Versos libres

A mis alumnos

El viernes 25 de mayo terminé mis prácticas en el Colegio Santo Tomás de Villanueva de Granada. Por casualidad, esa misma tarde tuvo lugar la graduación de los estudiantes de 2º de Bachillerato, a los que también di clase.

“Nunca pensé que en la felicidad hubiera tanta tristeza”, escribió Mario Benedetti. Hoy me siento a la vez pleno y vacío. No atino a explicarlo bien, pero sé que me entendéis.

Aunque pude despedirme de mis alumnos, no les dije todo lo que quise. Precisamente he escrito esto para que esos consejos que a los trece, quince y diecisiete años no nos atrevemos a pedir (y que tanto agradeceríamos) les puedan llegar. Espero que disculpéis que me dirija directamente a ellos a partir de aquí.

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Patio del recreo del colegio Santo Tomás de Villanueva. Fuente: www.agustinosrecoletos.com

Lo primero que os pido es que nunca renunciéis a los libros. Hagáis lo que hagáis con vuestra vida, sean cuales sean vuestras circunstancias, siempre habrá al menos uno que pueda ayudaros. Los libros son la segunda fuente de conocimiento más importante que tenemos a nuestro alcance. La primera son las personas. Lo dijo un tal David Foster Wallace, alguien que sabía bastante de las dos cosas.

Sed amables siempre. Nada de excusas: si sois bordes, cambiad. Una sonrisa puede arreglar el día a cualquiera. Con algo más de afecto, vuestra existencia abandonará poco a poco ese tono gris y se volverá más agradable. Os animo a hacer la prueba.

Tened cuidado con el ego. Sí, todos somos “únicos” y “especiales” a nuestra manera. Pero nadie es mejor que nadie; grabadlo a fuego en vuestra memoria. El mundo no gira a nuestro alrededor ni se adaptará nunca a nuestros deseos. En cuanto lo asumimos, todo se hace más llevadero.

Ah, muy importante: trabajad vuestra inseguridad y ayudad a otros a trabajarla. Lo primero puede ser largo. Es posible que necesitéis ayuda. Si fuera el caso, pedidla: se trata de un gesto valiente, no de cobardía. Lo segundo resulta más fácil. Basta con saludar, dar las gracias y reconocer, en público y a menudo, los méritos y las virtudes de los compañeros. Porque no, inseguridad no equivale a humildad. A algunos la falta de confianza los vuelve arrogantes, mientras que a otros la calidez los convierte en gente sencilla. Merece la pena parecerse a estos últimos.

Por último, me gustaría daros las gracias. Por acogerme. Por la atención recibida. Por enseñarme tanto y lograr que me conozca un poco más. De verdad, estos dos meses han sido una maravilla.

Por favor, no abandonéis la transparencia ni la naturalidad, tan infrecuentes entre los mayores. Preguntad, volver a preguntad, expresar vuestro desacuerdo si algo os parece mal y rectificad cuando sea necesario. La experiencia se adquiere con los años, la curiosidad, en cambio, tiende a estancarse. No la perdáis. Y no dejéis que nadie os la mate.

Espero que algún día volvamos a coincidir. En cualquier caso, fue un placer.

Gracias y hasta siempre.

 

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