Versos libres

Mi huida

El ser humano es nómada por naturaleza. Fue la Civilización, no la Cultura, la que le obligó a asentarse. Siglos y siglos más tarde ha ido buscado excusas, inventándose fronteras, identidades y creencias varias para calmar su frágil conciencia. Pero el impulso de huir siempre ha estado ahí. Y yo lo vuelvo a sentir, cual ave migratoria en busca de cobijo.

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Juan Tallón, cuyo mayor admirador es amigo mío, lo expresaba muy bien en un artículo de JOT DOWN: “la huida es así, necesaria y absurda. De ahí que cuando no sabes qué hacer, a veces huir es la respuesta acertada. Por qué. No lo sabes. Simplemente sabes que tienes que huir. En esa maniobra fugitiva se oculta tu necesidad de replantear el destino.” A veces no sabes con exactitud los porqués, simplemente, intuyes que tienes que largarte. Porque nada es eterno y todo ciclo tiene un comienzo, y por tanto, un final. Que se lo pregunten a Pep Guardiola.

En apenas cinco meses me tocará cambiar de vida. Una huida forzada. Se supone que abandono la mejor época por otra no tan buena y que debería estar triste. No es mi caso. Siento más bien alivio, y a la vez, inquietud ante un destino por construir.

Mi tristeza, tal vez hastío, viene de no haber terminado nunca de adaptarme a mi entorno, ni a sus principios, ni a un código que siempre me pareció indescifrable. La frustración de no poder nunca llegar a ser tú mismo, y la pesada carga de no perdonártelo del todo. Por eso he decidido planear mi fuga.

No tiene ningún mérito. La película se acaba, y si el guión no da un giro inesperado, conviene ir pensando en salir para evitar el atasco de siempre a la salida del cine.

Mi escapada se fundamentará en aprender todo lo posible de aquí al verano, tanto dentro como fuera de la universidad y de los libros. Y en las buenas conversaciones, entre tazas de café o vasos de cerveza, con quienes no necesitan posar ni fingir para alegrarte el día o la noche. En llevar a cabo planes con los que de verdad disfrute, y los que posiblemente no podré repetir en otro escenario. Y en profundizar las relaciones que merezcan la pena, y por qué no, abrirle la puerta a otras nuevas. Porque al que no dejaron salir antes no se le puede culpar por haber llegado tarde.

Efectivamente, el futuro me motiva más que el presente. Pero si descuidamos el último, sacrificamos también el primero. Es una de las lecciones más valiosas que he aprendido en esta etapa de la que pronto me despediré. Necesitamos ilusiones para que la rutina nos manche un poco menos, pero también mirar alrededor y tomar aire cuando la proyección se vislumbre demasiado lejana. Al final, tantos siglos de Historia solo han valido para dar la razón a Aristóteles en aquello de que en el equilibrio se encontraba la virtud.

Recuerdo, en la imprescindible novela Farenheit 451 de Ray Bradbury, como uno de los personajes se lamentaba por la muerte de su abuelo. No solo era él quien se había ido, sino también las melodías que tocaba con el violín, los talleres de manualidades o los cuentos que contaba a sus nietos, además de toda esa alegría que le caracterizaba.

Creo que, en su inmenso dolor, le estaba rindiendo el mayor de los homenajes; primero al reconocer sus pequeñas grandes obras, después al continuar su legado en el tiempo. Darse para dar, dar para poder darse. Trascender, en una palabra. Espero que algún sea yo el que aprenda su significado.

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