Versos libres

Gente borde

Todos conocemos a varios. Me refiero a esos individuos que dicen o hacen las cosas de una forma que por educación, instinto o sentido común, tú nunca te atreverías.

Dicen los bordes nacen así, y posiblemente sea cierto. Pero creo que todo el mundo puede mejorar su carácter. Es más, la gente desagradable debería planteárselo como un deber cívico: son otros, con frecuencia los más simpáticos, pacientes u optimistas, quienes se intoxican con el humo de los cenizos. La mala educación es como la halitosis: siempre la sufren los demás.

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Cómodo, personaje de la película Gladiator, interpretado por Joaquin Phoenix.

Por su cara los distinguiréis. Hay unos cuantos que miran mal todo cuanto tienen alrededor. Dada la frecuencia con la que fruncen el ceño parecen vivir en perpetuo enfado. No me gustan, pero los prefiero al resto de sus correligionarios. Por ejemplo, a los dueños de esa expresión gélida e impenetrable, que solo abren la boca para quejarse o llevar la contraria. O a aquellos otros de sonrisa maliciosa, mensaje ácido y tono sibilino, que se escudan en la cercanía para golpear desde más cerca. Son los peores. Hacen ver que no están amargados para amargar al prójimo. Y con frecuencia lo consiguen.

Las redes sociales han dado visibilidad a esta gente. También la televisión. Para comprobarlo basta con echar un vistazo a Twitter, a los comentarios de cualquier noticia en Facebook o a la programación de Telecinco. La acritud es universal: afecta a hombres y mujeres, de derechas y de izquierdas, de una, otra o ninguna religión.

Lo que todos los antipáticos tienen en común es su gusto por sacar de las casillas a completos desconocidos; si son célebres, mejor. El ciber-borde, también llamado troll o hater, es como un virus: solo destruye. Y por lo general, su existencia suele ser igual de triste: se reproducen sin haber crecido, solo para morir. Y nunca nadie les echará de menos.

Poco a poco he ido aprendiendo a lidiar con estos sujetos. Lo primero, quizás lo más difícil, es procurar que nada de su manera de relacionarse contigo te afecte. Resulta complicado, dado que con el fin de molestar suelen valerse de la mentira y del insulto.

Una vez asimilado que hay gente que tiene la necesidad de vomitar bilis a su interlocutor sin motivo aparente, toca devolverles el golpe. Aquí sucede lo más paradójico: cuanta mayor es la amabilidad que reciben en sus respuestas, más se radicalizan en su toxicidad, hasta tal punto que revierte en ellos mismos. Entonces se retiran. Ante una persona maleducada, la alegría es la mejor arma: se trata de un código que se sienten incapaces de descifrar.

El célebre escritor y filósofo Umberto Eco consiguió desmenuzar al  fascismo en catorce puntos para revelarnos una verdad incómoda: todo el mundo lleva dentro un fascista en potencia. Del mismo modo, todos nosotros podemos convertirnos fácilmente en amargados (y amargadores), gracias a los juicios de intenciones, a los celos, al exceso de irritabilidad o a la falta de empatía que demostramos cada día en pequeños gestos, muchas veces inconscientes.

Yo también quiero un mundo libre de trolls y haters, cenizos o antipáticos. Por tanto, me comprometo a sonreír un poco más y a decir a la gente lo buena que es y lo bien que hace las cosas. A expresar en público más halagos que insultos, más felicitaciones que reproches. A colorear un entorno que por defecto tiende al blanco y negro. Espero no estar solo en esta lucha.

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Crónicas del Gachi

Lo que queda de la Feria del Libro

No sé muy bien por qué, pero me encanta la Feria del Libro. Tal vez se deba a que apenas suscita polémica. Cervantes y Shakespeare nunca molestan: son admirados o ignorados.

En Linares honramos la memoria de ambos mientras alabamos al guardián de la palabra escrita, ese mismo al que algunos quieren enterrar proclamando las virtudes de la tecnología. Mi ciudad no es Barcelona en Sant Jordi, pero tampoco uno de los tantos páramos en los que impera la superstición. Y doy gracias por ello.

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El Paseo de Linarejos durante la Feria del Libro de Linares.

Cada año, a mediados de abril, el Paseo de Linarejos es ocupado por distintas casetas de madera y alguna que otra carpa de plástico. En las primeras venden libros casi siempre descatalogados y polvorientos; las segundas suelen acoger a cuentacuentos, obras de teatro o conferencias.

Recuerdo, cuando era pequeño, cómo disfrutaba con aquellos trovadores contemporáneos que durante el año ejercían en la Biblioteca Municipal y durante la Feria del Libro nos hacían salir a la calle. Por suerte, en Linares abril nunca fue sinónimo de aguas mil.

La Feria del Libro nos ha hecho mejores. A mí y a todos los niños que crecieron sin dejar de leer. Mi único lamento se debe a que, desde aquellos días en los que nos dejábamos la paga en las Pesadillas de R.L Stine o en los tebeos de El Botones Sacarino hasta hoy, la Feria haya ido hacia atrás. Siento que su catálogo es más reducido cada año: clásicos universales de la Literatura y del Pensamiento, novelas infantiles y juveniles, best-sellers pasados de moda y multitud de libros esotéricos mal editados. Y no parece que vaya a ampliarse en las ediciones venideras.

Algunos pensarán que la oferta esté limitada porque la demanda no crece. Yo, sin embargo, creo que hay más razones.

Actuamos como si los artistas tuvieran sueldo fijo y la venta de obras no guardara ninguna relación con sus ingresos. Nos cuesta demasiado comprar un libro, coaccionados por el ‘elevado’ precio final del producto. Olvidamos que, en el sistema actual, lo que no se consume desaparece. Y lo que desaparece acaba desterrando también a su creador. La verdad es que no tenemos derecho a lamentar la maltrecha salud de la Cultura si no participamos activamente en su curación.

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Caseta de la Feria del Libro. Imagen: Centro de Estudios Linarenses (CEL)

Aunque no solo se trata de comprar más libros. El objetivo primero debería ser el de extender los hábitos de lectura en toda la ciudad, una misión que ha pasar por las familias y las escuelas antes que por el Ayuntamiento. Solo cuando en Entre Libros o Kavka estén hartos de emplear la muletilla “no lo tengo, pero te lo puedo pedir”, cuando los estudiantes de Bachillerato y la EPSL exijan bibliotecas en cada distrito de la ciudad y desde la sociedad civil se organicen tantas tertulias y presentaciones que tengamos que decidir a cuál asistir, entonces les tocará a otros mover ficha.

Sé que no es tan sencillo. Las infames condiciones laborales de no pocos linarenses o la imperiosa necesidad de de encontrar trabajo de otros tantos hacen que el llamado “tiempo para leer” sea cada vez más reducido. Amazon y su servicio de venta en línea también han hecho mucho daño al concepto tradicional de librería y a sus trabajadores. Tampoco podemos eludir la responsabilidad de un sistema educativo que considera la creatividad perjudicial para el alumnado y en el que leer apenas repercute en las calificaciones finales.

Pese a todo, soy optimista. Andrés Ortiz Tafur y sus Tipos duros, el Plomo en las alas de Telésfora Ruiz, La escriba de Antonio Garrido, la impecable trayectoria de Fanny Rubio o la de los preparados aunque sobradamente jóvenes Verónica Cervilla y Emilio Prieto, entre otros tantos y tan prometedores autores, confirman que el fuego de la literatura arde con fuerza en nuestra ciudad. Intentemos, entre todos, mantener viva la llama una generación más. Leamos y dejemos leer. Solo así, quizás dentro de unos años, veamos en la Feria del Libro una caseta dedicada en exclusiva a los escritores de Linares. Y puestos a soñar, ojalá sea la que más venda.

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