Entrerraíles (VII): Sarajevo, una ciudad bipolar

Sarajevo, la histórica, la meca del reporterismo de guerra, la  actual capital de Bosnia-Herzegovina, es una ciudad bipolar. Encierra vida, dinamismo, juventud; pero también miseria, ruinas y odios diversos. La herida de la Guerra de los Balcanes tardará varias décadas en desinfectarse.

La gran brecha generacional, producto del contraste entre quienes pertenecieron a un país grande aunque autoritario, por un lado, y un juventud hija de la guerra, nacida en una nación pequeña y arrasada mas abierta al exterior, por el otro, solo se subsana gracias al nacionalismo bosnio anti-serbio, profesado a la par que condenado por padres e hijos. Ambos saben que tanto para olvidar como para perdonar hace falta algo más que buena voluntad.

La ciudad, valle entre montañas, constituye un refugio frente a las posibles hordas bárbaras del exterior. Una situación geográfica que, cruel broma del destino, facilitó su cerco durante la contienda. Aún hoy barreras físicas como el río Miljacka se alzan como fronteras culturales, dado que separan a las irreconciliable comunidad serbia del resto de poblaciones (bosnios, croatas, judíos, católicos y gitanos).

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En nuestra primera mañana participamos en un recorrido organizado por el personal de nuestro albergue entre las ruinas de la ciudad. Nuestro guía, Meme Zbristika, nos aclaró que el prefijo multi- es el que mejor se aproxima a la definición esencial de Sarajevo y sus habitantes. Él lo personificaba: joven de piel pálida, licenciado en Economía y estudiante de Arte dramático, hablante de un inglés fluido, enamorado del café y del fútbol  (e hincha del Betis, aunque cueste creerlo). Y para los más curiosos, formaba parte de la comunidad étnica mayoritaria del país, los musulmanes bosnios, señal inequívoca de que la diversidad afecta también a grupos antaño homogéneos. Y me alegro de que así sea.

Nuestra ruta comenzó desde lo alto de un cerro, donde contemplaba una panorámica de la ciudad y siguió por la villa olímpica (o lo que quedaba de ella) para acabar en un fuerte abandonado convertido en museo de la contienda. Y de fondo, un bosquejo que recordaba a los escenarios de la serie The Walking Dead. Historia viva de la desolación. Según nuestro guía, prácticamente todas las familias bosnias perdieron a uno de sus miembros en la guerra. Por tanto, todas tienen a alguien a quien llorar y odiar, admitió. Por suerte, las generaciones se van renovando, también su memoria colectiva.

De Sarajevo impresionaba también la cantidad de perros abandonados que merodeaban. En lo alto de un cerro descubrimos una camada de cachorros completamente a su suerte. Algunos velaban los restos de uno de sus hermanos, fatalmente atropellado; la mayoría se limitaba a seguir, entre gemidos, a los forasteros. Una escena que conmocionaría al más insensible.

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Los contrastes también afectaban a los edificios. En el llamado centro histórico coexisten en armonía casi perfecta edificios de todas las épocas. Mezquitas con minarete y edificios gubernamentales decimonónicos, iglesias cristianas, sinagogas y bloques de oficinas. Ninguno molesta porque todos tienen una razón de ser y representaban a un grupo de población. Una población heterogénea, entre la que se encuentran, por ejemplo, mujeres con velo, maquillaje, bolso y pantalones, de tez y ojos más claros a los que estamos acostumbrados en la Europa mediterránea. Y repito, toda esa mezcla no resulta para nada forzada.

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El comercio fue designado motor económico para levantar al país de entre los escombros. Las callejuelas céntricas, repletas de bazares, me recordaban a las angostas calles granadinas y cordobesas, orgullosa herencia de su pasado morisco y sefardí.

Allí, las tiendas para turistas emanaban un aroma más puro que de costumbre, propio de la superioridad moral de la artesanía frente a los objetos prefabricados. Por su parte, los restaurantes tradicionales ganaban la partida a aquellos de comida rápida, al menos en el casco viejo.

Sin embargo, la desigualdad y el retraso económico se palpaban en el ambiente. Proliferaban los centros de cambios de divisas, esos lugares que permiten que quienes usemos euros, libras o dólares nos sintamos multimillonarios en países con una moneda más débil. En no pocos comercios aceptaban euros que ellos mismos se encargarían de cambiar después. Y la economía sumergida debía de desempeñar un rol fundamental, a juzgar por la cantidad de casas de apuestas que uno encontraba casi sin quererlo.

Además, en dos ocasiones nos valimos de taxis sin licencia para desplazarnos por el país (sobra decir que los taxistas legales e ilegales se saludaban al cruzarse, viéndose como camaradas, y no como competencia desleal, tal y como sucedía en la España de no hace tanto).

Tuve la desagradable impresión de que la gente te intentaba sacar todo el dinero que podía. Más que nada por necesidad, conscientes de que unos céntimos de más resultan casi imperceptibles para los turistas occidentales. Por eso mismo se les perdona rápido.

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Si Croacia me pareció un país en construcción, y Zagreb una capital homogénea y funcional, de Bosnia-Herzegovina puedo afirmar que es un estado en reconstrucción, cuya capital resulta algo caótica, aunque con ese punto de belleza que encierran la anarquía. Y que se ve reflejada en una estación de tren completamente desfasada y destartalada, como también en sus zonas históricas y monumentales, provistas de contrastes que desprenden una energía muy positiva a quienes tenemos el gusto de pasear entre sus calles.

Sarajevo, frontera de la civilización europea, fue nuestro enclave más alejado de aquel viaje. Ha sido muy gratificante descubrir la diversidad de los pueblos y ciudadanos de Europa. Esta ciudad en concreto avivó mi deseo de conocer un poco más los Balcanes y también Turquía, un país en cierta manera similar. Tal vez en nuestra próxima aventura.

 

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