trabajan duro ha mutado en un pesimismo más sosegado y menos ingenuo, también llamado “pragmatismo”.

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Por ejemplo, ya no soy tan optimista con respecto a internet y a las redes sociales. Tampoco creo que el periodismo sea el mejor oficio del mundo. Cada vez dudo más acerca de las ventajas de emprender, así como de las intenciones de quienes animan a ello a jóvenes recién salidos de la facultad y sin un duro. Ni siquiera sabría ubicarme en el espectro político contemporáneo, aunque siga pensando parecido.

Pero no todo son malas noticias. Tras haberme cruzado a unos cuantos, cada vez se me da mejor distinguir entre la multitud las voces de los charlatanes. Conozco un poco más los problemas de mi entorno, de tal forma que la mayoría de los debates mediáticos me parecen frívolos y estériles. He descubierto Rick y Morty y a los Dire Strains. Y sobre todo, he encontrado a personas que con unos minutos de conversación son capaces de animar la peor de las semanas. Os aseguro que esto último no tiene precio.

No sé a qué me dedicaré el día de mañana. Solo prometo que, de ahora en adelante, me leeréis más a menudo por aquí y menos por Twitter y Facebook. Poco a poco irán llegando más cambios. Como diría cualquier antagonista decimonónico, “pronto recibirán noticias mías”. Feliz comienzo de semana.

 

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Elogio del sueño manchego

Manuel Moreno ‘Rizos’ es un entrenador de fútbol natural de Linares. Tras dirigir con notable éxito al Huétor Tajar y al Huétor Vega, la temporada pasada aceptó el reto del Atlético Mancha Real, uno de los equipos más humildes y a la vez más competitivos del grupo IX de la Tercera División.

Hace unos días, Javier Esturillo entrevistó a Rizos en La Contra de Jaén. Lejos de ensalzar el oportunismo o la suerte, el míster valoraba actitudes como la constancia o el deseo de aprender algo nuevo cada día. Su discurso recordaba al llamado sueño americano, solo que más social, menos pretencioso y validado por los hechos: tras un comienzo irregular, los verdes se proclamaron subcampeones de la segunda vuelta de la liga. Y en un país de pelotazos inmobiliarios, másteres falsificados e influencers ociosos me parece un mensaje muy transgresor, dicho sea de paso.

Sesión de entrenamiento del Atlético Mancha Real. Fuente: lacontradejaen.com

A la directiva del Atlético Mancha Real no parece importarle que varios de sus rivales cuenten con más recursos, mejores plantillas o técnicos más experimentados. Han optado por centrarse en el proceso en vez de en los resultados. O como le comentaba Rizos a Esturillo, en “ir semana a semana en vez de partido a partido”.

El fútbol actual tiende a los opuesto. Presidentes, periodistas y aficionados repiten aquello de “los resultados mandan” para justificar cualquier decisión impulsiva. El problema de vender tu alma al diablo es que te llaman desalmado, y con razón. Sin embargo, los manchegos lo entendieron a tiempo: ningunear a tus profesionales nunca está justificado, se gane o se pierda. Un proyecto siempre empieza por los cimientos. Lo otro se llama chapuza.

El grupo IX de la Tercera División española está muy parejo; creo que los verdes lo tendrán difícil para estar arriba. Precisamente por eso, que acabaran entre los cuatro primeros me parecería una noticia estupenda para el fútbol. Ojalá en toda la provincia se imitara el modelo de gestión del Atlético Mancha Real. Y no solo me refería al aspecto deportivo, que también.

*Artículo publicado en Lacontradejaén el 26 de agosto de 2018

 

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Versos libres

La muerte de un padre

Hace unos días murió el padre de una amiga muy querida. Aunque él llevaba tiempo luchando contra el cáncer y su pronóstico no era nada favorable, afrontar lo inevitable ha resultado difícil para ella. Prepararse para lo peor no significa que no te vaya a doler; he ahí una lección que todos aprendemos tarde o temprano.

Semanas atrás, mi amiga se había trasladado a casa de su padre. Estaba pendiente de él y le hacía compañía. Sin embargo, a diferencia de tantos otros, ella nunca dejó de vivir. No descuidó sus estudios, ni sus relaciones personales, ni siquiera su aspecto. Incluso le dio tiempo a entrar en mi vida y a convertirse en una de esas personas que hoy considero indispensables.

Hay una escena de la película El Rey León en la que Simba, al observar su reflejo en una charca, se encuentra con el rostro de su padre. “Él vive en ti”, le susurra Rafiki. “Recuerda quién eres”, clama poco después Mufasa desde las alturas. Creo que ilustra de maravilla lo que intento expresar.

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Reflejo de Mufasa en el reflejo de Simba. Fuente: deviantart.com; autor: isuru077

Cuando alguien se va y el duelo concluye, llega el momento de convertir todo el dolor en energía. De “mirar al cielo y crecer”, como diría el bueno de Manolo Preciado. Conlleva tiempo y requiere un gran esfuerzo, pero el proceso merece la pena. Porque también es una forma, acaso la mejor, de rendir homenaje a los que ya no están.

La verdad es que no sé cómo superar la muerte de un padre. Cada vez tengo más manía a esos artículos que, a modo de manual de instrucciones, te dicen qué hacer y cómo sentirse en cada momento. Sin embargo, estoy convencido de que si los que se fueron pudieran vernos, nada les haría más ilusión que descubrir cuánto aprendimos de ellos. Que seguimos teniéndoles presentes aunque hayamos continuado -qué remedio- con nuestra existencia rutinaria. Que ahora son parte de nosotros. Y que, precisamente por eso, hemos salido adelante.

Cuando los nubarrones se vayan, la vida de mi amiga recuperará su tono colorido. Mientras tanto, le toca afrontar el golpe con entereza y serenidad. Qué fácil es decirlo. De todas formas, reposará con la conciencia tranquila. Se sacrificó cuando tocaba y no cargó en los demás todo el peso de su dolor. Su padre, allá donde quede, seguro que la observa con orgullo. Muy pocos tienen tanta suerte con sus hijos.

Ánimo, Eva.

 

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Lugares con encanto

Guimarães y el peso de la Historia

Portugal me recuerda a un anciano serio, en camisa de manga corta, sentado en el banco de una plaza. Una imagen que define sobre todo a Guimarães, ciudad que vive en blanco y negro con la calma de un jubilado. Aburrida, sí, pero una bendición para quienes estamos cansados del ritmo de vida urbano.

Los portugueses consideran a Guimarães el embrión de su país. Allí nació el primer rey luso, Afonso Henriques, y tras la batalla de São Mamede, en 1146, se convirtió en la capital del reino incipiente, hasta entonces parte de Galicia.

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El peso de tantos siglos de historia se nota. También en su arquitectura, armónica, descolorida, con predominio de la piedra. Allá todo parece viejo, que no descuidado.

Un paseo por el centro es la mejor manera de empaparse de Guimarães. Bares y restaurantes se alternan con comercios “de toda la vida”. Por allí aún se circula sin atascos y encuentras calles silenciosas. Me pregunto por cuánto tiempo.

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La Praça de Santiago. Fuente: portoportugalguide.com

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En la cima del Monte Largo, al norte del casco viejo, nos topamos el castillo y el palacio de los Duques de Braganza. Merece la pena visitarlos. Ascender una cuesta empinada unido a subir y bajar escaleras nos hará retroceder en el tiempo por unos instantes. Una lástima que las máquinas de refrescos del interior traigan de nuevo al siglo XXI.

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Castillo de Guimarães, palacio de los Duques de Braganza y uno de los salones de este último. Fuente: portoportugalguide.com

Otro reclamo de Guimarães es el teleférico que se eleva hasta lo alto de Montaña de Santa Catalina, coronada por el santuario Da Penha. Durante el trayecto, los árboles y las casas se encojen mientras se amplía la panorámica de la ciudad. Arriba podemos pasear por un bosque verde y con zonas de sombra, que ofrece unas vistas muy agradables de la ciudad más antigua de Portugal.

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Los lugares pequeños albergan un encanto ausente en las grandes ciudades. En ellos se puede ir a pie, comer bien y barato, disfrutar de la naturaleza o del patrimonio monumental. A menudo, los urbanitas los despreciamos debido a un complejo de superioridad absurdo y contraproducente. Cuánto lamento no haberme dado cuenta antes.

En realidad, unos rincones complementan a otros, de tal manera que Oporto y Lisboa embellecen a Faro, Setúbal o Braga. Y viceversa. Porque contrastar también es una forma de aprender. Así que ya sabéis: al norte de Portugal, la histórica Guimarães os está esperando.

 

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Iglesia Nossa Senhora da Consolação.

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