Lugares con encanto

La impresionante luz marbellí

Marbella me repele y a la vez me atrae. La huella de Jesús Gil, un Donald Trump a la española elegido alcalde no hace tanto, sigue aún presente. Por ejemplo, al recorrer un paseo marítimo en el que se echa en falta kilómetros de playa y proliferan las franquicias, muchas de ellas con precios prohibitivos.

Sin duda, Puerto Banús es el máximo exponente de toda aquella frivolidad, consolidada en jeques árabes y oligarcas rusos cuya esposa, veinte años más joven, ha asumido su condición de juguete, tal y como el yate o el descapotable de su marido. Desgraciadamente, no he hecho el esfuerzo de imaginar nada.

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Pero Marbella también son callejuelas encaladas con balcones sobresalientes, un rasgo inconfundible del paisaje andaluz que tantos y tantos poetas extrañaron en su exilio. Rincones que encuentran su razón de ser en la alegría de la gente que se junta en las terrazas para compartir recuerdos, tiempo y vida. Quizás, esto sea lo que mejor defina a los pueblos mediterráneos. El caso es que las casas blancas y los suelos empedrados suponen, en tal que su antítesis, la alternativa perfecta al asfalto salpicado de reflejos de neón.

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Estoy seguro de que la personalidad de aquella zona tiene algo que vez con su luz. Un luz natural repartida entre el cielo el mar y que trasmite paz y serenidad. Y que genera buen rollo, como el que demuestra la población autóctona tanto para sí como con los millones de forasteros que les visitan a lo largo de todo el año.

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Tal vez solo sea una impresión sesgada y personal, pero lo cierto es que Marbella me recordó, para bien y para mal, a una Andalucía en miniatura. Indolencia, desigualdad y desconocimiento de lo propio por un lado; tradición, esperanza y acogida, por el otro. Y al fondo, una eterna puesta de sol que invita a dejarlo todo y vivir el momento. Ojalá sigamos disfrutándola muchos años más.

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Versos libres

Réquiem por un semanario español

Mis desplazamientos al quiosco ya no son lo mismo. Incluso hay veces que vuelvo a casa con las manos vacías. Todo se debe al cierre del semanario AHORA, el único periódico que compraba con asiduidad además del mensual Tinta Libre. Sí, pagaba por adquirirlo. Porque prefiero leer en papel, aunque sea joven. Y aunque en internet esté todo gratis. Los diferentes soportes no son excluyentes, sino complementarios. Pero parece que la mayoría de lectores no lo ve así, y por razones que se me escapan, pretende dar muerte al papel. Allá ellos, pero que no cuenten conmigo.

Los números mandan, mas por muy inviable que pudiera resultar su modelo de negocio, la liquidación del periódico me parece una noticia terrible. Y los argumentos de quienes lo justifican, ya sea por su formato incómodo, por la extensión de los textos o por pagar “demasiado” bien las colaboraciones (manda c*j*n*s) me dan grima.

Que los propios periodistas antepongamos las causas económicas a las editoriales cuando hablamos de otros medios de comunicación, y que éstos sobrevivan limitándose a alternar insultos, titulares llamativos e imágenes de mujeres ligeras de ropa significa, a mi modesto entender, que algo va muy mal en este microcosmos.

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AHORA fue una apuesta personal del veterano periodista Miguel Ángel Aguilar. Para llevarla a cabo decidió resucitar el nombre de la cabecera dirigida por Manuel Chaves Nogales a principios del siglo pasado. Entre sus páginas no había espacio para los chismes rosas. Sí, en cambio, para lo que sucede allende de nuestras fronteras. La Cultura y la Ciencia no disponían de una sección, sino de un suplemento propio. Y sus artículos de opinión, atentos ahí, se fundamentaban en datos.

Los de AHORA quisieron romper moldes y antes de deformarse, decidieron morir con las botas puestas. Y como lector de otros periódicos y revistas que ya apenas reconozco, me parece un gesto muy noble.

“Antes de lanzarnos al intento sabíamos que era difícil, pero, en el momento de clausurarlo, estimamos que siguen vigentes las razones de ese emprendimiento. Parafraseando al director de Combat, hemos querido emplear la voz de la energía templada y no la del sectarismo odioso; la de la exigente objetividad y no la de la retórica altisonante; la de los injustamente tratados y no la de la mediocridad banal”, puede leerse en su editorial de despedida.

Líneas más abajo, la inconfundible pluma de Aguilar afirma que “no valen excusas ni se reciben condolencias”. Respetaré su última voluntad. Pero como parroquiano y colega, me gustaría dar las gracias a todos aquellos que formaron parte del equipo. Por intentar erradicar los prejuicios y la ignorancia de la sociedad española, por haberlo logrado en parte conmigo. Y por atreverse a sostener que otro periodismo era, si no posible, al menos necesario.

Fue un placer. Hasta siempre, compañeros.

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