Una estampa pintoresca

Sucedió un lunes estival cualquiera, cálido y monótono, como son todos en Linares. Rondaban las ocho de la tarde y me dirigía al Polideportivo San José para encontrar a unos amigos que jugaban al fútbol-sala.

 

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De camino al pabellón Julián Jiménez observé el campo de de hierba sintética. Solo una mitad estaba ocupada. Un grupo de adultos, entre los que se alternaban jóvenes con veteranos, disputaban un partido de fútbol 7. La falta de forma de los mayores la compensaba su inmejorable colocación y una aceptable visión de juego. También lucían petos amarillos como distintivo.

Cuál fue mi sorpresa al mirar las porterías. La que me era más cercana la defendía una niña de no más de 12 años. Vestía una camiseta rosa y una falda vaquera, y no disponía de más equipamiento que unas zapatillas de deporte. Ni medias, ni rodilleras, ni tan siquiera unos guantes de látex que protegieran sus manos del hipersónico Jabulani, balón a la moda por aquel entonces. Su estatura apenas cubría la mitad de la distancia entre el larguero y el suelo.

La estampa de la meta opuesta, más alejada y a pleno sol, resultaba igual de pintoresca. Dos niños, de estatura aún menor, compartían el rol de arquero. El más adelantado se ocupaba de las salidas y de los disparos de larga distancia; el de atrás era el encargado de salvar los balones imposibles para su colega, observando atento desde el segundo palo. De haber sumado la edad de los 3 porteros no habría igualado siquiera a la del jugador de campo más joven.

– ¿No te da miedo jugar con tantos mayores?- le pregunté a la chiquilla, intentando camuflar mi asombro.

– Bueno, la verdad es que un poco -respondió con inocencia-. Intentan no tirarme fuerte, pero sí que me asusto cuando están muy cerca. He ido con mi padre y sus amigos. Les falta gente, por eso los de la otra portería también son niños.

Seguí viendo aquella pachanga hasta que mis amigos aparecieron. No transcurrió mucho tiempo, aunque bastó para que me diera cuenta de que aquella niña me acababa de dar una lección: no hace falta ser el mejor en lo que haces, tampoco disponer del más moderno equipamiento, ni siquiera que las circunstancias nos resulten favorables, para pasar un buen rato. Basta con rodearse de gente agradable con la que no te sientas juzgado y mantener una actitud receptiva, siempre dispuesta a la diversión. Así de simple. Así de raro.

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Lo confieso: yo también solía jugar de portero. Y cuando desenganchaba los balones de la red a la par que los jugadores rivales celebraban el tanto anotado, me inundaba una impotencia con sabor a bilis que iba en aumento conforme avanzaba el cronómetro. Una mezcla de rabia y culpa que me inhabilitaba para lo esencial, que no era otra cosa que disfrutar del partido. Vaya, parece que aún tengo mucho que aprender. Gracias por todo, pequeña.

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