Versos libres

Lo que de verdad importa

Hace unos días murió la madre de un colega. Ignoro la causa, pero me afectó bastante: él tenía mi edad. Una vez más, ni puedo ni quiero ponerme en su lugar.

En esta época de ruido y distorsión, lo más urgente no suele coincidir con lo que de verdad importa. Sufrimos por tonterías a las que dedicamos demasiado tiempo. Nos encerramos en un “yo” siempre insatisfecho y dejamos de mirar alrededor. En vez de vivir, consumimos sin tregua. Y pedimos más.

A veces me dan ataques de lucidez y recuerdo que todo momento es bueno para contactar con los que se fueron lejos. También para echar una mano a mis vecinos y parientes. Y para dar un abrazo a quien tengo más cerca. Los pequeños gestos en el momento adecuado son los que hacen la vida. Casi todo lo demás es mierda.

Atendamos a las personas que queremos. Y ofrezcámosles nuestro cariño; un día no podremos hacerlo más. Entonces lamentaremos muchas cosas, y con razón. Porque como canta El Zatu, “un minuto de tu tiempo para otro es un mundo, regálaselo”.

Ánimo, Pablo.

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Crónicas del Gachi

Escombros

El pasado 11 de marzo, el edificio del Mercado de Abastos de Linares se vino abajo. La causa fue el temporal de agua y viento que azotaba entonces la Península Ibérica.

El derrumbe se produjo un domingo y solo hubo un herido. En cualquier caso, la noticia no deja de ser terrible. La construcción formaba parte del escaso patrimonio arquitectónico que quedaba en la ciudad. Además, los comerciantes siguen a la espera de un nuevo espacio a donde trasladarse para volver a trabajar.

Las imágenes resultan muy poderosas. Si antaño fueron las minas, el ajedrez o los vehículos todoterreno, lo que mejor representa al Linares actual quizás sean los escombros. Escombros como símbolo de un pasado que no volverá. Escombros propios de una ciudad decadente. Escombros como los del Mercado de Abastos.

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Ruinas del Mercado de Abastos de Linares. Fotografías de Jusepe Cruz.

Cuentan que tras la derrota de la Armada Invencible frente a las costas británicas, Felipe II alegó que no había enviado sus tropas a luchar contra los elementos. Sea verdad o no, lo cierto es que los efectos devastadores del clima han existido siempre y ante ellos poco se puede hacer. Sin embargo, que el mismo espacio derruido fuera rehabilitado hace poco da que pensar. Y personalmente, no me imagino a nadie asumiendo alguna responsabilidad. Ojalá me equivoque.

Linares se cae. Todos lo intuíamos y este suceso lo ha confirmado. Solo espero que aprendamos la lección de una vez. Que los responsables de turno no se limiten a construir otro edificio endeble que no aguante una tormenta y que miren un poco más allá. Por ejemplo, al resto de edificaciones ruinosas diseminadas por toda la ciudad. O a esos espacios públicos en su día inaugurados a bombo y platillo a los que se da un uso anecdótico. Pues si algo sobra en mi ciudad son contenedores culturales.

Estaría bien que la cornada repentina nos permitiese agarrar al toro por los cuernos y que dejáramos de discutir por el color de las banderillas. Pero mucho me temo que en esta tierra, la tormentosa sombra de Manolete es alargada. Y no hace falta ser taurino para entenderlo.

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Lugares con encanto

Sierra de Cazorla, paraíso entre montañas

Hoy en día huimos de lo cercano mientras recorremos el mundo a golpe de selfie. Celebramos el ladrillo, el cemento y el neón a la par que despreciamos la Naturaleza. Memorizamos los nombres de charlatanes televisivos y olvidamos los de las especies vegetales y animales que nos rodean. Por suerte, todo eso tiene remedio.

Hace unos días estuve de excursión por la Sierra de Cazorla, en la provincia de Jaén. Un monumento natural que forasteros y autóctonos apenas valoramos, supongo que por ignorancia.

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La ruta comenzaba en la carretera del Tranco y concluía en el nacimiento del Borosa. Se trata de un recorrido vistoso en el que las cascadas irrumpen de la nada y el bosque se disgrega en distintas gamas de verde, mientras las paredes de caliza y el caudal del río resguardan a los viandantes y les indican el camino a seguir.

En total fueron más de 12 kilómetros, la mitad pasados por agua. Un percance mínimo, pues la lluvia no es más que un peaje por el esplendor y la frondosidad de los árboles.

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Al pasear me sentía pequeño y a la vez enorme. Es difícil de expresar con palabras: la insignificancia de saberse un minúsculo punto en la obra de la Creación y, al mismo tiempo, la serenidad tras ser consciente y sentir que todo está bien así. Pues no es más rico el que más tiene, tampoco el que presume de lujos. La riqueza es aprender a disfrutar de lo más sencillo: un paseo, una conversación, la brisa golpeándote cara, el sabor de un bocadillo tras una larga caminata. Placeres menudos e intensos. Los mejores regalos.

Por de pronto, ya tengo ganas de que llegue la próxima aventura. Intuyo que no será muy lejos y que volveré a estar muy bien acompañado. Muchas gracias por esta última, Fátima.

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Libros y escritura

Fracaso y responsabilidad según Joël Dicker

Joël Dicker es el escritor de moda en el universo francófono. El autor de La verdad sobre el caso Harry Québert o El libro de los Baltimore utiliza la lengua de Proust para escribir como Hemingway. Como resultado, nos regala historias redondas y fáciles de leer, repletas de diálogos, personajes contradictorios e imágenes evocadoras.

A sus treinta y pocos años, hoy a Dicker se le considera un ‘triunfador’. Por eso resulta pintoresco que decidiera hablar del fracaso cuando fue invitado a dar una conferencia en la Universidad de Ginebra.

(Lo siento, el audio está en francés sin subtítulos)

Casi todos huimos del fracaso. Lo ocultamos de nuestra biografía, a menudo edulcorada con éxitos superfluos. Optamos por figurar en vez de ser, y no solo por miedo. Según Dicker, el gran mal de la sociedad actual no es otro que la irresponsabilidad, la cual nos impide asumir errores y aprender de ellos. También nos vuelve conservadores: arriesgamos poco con tal de no llegar lejos y así poder volver sobre nuestros pasos.

Para el escritor, las redes sociales han fomentado esa irresponsabilidad. Cuando exponemos fotos, vídeos o textos con la intención de recibir un “me gusta” o un comentario, no hacemos otra cosa que esperar la aprobación de los demás, a quienes entregamos poder e influencia mientras dilapidamos nuestro tiempo. Y ni siquiera somos conscientes.

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Joël Dicker, sosteniendo la traducción al inglés de uno de sus libros. / joeldicker.com

Joël Dicker estudió Derecho sin demasiadas dificultades. Tanto fue así que en cada curso le dio tiempo a escribir una novela. Todas fueron rechazadas por las editoriales. Ironías del destino (o no), hoy vive de la escritura sin necesidad de ejercer la abogacía.

Cuando le preguntan por su éxito, el suizo solo se atribuye el mérito de haber asumido su responsabilidad en cada momento. Combinó obligación y devoción, pragmatismo e ilusiones. Solo así pudo terminar sus estudios sin renunciar a escribir.

Yo también me he equivocado muchas veces. En lo académico, en el trabajo, con ciertas personas. Estudié mucho para aprender muy poco, acepté curros de mierda solo para “hacer curriculum” e intenté agradar a quien nunca importé lo más mínimo. La gran paradoja es que a esos fracasos les debo muchas lecciones.

No sé cómo lo veis, pero la posibilidad de empezar de cero una y mil veces, de convertir errores en aciertos y de aprender algo nuevo cada día me parece maravillosa. Y creo que las personas responsables la disfrutan más a menudo. He ahí un buen motivo para imitarlas, también para leer a Dicker. Espero que lo disfrutéis.

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Libros y escritura

Salvemos ‘Libros del K.O.’

Descubrí Libros del K.O. por casualidad. Quería leer con calma a varios cronistas que llevaba tiempo siguiendo y di una oportunidad a El autoestopista de Grozni, un reportaje personal y muy cuidado de Ramón Lobo. Vaya que si acerté.

Unos meses después, encargué Una cuestión de fe (Enric González), Mi abuela y diez más (Ander Izagirre) y En lo mudable (Antonio Agredano), en los que cada autor justifica sus colores futbolísticos aunando sentimientos, rigor y estilo literario. Otra vez me impresionaron.

Poco a poco fueron llegando más obras y autores: los primeros recuerdos sanfermineros de Chapu Apaolaza en Siete de julio, los testimonios de los exiliados laborales españoles recopilados con minuciosidad por Noemí López Trujillo y Fanny S. Vasconcellos en Volveremos, los consejos para escribir más claro del ‘guiri’ William Lyon y otras tantas confesiones de Hooligans ilustrados. Ninguno me ha decepcionado.

El pasado 20 de febrero, un juez ordenó el secuestro de Fariña, una investigación de Nacho Carretero sobre el narcotráfico en Galicia. Por lo visto, a un exalcalde de Alianza Popular no le ha sentado nada bien figurar en una nota al pie de página. La decisión, aparte de poco efectiva (el libro se ha agotado), dificulta la supervivencia de una editorial modesta pese a la calidad de sus títulos.

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La ‘No ficción’, ese cajón de sastre que abarca crónicas, ensayos y reportajes, merece consolidarse en el mundo hispano. Como los anglosajones, los lectores de la lengua de Cervantes tenemos derecho a ediciones bien acabadas y a viajar sin movernos del sitio, así como a disfrutar de una escritura clara que nos ‘descomplique’ el mundo. Por eso mismo, y en tales circunstancias, no se me ocurre mejor momento para echar un vistazo al catálogo y de paso regalar alguno de sus libros.  

En el apartado ‘Quiénes somos’ de su página web, los responsables de la editorial se describen de la siguiente manera:

Nuestro objetivo es sencillo: recuperar el libro como formato periodístico. Ya sea en pergamino, en papel o en digital. Creemos en las grandes historias contadas a otro ritmo. Sin prisas, sin limitación de espacio, sin necesidad de consultar obsesivamente el reloj de la actualidad.

Creemos que la crónica periodística puede ser un género muy sexy y somos radicalmente promiscuos: nos encanta la crónica deportiva, el perfil minucioso, la microhistoria en la que nadie se fija, los obituarios, los corresponsales en zonas calientes y los redactores de periódicos de provincia que le buscan las cosquillas a las ruedas de prensa de los prohombres regionales; el cascarrabias Josep Pla y el gonzo Hunter S.Thompson, a quien nos gustaría juntar en una tertulia y ver qué pasa; las revistas para distraídos, como Etiqueta Negra, y las gacetas ilustradas del siglo XVIII; los charlatanes geniales como Julio Camba y los periodistas perezosos como Enric González; los fotógrafos que recorren la ex Unión Soviética para fotografiar satélites y los que dedican su vida a perseguir traineras en una zodiac; los fanzines y los púlpitos, el ciclismo y Chechenia, los columnistas descreídos y las defensoras del lector deslenguadas.

Todo va a salir mal, y nos parece estupendo.

Me gusta esa mezcla de frescura y nostalgia, de pequeñez y ambición. Solo espero que no acierten en su última línea y que sigamos disfrutando de los Libros del K.O. muchos años más. Que todo salga bien, y que a (casi) todos nos parezca estupendo. Tengamos fe. Compremos sus libros.

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