Lugares con encanto

Oporto: una vieja con vida

El tiempo cambia algunas ciudades y deja a otras estancadas. Estas últimas suelen perder todos los trenes mientras languidecen y se van despoblando. Oporto no. La casa del vino más famoso de Portugal parece vieja y decadente, si bien turistas y estudiantes logran que su pulso se mantenga estable todo el año.

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Mosaicos de la Estación de San Bento.

De Oporto llama la atención la cantidad de iglesias y de fachadas con azulejos. Allá, edificios de todos los estilos arquitectónicos coexisten y se alternan. La ciudad no es demasiado extensa y está nivelada en distintas alturas, detalle que la convierte en un buen lugar para pasear.

Caminando descubrirás, por ejemplo, que las bodegas de Oporto en realidad se encuentran en Vilanova de Gaia, al otro lado del puente que atraviesa el Duero. En una y otra orilla se concentra todo el encanto tripeiro: colores vivos, música en la calle, jaleo cosmopolita. Una alegría que contrasta con la saudade y el cielo gris típicos del lugar.

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Además de por el casco antiguo, capítulo obligatorio en todas las guías, recomiendo callejear hasta los jardines del Palacio de Cristal, donde pavos reales y gallos cohabitan con peatones sin la menor incidencia. El paseo hacia la playa bordeando el barrio de Boavista también merece la pena. Se trata de una zona menos ‘comercial’ en la que no se oyen lenguas distintas a la portuguesa ni irrumpen tiendas de souvenirs cada 20 metros.

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Jardines del Palacio de Cristal.

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Pero sin duda, el mejor aliciente de Oporto es su gastranomía. Allí encontrarás pasteles de nata, crema o chocolate que por menos de un euro acompañarán al mejor café de la Península. O, si eres más de salado, sabrosos panecillos rellenos de carne de cerdo (bifanas) y unos curiosos sándwiches de embutido gratinados y bañados en salsa picante, conocidos como francesinhas. Una y otra especialidad entran de lujo junto a una Super Bock, la cerveza local, suavecita y refrescante.

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Dulces típicos. Foto: @stephaniedutandemy vía Instagram.

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‘Francesinha’, plato tradicional de Oporto.

Oporto me pareció una ciudad algo apagada aunque muy agradable. La diversidad y su riqueza cultural diluyen el carácter norteño y funcionarial de buena parte de sus habitantes. Admito que me gustó más Lisboa, igual de antigua, más luminosa. En cualquier caso, no descarto volver a la urbe portuense. Si no la conocéis, os animo a hacerlo. Me juego una francesinha a que lo pasaréis bien. Boa Viagem!

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