Contra los carroñeros de Facebook

Hace unos meses compartí un artículo en un grupo de Facebook con decenas de miles de miembros. En pocas horas, las visitas se multiplicaron. El precio fue aguantar una ristra de insultos tan diversos como inoportunos. Pude dialogar con algunos de mis detractores y la mayoría suavizó el tono. Incluso uno me pidió disculpas, gesto que agradecí profundamente. En cualquier caso, esa rabia contenida, tan imprecisa y a la vez tan intensa, todavía me impresiona.

La semana pasada, un periodista mostró en ese mismo grupo una noticia que había comentado en su programa de radio. Se trataba de una información relativa al desempleo de mi ciudad, fuentes incluidas. Segundos después, las hienas se lanzaron a su cuello. El enlace adjuntado estaba mal y remitía a otra noticia, pero poco importó: parece ser que le tenían ganas.

Fueron muchos los que dudaron de sus intenciones, incluso de su profesionalidad. También es cierto que algunos cuestionaron la fiabilidad de esa noticia manteniendo las formas y sin matar al mensajero. Por desgracia, ese sector crítico, tan necesario para mantener un debate constructivo, suele pasar desapercibido entre multitudes sedientas de sangre y sexualmente insatisfechas.

Da la impresión de que en las redes sociales se ha extendido un perfil caracterizado por ofenderse ante cualquier comentario y no permitir la discrepancia. Victimistas y verdugos a la vez, piden respeto para sus prejuicios y libertad para insultar. Y lejos de ser arrinconados, parece que se van multiplicando.

La situación es más grave de lo que parece. Si hoy basta una opinión o una noticia para justificar un agravio, mañana puede ser tu apellido o tu foto de perfil el motivo por el que los carroñeros iniciarán un escarnio desproporcionado. Así, entre silencios cómplices y cobardes, los abusones poco a poco se van haciendo dueños del patio de recreo.

Espero que perdonéis mi franqueza, pero que nuestra vida sea una mierda no da derecho a joder la de los demás. Porque no; nuestros sentimientos no son verdades universales que el otro deba asumir, y en ningún caso justifican nuestra mala educación ni nuestra ignorancia.

Por muy renovadora que parezca, esa toxicidad digital será siempre parte del problema. La turbamulta vale para pedir la quema de una bruja o la cabeza de un monarca, mas dudo que semejante derroche de agresividad haya servido alguna vez para crear puestos de trabajo, mejorar la Sanidad y la Educación o profundizar en la división de poderes de cualquier Estado de Derecho.

En su ensayo Contra el odio, la periodista alemana Carolin Emcke propone el uso de la ironía para desarticular a quienes exhiben su resentimiento en público. No se trata de coartar la libertad de expresión, sino de sacarle partido en favor de la inteligencia. Voltaire o Cervantes ya nos mostraron cómo hacerlo. Y solo por obligarnos a pensar antes de hablar o de escribir, creo que el reto merece la pena.

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