Crónicas del Gachi

Berrea otoñal

Si las banderas de los distintos territorios lucieran los colores de su vegetación, la de la comarca de Linares incluiría diversos tonos ocres. Esos mismos que caracterizan a olivos y encinas, así como a la tierra dispuesta para el arado o a los caminos sin asfaltar. También a la jara y al romero, con algunos reflejos más claros gracias a las margaritas, lilas y jaramagos que se entremezclan en único espacio protegido de la acción del hombre.

Cuando comienza el otoño en los alrededores de la localidad de Baños de La Encina, famosa por su castillo milenario, el marrón se multiplica en forma de ciervos, que salen de su escondite para protagonizar la berrea. Se trata de su particular ritual de apareamiento, en el que los distintos machos alfa de la manada emiten su característico berrido para enfrentarse y poner en juego su cornamenta, además de la posibilidad de procrear ese año e incluso la propia pervivencia en el clan. Y es que el mundo animal tampoco es justo ni igualitario.

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Lo más curioso es que los ciervos están tan acostumbrados al vaivén de los coches que solo se espantarán si perciben que un motor se detiene. Si ya es difícil localizar a los animales con el ojo humano, más aún resulta hacerlo con cualquier tipo de cámara, a menos que tengamos la pericia suficiente para apretar el botón en pleno movimiento. En cualquier caso, la estampa del entorno, que no deja de ser bella para quienes no lo tenemos cerca, basta para que la excursión valga la pena.

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Existe una norma jamás escrita que manda extraer una conclusión de cada viaje. Algo que justifique la inversión de tiempo y dinero en un mundo en lo que nada es gratis.

Esta vez descubrí lo idóneo que resultaría aprender en las escuelas a reconocer a los animales y a las plantas, nuestros poco estimados compañeros de ecosistema, en lugar de memorizar tanta materia dúctil y maleable en función del partido que nos gobierne. Y que sigue siendo una suerte tener espacios naturales tan cerca y que éstos sean parte de nuestra vida.

Qué pena me dan las generaciones venideras, y no solo las de Linares y su comarca.

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Versos libres

Perdón y Gracias

Hace ya más de un año, un estudiante de la UPNA murió atropellado por un autobús a la salida de una fiesta. Había sido compañero mío en Larraona. Jamás podré olvidar nuestra última conversación, un sábado de principios de junio, mientras desayunábamos. Comentamos lo que íbamos a hacer con nuestra vida al acabar la uni, un futuro en apariencia difícil que él ya no tendrá el placer de experimentar.

El pasado fin de semana, otro estudiante, esta vez de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, fue arrollado por un vehículo corriendo una suerte fatalmente idéntica. Dicen que el suceso fue aún más escabroso y macabro que el anterior. Venía de Ecuador, desde donde llegaron sus padres para asistir al funeral de su propio hijo. No creo que pueda haber desplazamiento más doloroso para un padre o una madre.

Hace unos días también falleció la madre de un compañero de clase. No sé los detalles. He escuchado que luchaba contra el cáncer desde hacía un tiempo. En cualquier caso, por muy crítico que fuera su estado y por muy previsible que fuera el deceso, no deja de ser un varapalo. Para ella, por todos los momentos de felicidad de su hijo que no compartirá, empezando por su graduación, a finales de este año. Y también para él; la figura de una madre, su presencia, cariño y compañía son y serán siempre irreemplazables.

Entonces me observo, estudio mi comportamiento reciente y siento algo que debe definirse como “vergüenza”. Vergüenza por quejarme tanto de tal o cual asignatura o profesor. Por ignorar las llamadas desde casa. Vergüenza por irritarme ante las trivialidades diarias. Por utilizar términos como “agobio”, “preocupación” o “problema” tan a la ligera. En definitiva, vergüenza por ser un privilegiado y de no estar agradecido, porque a veces ni siquiera soy consciente de ello.

Ahora solo puedo deciros dos cosas: perdón y gracias. Perdón a todos los que me he referido antes y a sus allegados. Primero por nombraros sin permiso. También por no poder ni querer comprenderos ni ponerme en vuestro lugar. Hay cosas que sobrepasan nuestro entendimiento, y la muerte, la dama más democrática que jamás existió, es una de ellas. Sobre todo si llega antes de tiempo. Solo espero estar dotado de la entereza necesaria el día que se cruce en mi camino o me afecte de una u otra forma.

Y Gracias. Gracias a todo y a todos los que conforman mi vida. Por hacerla no solo soportable, sino agradable. Gracias a mi suerte, que me ha permitido vivir experiencias y obtener recuerdos que otros tanto anhelan. Gracias por poder estar aquí y ahora, escribiendo esto. Y gracias, a Dios o a la vida, por todo lo que me queda por vivir y aprender, que seguro que merece la pena.

Y porque es esa insignificancia que ahora siento es la que nos hace a los seres humanos extraordinarios. Otra vez, perdón y gracias.

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