Versos libres

El último cierre de Paco Sancho

Una habitación amplia, de una sola mesa. Típicos espacios desaprovechados que abundan en las universidades. Los estudiantes nos mirábamos, expectantes. Faltaba el profesor. Esa misma semana le habíamos enviado dos reportajes llamativos que nos hubiéramos encontrado en los medios de comunicación de cualquier parte.

Entró. “Buenas tardes. Bueno, vamos al lío”. Y durante algo más de una hora, estuvimos explicando a Paco Sancho quiénes éramos, qué esperábamos de esa asignatura, qué nos había llamado la atención de esos textos y las típicas retahílas que cada año escuchaba de sus pupilos, siempre con idéntico respeto.

Caricatura de Virginia López (via fcompass)

Dicen que una vida no basta para conocer a nadie, pero lo cierto es que Paco Sancho se hizo notar en pocos minutos. Olía a tabaco, hablaba despacio, con voz ronca. Parco en palabras, no añadía vocablos carentes de significado a sus frases. De hecho, a veces podían interpretarse de varias maneras, demostrando un dominio de la ironía que ya lo quisiéramos algunos. Más que órdenes o consejos, nos brindaba anécdotas de un mundo que no distingue lo personal de lo profesional. Y sin siquiera mencionarlo, nos dejó entrever su amor por el papel, las máquinas de escribir Olivetti, la fotografía en blanco y negro y todas esas señas de identidad de un universo que se desvaneció hace tiempo.

Paco Sancho hablaba, escribía y vivía de la misma manera: periodísticamente. Tras padecer los vaivenes típicos de todo juntaletras se acabó asentando en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, donde ejerció como profesor y consultor de medios. Tuve la suerte de ser su alumno en un par de asignaturas. Y le caía bien, mejor que otros con notas más altas. Creo que con las personas que aman lo que hacen es muy fácil identificarse.

No le gustaban las florituras. De hecho, me “acusaba” de hacer Literatura. En los reportajes prefería un dato actualizado que un verbo arcaico, y la opinión del ministro, juez o entrenador de turno a la tuya. Una excepción en esta era de postureo, marketing y egos desmedidos, en la que de tanto parecer se nos ha olvidado el significado del verbo ser. Paco Sancho encarnaba el sabor añejo en Fcom, de la misma manera que Manolo Preciado o Luis Aragonés lo hacían en el fútbol,  Federico Fellini en el cine o Mohamed Alí en el boxeo.

Una mañana de finales de noviembre me lo encontré en el porche de la facultad. Fumando, como no podía ser de otra forma. En mi mano le traía un reportaje sobre la inmigración en Navarra. “Con un día de retraso”, le aclaré.

-Te voy a matar. Déjaselo a los bedeles- me dijo. Y, acto seguido, sonrió.

Paco a la salida de su facultad, Fcom, en la Universidad de Navarra. Imagen de su colega y amigo Javier Marrodán @javiermarrodan)

Paco a la salida de su facultad, Fcom, en la Universidad de Navarra. Imagen de su colega y amigo Javier Marrodán @javiermarrodan)

Aún no me puedo creer que nos haya dejado. Ahora valoro el esfuerzo que hacía el curso pasado al cumplir con su trabajo, sin apenas energía y ya de vuelta de todo. Valga este pequeño homenaje como muestra de agradecimiento por tantas cosas, empezando por la existencia de este blog, inspirado en el suyo.

La descripción de su cuenta de Twitter (@pacotto) rezaba: “yo de mayor me pedía ser Paco Sancho”. Quién pudiera, carajo, quién pudiera.

En fin, gracias por todo maestro. Y descansa en paz, que te lo has ganado.

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Libros y escritura

La causa perdida de Chaves Nogales

“Yo era eso que los sociólogos llaman un pequeñoburguésliberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria. […] Cuando iba a Moscú y al regreso contaba que los obreros rusos viven mal y soportan una dictadura que se hacen la ilusión de ejercer, mi patrón me felicitaba y me daba cariñosas palmaditas en la espalda. Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria”.

Con estas líneas tan explícitas comienza Manuel Chaves Nogales el prólogo de su novela A sangre y fuego, héroes, bestias y mártires de España. Periodista vocacional e intelectual comprometido con su tiempo, Chaves Nogales constituía una rareza dentro del lugar y del espacio que le tocó vivir: la España de principios del siglo XX.

Natural de Sevilla, se trasladó a Madrid una vez  empezó a despuntar en el ámbito periodístico, profesión que ejerció en la capital hasta que el gobierno republicano fue evacuado a Valencia, allá por el año 1937. A finales de ese año se trasladó a París, donde escribió A Sangre y fuego, libro de relatos sobre la Guerra Civil cuya redacción terminó antes de conocer el desenlace de la contienda y de que los nazis ocupasen Francia. Tras la llegada de los alemantes se instaló definitivamente a Londres, ciudad en la que murió a consecuencia de una peritonitis en 1944, con apenas 46 primaveras a sus espaldas.

Portada de “A sangre y fuego”. // Foto via casadelibro,com

Manuel Chaves Nogales fue condenado a dos de los mayores castigos posibles: al exilio mientras vivía y al olvido tras su muerte. ¿Su falta? plasmar por escrito la realidad, manifestando una independencia política y una honestidad intelectual sin precedentes que, como no podía ser de otra forma en la época de las ideologías y los estados totalitarios, le hicieron llevar una existencia solitaria, sin apoyos de ningún tipo ni nunca con más de lo necesario para subsistir.

Milicianos, militares más o menos comprometidos, un señorito andaluz, obreros con o sin sindicato, guerreros africanos en una tierra extraña o un funcionario que intenta salvar de la barbarie obras de arte son algunos de los protagonistas de la obra, integrada por nueve relatos independientes, todos ellos con la Guerra Civil Española como telón de fondo. Personajes con nombre propio en el libro, héroes y villanos anónimos en la época. Lo irrelevante de cada uno de ellos es el bando al que pertenecen; todos son seres humanos víctimas de a sus pasiones, dueños de la crueldad más despiadada en situaciones extremas, pero al mismo tiempo esclavos de sus circunstancias, también capaces de gestos insólitos que dan sentido a la palabra humanidad en tiempos de guerra.

Los nueve cuentos merecen la pena, mas personalmente me gustaría destacar el que abarca las páginas centrales, titulado El tesoro de Briesca. Tal vez porque su final, aun siendo igual de trágico, no es tan dramático, como bien sabrán todos los que lo han leído.

Para muchos la Historia es un compendio de fechas, cifras, datos y nombres propios interrelacionados que explican una época distinta a la actual. Algo que no sirve para nada. Es triste, pero lógico si atendemos al estilo en el que diversos manuales han sido escritos y en los que tantos profesores se han apoyado al dar sus clases. Otros, sin embargo, pensamos que la Historia son las personas que la protagonizan, las ideas y sentimientos que impulsan a actuar o el contexto que acompaña los hechos, todos ellos necesarios para entender un poco mejor el Presente. La lectura de A sangre y fuego reafirma desde luego esta última percepción.

Nos encontramos ante un libro recomendado para todos aquellos con vocación periodística, que les guste aprender y revivir la Historia y que aspiren a disfrutar de una mente libre de prejuicios. También va dirigido a todos los que disfruten con la buena Literatura, esa que produce una sensación placentera en el espíritu, te hace empatizar con los protagonistas y el autor y que en cierto modo, te  transforma por dentro. Siempre a mejor, claro.

El relato con el que el autor pone el punto final a su obra, Consejo obrero, concluye con una sentencia memorable, válida para la vida de su protagonista, del propio escritor y de otros tantos que vivieron en primera persona la Guerra Civil Española y que en ella perecieron, aparte de resumir el pesar de toda una generación de intelectuales, la llamada Tercera España, que se disolvió tras la contienda para nunca más volver:

“Y murió batiéndose heroicamente por una causa que no era la suya. Su causa, la de la libertad, no había en España quien la defendiese”.

En memoria de Manuel Chaves Nogales (1897-1944), referente del Periodismo, mártir de la crueldad y estupidez humanas, héroe anónimo.

Fotografía original de Manuel Chaves Nogales// Foto via indecolors.com

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Versos libres

Voces anónimas: periodismo cinematográfico desde Uruguay

Tuve un profesor que sostenía que el gran problema de los directivos del mundo de la televisión no era otro que “confundir el concepto de calidad con el de cultura”, indisociando el uno del otro y quedándose bloqueados a la hora de apostar por nuevos programas. La calidad no es patrimonio de ningún género, si bien existen algunos más propensos que otros a demostrarla.

En cualquier caso, cada vez tengo menos prejuicios. No hace mucho, en una de esas noches de no salir ni tampoco estudiar, Youtube me recomendó un vídeo de ovnis, el cual me llevó a otro y ese a otro, de manera que tras varios minutos perdiendo tiempo me topé con uno que por fin merecía la pena. Se trataba de Voces anónimas, un espacio de terror, misterio y parapsicología desde Uruguay, conducido por Guillermo Lockhart y emitido en el CANAL 12 de aquel país.

Voces anónimas combina con maestría recursos del Periodismo y del Cine, mimando al máximo la técnica narrativa (o storytelling). Tras la entradilla del presentador, cuya puesta en escena se alterna con planos cuidadosamente seleccionados, entra la cabecera del programa, donde vemos que los productores no han escatimado en gastos.

A lo largo del programa, los testimonios, recogidos en entrevistas, son intercalados con la representación de la propia historia, encarnada por actores profesionales en un escenario recreado con fidelidad. La música y el atrezzo tampoco son casuales, y el guión, si bien está condicionado por la propia trama (siempre basada en hechos reales) consigue que te quedes hasta final para ver cómo acaba la historia, revelando poco a poco las pistas que hacen que todo cobre sentido.

Vayamos a los ejemplos. En este capítulo, titulado “Finta” por el nombre de la protagonista, el ex-guardameta paraguayo José Luis Chilavert narrra una experiencia sobrenatural que vivió con unos amigos. Sobrecoge bastante.

Sigamos. Sin duda alguna, si un capítulo me ha impactado hasta la fecha ha sido “Candle Cove”, título de un show de marionetas retransmitido en los años 70… y hasta aquí puedo escribir.  Juzguen ustedes después de verlo.

Y no podía terminar sin recomendar “Chau Mama” una historia real que tuvo lugar en Montevideo y que te pellizca lo de dentro mientras empatizas con los protagonistas.

Vale, no se trata de un programa riguroso, seguramente tiren de imaginación y fantasía de vez en cuando. Ni yo tampoco incluiría a la parapsicología dentro del Periodismo de Investigación. Pero como seres humanos que somos, necesitamos las buenas historias, así como alguien que nos las cuente. Desde el inicio de los tiempos hemos sentido fascinación por el misterio.

Qué bueno sería  para los espectadores si los directivos de las cadenas televisivas dejaran de lado sus prejuicios y apostasen por programas y formatos del extranjero. Como concluiría el show Guillermo Lockhart, “bastaría  con que hicieran caso a las voces anónimas”.   

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Lugares con encanto

Pongamos que hablo de Madrid

El pasado fin de semana tuve el privilegio de acudir al curso de formación en Madrid. Explicar el contenido de los módulos llevaría varias entradas y aún así no despejaría todas las dudas. Me veo más capacitado para expresar lo que se siente al pasear entre las calles de la capital española. Vamos al lío.

Madrid mola. Puedes hacer de todo siempre. A la ciudad no se le pueden sacar demasiados defectos; sí, en cambio, unos cuantos excesos: en las distancias, en la polución del aire, en los precios, y sobre todo, en la cantidad de gente circulando y en la longitud de las colas para entrar o salir de cualquier parte. No obstante, todo ese ajetreo supone el mejor antídoto contra el tedio y la monotonía ligados a la vida provinciana.

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La sede del curso estaba ubicada en la calle Montera, famosa por el oficio de algunas de sus damas; nuestro hostal, en la Plaza del Carmen. Podría decirse que estuve “encerrado” entre las paradas de metro de Gran Vía, Sol y Callao. Qué más se puede pedir, me dirán. Pues por ejemplo, vistas como las de la azotea donde tuvo lugar el curso, ideal para presenciar el atardecer de un sábado víspera de Todos los Santos.

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Al caer la noche, Madrid despierta. El bullicio tal vez no se intensifique, pero desde luego se hace patente. Circular a pie parece tan complicado como hacerlo en coche: cualquier parón o despiste se convierte en riesgo de colisión.

Pero si algo bueno tiene tanto tráfico es la diversidad que integra. Si buscas una buena historia, estampa o fotografía, esta es tu ciudad. Siempre que tengas la paciencia para sentarte y observar, algo de lo que los lugareños andan muy escasos. Paradojas metropolitanas.

En Madrid no sobra nada ni nadie. O mejor dicho, caben todos y de todo. Quienes venimos de fuera importamos tanto como los que viven allí: casi nada. Lo cual no deja de ser una ventaja, ya que garantiza el cumplimiento de la vieja premisa democrática de nadie es más que nadie, casi desconocida en los pueblos de la España profunda.

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Si París bien vale una misa, Madrid merece otras tantas. O en su lugar un curso, congreso o cualquier evento que nos ocupe un fin de semana. Es cierto que así resultará imposible sacar partido a nuestra visita. Y que también tendremos otra excusa para volver. Siempre merecerá la pena, porque existen tantos madriles como el número de veces que la visitemos.

Cada viaje a la capital de España me sabe a poco. Se trata de una ciudad a la que nunca me cansaré de volver. Y no se me ocurre mejor manera de acabar que con un par de estrofas de una canción que compuso mi paisano Joaquín Sabina para homenajear a la ciudad que le perdió y le ganó para siempre. Años más tarde la versionó el tristemente desaparecido Antonio Flores. Para los que estén más perdidos, pongamos que hablo de Madrid.

Allá donde se cruzan los caminos,
donde el mar no se puede concebir,
donde regresa siempre el fugitivo,
pongamos que hablo de Madrid.

[…]Cuando la muerte venga a visitarme,
que me lleven al sur donde nací,
aquí no queda sitio para nadie,
pongamos que hablo de Madrid.

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