Lugares con encanto

Entrerraíles (VIII): Jajce, inmersión balcánica

Dormir es fundamental. Sobre todo si quieres estar rebosante de energía para afrontar la jornada venidera. La falta de descanso te impide disfrutar de lo que haces mientras estás despierto; lo pudimos comprobar el día que fuimos de Sarajevo a Jajce, un pequeño pueblo perdido entre montañas de musgo.

Objetivamente, disfrutamos de una excursión agradable durante un día de temperatura óptima en el que contemplamos paisajes naturales e históricos con mucho encanto. Subjetivamente, nos dimos una paliza recorriendo las carreteras comarcales de un país perdido casi sin haber comido ni descansado. Por si fuera poco, la necesidad nos impidió controlar bien nuestros gastos, sintiéndonos como aquel coche del anuncio de seguros que se perdía dinero por el tubo de escape.

En cualquier caso, el tiempo ha logrado el recuerdo que nos ha quedado se parece más a la realidad objetiva que a la subjetiva. La mente humana siempre fue muy caprichosa.

Antes de ir a un sitio en cualquier medio de transporte ajeno conviene mirar bien los horarios. Distinguir salida y llegada, mañana y tarde. Y memorizarlo. Si no, os pasará como a nosotros, que tras perder el primer bus tuvimos que elegir entre esperar varias horas al siguiente o buscarnos la vida de otra forma.

Justo entonces nos acordamos de un hombre calvo, ataviado como un camareroque nos acababa de preguntar “where are you going”. Aquellas resultaron ser las únicas palabras que sabía en inglés, como bien comprobamos una vez subidos en su improvisado taxi. En el trayecto no paró de repetir la palabra “petrucho”, y, cuando por fin comprendió que solo íbamos a compartir el viaje de id,a decidió cobrarnos más de lo pactado. Por eso, lo primero que hicimos al llegar a aquel pueblo, tras tres horas por carreteras comarcales, fue comprar (esta vez sí) nuestro billete de autobús para la vuelta.

¿Que por qué queríamos ir a Jajce? Principalmente por su entorno natural, presidido por unas imponentes cataratas. Para acercarte a ellas lo suficiente había que pagar un euro. Pensábamos que sería necesario si queríamos buenas fotos, aunque poco después descubrimos resignados que desde arriba las vistas eran aún mejores (y gratuitas). En cualquier caso, el placer de que te salpique una cascada no nos lo quitará nadie.

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El pueblo resultaba asombrosamente pequeño. Parecía estar anclado en la Edad Media. No solo por su arquitectura, sino por la sensación de aislamiento respecto al exterior.

Tras improvisar un picnic con lo que acabábamos de comprar en un supermercado local ,decidimos dar una vuelta dentro del recinto amurallado. En la oficina de turismo, típico local municipal multiusos, una chica que apenas hablaba inglés me vendió un mapa que ni siquiera estaba traducido. No obstante, el riesgo de pérdida resultaba ínfimo en unas dimensiones tan reducidas.

El castillo se encontraba en lo más alto del cerro sobre el cual se asentaban todos los edificios. Tras pagar otro euro, nos adentramos. Nos permitirnos el lujo de echar una siesta en el interior, sobre la hierba. Y os aseguro que con tanta fatiga acumulada sabía a gloria. Por cierto, la vistas desde ahí arriba no estaban nada mal.

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Nuestro viaje de vuelta no fue menos accidentado. El autobús de regreso había pinchado una rueda, por lo que nos acoplaron en otro que también se dirigía a Sarajevo, no sin antes parar en cada pueblo que encontraba a su paso. Como era de esperar, cuando (por fin) llegamos, hacía horas que el sol se había ido a dormir.

En resumen: empleamos todo un día en visitar un pueblo de unos pocos cientos de habitantes situado a escasos kilómetros. Sea como fuere, la mejor crónica posible de esta jornada la escribió mi amiga Claudia Sorbet. Aquí os la dejo:

Amanecer en Sarajevo, cambiar el despertador porque estás convencida de que tu compañero de viaje siempre se levanta hora y media antes de lo necesario, mirar con los ojos entrecerrados el horario de autobuses, leerlo mal, coger un taxi ilegal hasta Jajce, pagar por ver unas cataratas que podrías haber visto perfectamente gratis, recorrer el pueblo sin rumbo como si de un personaje que se cae a pedazos de The Walking Dead te tratases, alimentarte a base de plátanos, buscar unas casitas con agua que el mapa señala claramente pero que claramente no se encuentran por ninguna parte. Andar, andar y andar hasta que no das más de ti, y seguir andando. Descubrir que en Bosnia no venden Doritos. Preguntar a unas niñas dónde está el río y simular un río con el brazo porque obviamente no saben inglés. Ver cómo te miran asombradas y continuar sin brújula por las calles de forma aleatoria. Subir escaleras hasta llegar a un castillo por el que también tienes que pagar, preguntarte si les valdrá la entrada para las cascadas, pagar por entrar al castillo y, tras verlo, tumbarte en la hierba a dormir ante la mirada fija de los visitantes. Y aun así, uno de los mejores días de mi vida. Un viaje que repetiría cien veces.

En efecto, yo también lo repetiría otras cien. Porque son esas aventuras las que te ponen a prueba, te hacen aprender aquello que no sale en los libros y te unen para siempre a determinadas personas y lugares. Y precisamente por eso, permanecen en tu memoria por los siglos de los siglos. Amén.

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Crónicas del Gachi

El soporífero verano linarense

El verano es la estación predilecta en buena parte del hemisferio norte. El sol, ausente casi todo el curso, hace acto de presencia durante un par de meses en los que la gente no cesa de celebrarlo. En Linares, en cambio, el verano es sinónimo de sopor, hastío y tedio. Un castigo periódico por haber nacido en una tierra soleada rodeada de buena gente.

A partir de las 11 de la mañana la temperatura ascenderá con brusquedad, superando fácilmente los 40ºC.  Trabajar, hacer deporte, estudiar y en definitiva, vivir, se complica de tal forma que el cansancio empieza a dar señales de vida cuando minutos antes ni siquiera suponía una preocupación. Ante la dureza de las condiciones y el consecuente descenso de la productividad, no son pocos los que optan por madrugar, si bien luego compensarán su falta de sueño con una merecida siesta.

En Linares, los lugares de trabajo están acondicionados para soportar las condiciones estivales. No así las personas, ni mucho menos la vida cultural y social de la ciudad. Dar un paseo antes de las siete de la tarde supone un acto suicida. Si la gente se encierra en sus casas se debe a que el calor autóctono absorbe toda su energía antes de emprender cualquier acción.

En verano, los días linarenses se asemejan al tiempo de descuento de un partido que ya no puedes ganar: largos, fatigantes, desapasionados. Las tardes de piscina son la única alternativa en un escenario de aburrimiento contagioso y destructivo.

Pero al caer la noche, el verano linarense muta, abandonando toda su perversa naturaleza. Refresca algo, lo suficiente para que la gente abandone sus cárceles y rompa la soledad juntándose en las terrazas de los bares. Las tapas, seña identitaria de nuestra ciudad, no solo acompañarán la bebida, sino que muy a menudo sustituirán a la cena.

El tiempo ahora pasa más rápido, el tedio y el sopor se diluyen. Poco a poco vuelven las conversaciones fluidas que versan sobre planes por hacer, las anécdotas que no caducan y todas esas pequeñas cosas que hacen aflorar la alegría en el rostro de la gente.

Mi gremio, el de los jóvenes, solía reunirse,  en la explanada de la vieja estación de Madrid. Con el tiempo el ejercicio fue bautizado como botellón, cuya terrible consecuencia fue la primacía del acto de emborracharse frente al de socializar. Durante varios años se juntaron en ese lugar gentes de toda clase y condición, en ocasiones irreconciliables.

Tras la inauguración del nuevo recinto ferial, el botellón y su tropa hicieron las maletas. El nuevo espacio es más fresco, seguro y agradable, al pisar suelo embaldosado y no tierra. Además, toda esa gente que rinde culto a la violencia, el trapicheo y cualquier forma de exceso desapareció de la zona sin dejar rastro. Ahora, por ley, tampoco se vende alcohol a partir de medianoche. El botellón ya no es lo que era. Gracias a Dios.

Seguramente, la época estival no sea aquí muy distinta a la de cualquier ciudad cálida del interior. Pero en Linares siempre hubo una particularidad a finales de agosto: la celebración de las fiestas de San Agustín, patrón de nuestra ciudad. En contra de lo que cabría suponer, la disminución de las horas de luz alarga los días.

Primero, porque las noches duran más, y por tanto la vitalidad popular aumenta. Segundo, porque la gente suele animarse a salir, gastar y a pasar el día por ahí, que es para lo que sirve la feria. Una feria, dicho sea de paso, lleva varios años de capa caída y que parece que va a ir a peor. Ojalá me equivoque. Allí nos veremos para comprobarlo.

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Entrerraíles (VII): Sarajevo, una ciudad bipolar

Sarajevo, la histórica, la meca del reporterismo de guerra, la  actual capital de Bosnia-Herzegovina, es una ciudad bipolar. Encierra vida, dinamismo, juventud; pero también miseria, ruinas y odios diversos. La herida de la Guerra de los Balcanes tardará varias décadas en desinfectarse.

La gran brecha generacional, producto del contraste entre quienes pertenecieron a un país grande aunque autoritario, por un lado, y un juventud hija de la guerra, nacida en una nación pequeña y arrasada mas abierta al exterior, por el otro, solo se subsana gracias al nacionalismo bosnio anti-serbio, profesado a la par que condenado por padres e hijos. Ambos saben que tanto para olvidar como para perdonar hace falta algo más que buena voluntad.

La ciudad, valle entre montañas, constituye un refugio frente a las posibles hordas bárbaras del exterior. Una situación geográfica que, cruel broma del destino, facilitó su cerco durante la contienda. Aún hoy barreras físicas como el río Miljacka se alzan como fronteras culturales, dado que separan a las irreconciliable comunidad serbia del resto de poblaciones (bosnios, croatas, judíos, católicos y gitanos).

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En nuestra primera mañana participamos en un recorrido organizado por el personal de nuestro albergue entre las ruinas de la ciudad. Nuestro guía, Meme Zbristika, nos aclaró que el prefijo multi- es el que mejor se aproxima a la definición esencial de Sarajevo y sus habitantes. Él lo personificaba: joven de piel pálida, licenciado en Economía y estudiante de Arte dramático, hablante de un inglés fluido, enamorado del café y del fútbol  (e hincha del Betis, aunque cueste creerlo). Y para los más curiosos, formaba parte de la comunidad étnica mayoritaria del país, los musulmanes bosnios, señal inequívoca de que la diversidad afecta también a grupos antaño homogéneos. Y me alegro de que así sea.

Nuestra ruta comenzó desde lo alto de un cerro, donde contemplaba una panorámica de la ciudad y siguió por la villa olímpica (o lo que quedaba de ella) para acabar en un fuerte abandonado convertido en museo de la contienda. Y de fondo, un bosquejo que recordaba a los escenarios de la serie The Walking Dead. Historia viva de la desolación. Según nuestro guía, prácticamente todas las familias bosnias perdieron a uno de sus miembros en la guerra. Por tanto, todas tienen a alguien a quien llorar y odiar, admitió. Por suerte, las generaciones se van renovando, también su memoria colectiva.

De Sarajevo impresionaba también la cantidad de perros abandonados que merodeaban. En lo alto de un cerro descubrimos una camada de cachorros completamente a su suerte. Algunos velaban los restos de uno de sus hermanos, fatalmente atropellado; la mayoría se limitaba a seguir, entre gemidos, a los forasteros. Una escena que conmocionaría al más insensible.

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Los contrastes también afectaban a los edificios. En el llamado centro histórico coexisten en armonía casi perfecta edificios de todas las épocas. Mezquitas con minarete y edificios gubernamentales decimonónicos, iglesias cristianas, sinagogas y bloques de oficinas. Ninguno molesta porque todos tienen una razón de ser y representaban a un grupo de población. Una población heterogénea, entre la que se encuentran, por ejemplo, mujeres con velo, maquillaje, bolso y pantalones, de tez y ojos más claros a los que estamos acostumbrados en la Europa mediterránea. Y repito, toda esa mezcla no resulta para nada forzada.

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El comercio fue designado motor económico para levantar al país de entre los escombros. Las callejuelas céntricas, repletas de bazares, me recordaban a las angostas calles granadinas y cordobesas, orgullosa herencia de su pasado morisco y sefardí.

Allí, las tiendas para turistas emanaban un aroma más puro que de costumbre, propio de la superioridad moral de la artesanía frente a los objetos prefabricados. Por su parte, los restaurantes tradicionales ganaban la partida a aquellos de comida rápida, al menos en el casco viejo.

Sin embargo, la desigualdad y el retraso económico se palpaban en el ambiente. Proliferaban los centros de cambios de divisas, esos lugares que permiten que quienes usemos euros, libras o dólares nos sintamos multimillonarios en países con una moneda más débil. En no pocos comercios aceptaban euros que ellos mismos se encargarían de cambiar después. Y la economía sumergida debía de desempeñar un rol fundamental, a juzgar por la cantidad de casas de apuestas que uno encontraba casi sin quererlo.

Además, en dos ocasiones nos valimos de taxis sin licencia para desplazarnos por el país (sobra decir que los taxistas legales e ilegales se saludaban al cruzarse, viéndose como camaradas, y no como competencia desleal, tal y como sucedía en la España de no hace tanto).

Tuve la desagradable impresión de que la gente te intentaba sacar todo el dinero que podía. Más que nada por necesidad, conscientes de que unos céntimos de más resultan casi imperceptibles para los turistas occidentales. Por eso mismo se les perdona rápido.

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Si Croacia me pareció un país en construcción, y Zagreb una capital homogénea y funcional, de Bosnia-Herzegovina puedo afirmar que es un estado en reconstrucción, cuya capital resulta algo caótica, aunque con ese punto de belleza que encierran la anarquía. Y que se ve reflejada en una estación de tren completamente desfasada y destartalada, como también en sus zonas históricas y monumentales, provistas de contrastes que desprenden una energía muy positiva a quienes tenemos el gusto de pasear entre sus calles.

Sarajevo, frontera de la civilización europea, fue nuestro enclave más alejado de aquel viaje. Ha sido muy gratificante descubrir la diversidad de los pueblos y ciudadanos de Europa. Esta ciudad en concreto avivó mi deseo de conocer un poco más los Balcanes y también Turquía, un país en cierta manera similar. Tal vez en nuestra próxima aventura.

 

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Oda al reino nazarí

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Me gusta Granada. La suavidad de su clima, la variedad de sus gentes, su rica herencia cultural, sus enrevesadas calles.

Granada tiene magia. También en verano, cálida pero soportable estación en esta latitud gracias al relieve protector.

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Al caer la noche, la temperatura desciende y la villa despierta. Varios son los planes para disfrutar, bien solos, mejor en compañía: flamenco, teatro, cine, rock, jazz, poesía. Todo en la misma ciudad, una ciudad distinta en cada espectáculo.

O si no, siempre podremos degustar unas tapas en cualquier terraza y ver pasar a los transeúntes que confieren el ritmo de la ciudad. Un ritmo constante y agradable como el del agua que brota de las fuentes, diseminadas todas ellas con anciana sabiduría.

 

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Me gusta Granada. También en verano. Perdón, sobre todo en verano.

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Versos libres

Entrerraíles (VI): espíritu joven, espíritu albergue

El alojamiento es fundamental a la hora de emprender un viaje. Gracias a las nuevas tecnologías y a los avances en las vías de comunicación, el contacto entre personas resulta cada vez más sencillo. De tal forma que hospedarse gratis, ya sea en casa de amigos o familiares o de completos desconocidos (mediante plataformas como couchsurfing) se ha convertido en una posibilidad más. No obstante, en caso de no disponer de ella, siempre que viajéis con amigos os recomendaré la misma opción: echar mano a los albergues juveniles.

Este tipo de establecimientos se rige por una serie de normas universales no escritas, tales como la falta de intimidad, el buen rollo entre clientes y empleados, el multilingüismo de los huéspedes o la flexibilidad de los horarios, con entradas y salidas constantes.

Resulta fácil conocer gente y abrirse a los demás, tanto como luego olvidarse de esas mismas personas a las que posiblemente no se vuelva a ver. En un albergue juvenil la dificultad es siempre la misma: el cansancio acumulado tras varias jornadas de viaje, que volverá complicadas rutinarias como deshacer tu maleta, expresarte en inglés nivel medio o efectuar el pago de la habitación, normalmente a un precio ínfimo comparado con el de cualquier hotel o pensión.

Durante nuestro viaje Interraíl nos alojamos en tres albergues distintos. Nuestra llegada al primero, el Temza, de Zagreb, fue algo accidentada. Perdidos en la ciudad, intentamos orientarnos con un mapa desproporcionadamente grande en relación a nuestra talla. Un señor se ofreció para ayudarnos, y en inglés nos indicó la dirección del youth hostel, que casualmente él mismo dirigía.

Una vez dentro, el recepcionista, perplejo, se preguntaba por qué no figuraba nuestra reserva en su ordenador. Finalmente, resultó que nos habíamos equivocado de albergue. Es lo que tiene situar a varios en una misma manzana.

Ya en el nuestro, ubicado en la primera planta en un edificio decimonónico, pudimos aterrizar y deshacer la maleta. Tan solo había dos habitaciones con cuatro literas cada una, varios enchufes y una mesa en medio. En el pasillo, la recepción, dos cuartos de baño y una sala común, toda una lección de cómo aprovechar el escaso espacio disponible de manera funcional.

En la nuestra, coincidimos con una pareja de inglesas, con un look alternativo (perroflauta), que fueron muy amables con nosotros y siempre nos ofrecían participar en sus planes. También con un canadiense que llevaba dos meses de viaje sin más compañía que el libro Into the Road, de Keruac, y con una chica, de aspecto también anglosajón, que ataviada con la camiseta del Barça no hacía más que dormir y toser. Y menudos tosidos, que en nada envidiaban a los ladridos de un San Bernardo, con todo mi respeto.

Para llegar al Balkan Han, en Sarajevo, echamos mano de un taxi ilegal, medio de transporte por excelencia en el paisaje bosnio. Nos pareció barato hasta que días después descubrimos que nos había cobrado el doble de lo habitual.

El centro lo gestionaba Aunkas, un tipo corpulento y bonachón, cual hippie entrado en años, que hablaba inglés con acento británico. Su distribución era algo más anárquica y las paredes muy coloridas, fiel reflejo de la personalidad del dueño. También disponía de cocina y un patio.

El personal del hotel organizaba con otros contactos actividades para sus clientes, como un tour guiado por las ruinas de la ciudad, en el que participamos. Aunque como relataré más adelante, en ese país todo parece relativamente barato, pero absolutamente nada es gratis.

Allá había huéspedes de todo el mundo, un italiano que adoraba las pirámides, un español viajero que conocía Asia como la palma de su mano y que ahora andaba recorriendo Europa Oriental, una pareja de suizas que aparentaban no más de 18 años y no se separaban ni para ir al baño o un inglés que escribía su tésis sobre la guerra de los Balcanes. Gente de paso, como nosotros.

Nuestro último albergue fue el Ostello Bello Grande milanés. Dimos tal rodeo que tardamos en llegar unos veinte minutos pese a encontrarse a solo a cinco a pie de la Stazione Centrale. Nos recibieron como a los jeques en su oasis, ofreciéndonos una bebida, hablándonos en nuestro idioma e indicándonos los principales atractivos de la ciudad de Milán. Había varias habitaciones repartidas en distintas plantas,  la nuestra solo con dos literas. Nuestros compañeros, eso sí, fueron  los más extraños de entre todos los que coincidimos durante el viaje.

Al caer la primera noche, un muchacho joven moreno consultaba su teléfono móvil. La habitación estaba en penumbra, y en la cama inferior de una de las dos literas descansaba, boca abajo, un cuerpo desnudo, muy delgado, moreno y con una larga melena rubia. Pensamos que se trataba de su novia. La mañana siguiente, descubrimos que no era sino su padre (WTF?), un señor con un aire surfista, físicamente en forma aunque arrugado por el sol, que debía tener como oficio el de escritor, puesto que mi amiga Claudia me confirmó que no paró de recitar un poema que acababa de escribir durante buena parte de la madrugada. En fin, cosas que pasan.

Tres albergues, todos ellos fuente de innumerables anécdotas. Y eso que no nos dio tiempo a preguntar a nuestros compañeros. El día que a alguien le de por recopilar testimonios podrá escribir varios libros con títulos tan sugerentes como “cuentos de albergues para quienes no tengan sueño” o “Confesiones de un viajero estacional”, repletos de innumerables anécdotas, personajes y capítulos dignos de una buena narración.

Por el momento, solo puedo animaros a viajar de verdad, alojándoos en albergues juveniles cuando no tengáis casa en vuestro próximo destino. Aunque solo sea para manteneros espiritualmente jóvenes. Además, vuestro bolsillo y sobre todo vuestra caprichosa memoria os lo agradecerán con el tiempo.

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Lugares con encanto

Entrerraíles (V): Samobor: viaje a la Croacia real

Moverse por los Balcanes es tarea ardua. Con infraestructuras mejorables, un relieve accidentado y demasiadas fronteras en muy pocos kilómetros, resultan necesarios varios días para recorrer distancias medias. Por eso no visitamos otras grandes ciudades de Croacia. Y por eso el empleado de la taquilla nos recomendó Samobor, un pequeño pueblo del interior, para cumplir con nuestro propósito de ir a pasar un día por ahí sin hacer noche. Acertó, y desde aquí le doy las gracias.

Samobor es un municipio de la Croacia profunda y verdadera. Es famoso a nivel gastronómico por la Klotovina, un guiso de salchichas aliñadas, el cual no probamos. Sí degustamos, en cambio, el Kremsnite o Krempita, un dulce de crema pastelera montado entre hojaldre y cubierto de azúcar, increíblemente sabroso, sorprendentemente ligero.

Tuvimos suerte con el tiempo. Un cielo azul límpido nos permitió disfrutar del paisaje. A diferencia de las de Zagreb, las casas de Samobor tienen una altura escasa, tejados muy empinados y colores más vivos. El pueblo está atravesado por un río, presidido por las ruinas de una fortaleza sobre una colina y rodeado de verde, una vegetación que recuerda a la del norte de España.

Mientras paseábamos por el pueblo, articulado en torno a una plaza central repleto de terrazas de bares, tiendas de souvenirs y comestibles, teníamos la agradable impresión de estar inmersos en un perpetuo fin de semana.

Nadie parecía aspirar a nada más (y a nada menos) que a desconectar del mundanal ruido y de las preocupaciones cotidianas, ya fuera bebiendo limonada en una terraza, paseando por la orilla del río o subiendo el monte. La ventaja de las villas como Samobor es que da tiempo de sobra a hacer todo eso en un mismo día.

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Cada vez, la gente piensa menos en la naturaleza. Pocos se preocupan por la explotación irresponsable del medio y del despilfarro de recursos, y las preguntas de qué mundo queremos dejar a nuestros hijos o con qué derecho nos cargamos la gran obra de la Creación suenan raro. Mejor vivir el aquí y el ahora, dice la tele. Quizás por eso, a la hora de hacer turismo, adoptamos por defecto una mentalidad urbanita.

“Cuántos espacios naturales dejaremos de conocer tan solo por hallarse fuera de los circuitos turísticos habituales”, pensaba mientras subíamos hacia aquellas ruinas. Y cuántos lugares en el mundo no veremos nunca porque nuestra curiosidad lo necesariamente elevada para ir un poco más allá. He ahí un par de razones para, de vez en cuando, saltarse el guión.

Porque cada vez son más los jóvenes que hacen un interraíl; mas no creo que haya tantos que presuman de haber estado en contacto directo con la naturaleza durante el periodo que duró su viaje.

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Croacia es pequeña en más de un sentido. No en vano, creo que crecerá bastante en cuanto cicatricen sus heridas de guerra. Se trata de un zona heterogénea, bien situada y con una juventud cada vez más europeizada y abierta al mundo. Solo espero que, el día que vuelva, la buena impresión que me causó este país y su gente no haga sino aumentar. Confiemos en ello.

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Libros y escritura

Fragmentos -in italiano- de Novecento (Alessandro Baricco)

“Lo era davvero, il più grande. Noi suonavamo musica, lui era qualcosa di diverso. Lui sounava…non esiteva quela roba, prima che la suonasse lui, okay? non c’era da nessuna parte. E quando lui si alzava dal piano, non c’era più…e nonc’èra più per sempre…Danny T.D. Lemon Novecento. L’ultima volta che l’ho visto era seduto su una bomba. Sul serio. Stava seduto su una di dinamite grande così. Una lunga storia…Lui diceva: “non sei fregato veramente finché hai da parte una buona storia, e qualcuno a cui raccontarla.”

“Danny aveva paura che glielo portassero via, con qualche storia di documenti e visti e cose del genere. Così Novecento rimaneva a bordo, sempre, e poi a un certo punto si ripartiva. a voler essere precisi, Novecento non essiteva nemeno, per il mondo: non c’era città, parrochia, ospedale, galera, squadra di baseball che avesse scritto da qualche parte il suo nome. Non aveva patria, non aveva data di nascita, non aveva famiglia. Aveva otto anni: ma ufficialmente non era mai nato.”

“Non potrà continuare a lungo questa storia, dicevano ogni tanto a Danny. Oltre tutto è anche contro la legge. Ma Danny aveva una risposta che non faceva una piega: “In culo la legge” diceva.”

“Avrebbe voluto dire molte cose, in quel momento,  e tra le altre, “dove cazzo hai imparato? , o anche “dove diavolo ti eri nascosto?”. Però, come tanti uomini abituati a vivere in divisa, aveva finito per pensare, anche, in divisa. Così quel che disse fu: Novecento, tutto questo è assolutamente contrario al regolamento.”

“Comunque, del Virginian, e di Novecento, non seppi più nulla, per anni. Non che che me ne fossi dimenticato, ho continuato a ricordarmene sempre, mi capitava sempre di chiedermi: chissà cosa farebbe Novecento se fosse qui, chissà cose direbbe, “in culo la guerra, direbbe”, ma si lo dicevo io non era la stessa cosa. Girava così male che ogni tanto chiudevo gli occhi e tornavo là sopra, in terza classe a sentire gli emigrante che cantavano L’Opera e Novecento che suonava chissà che musica, lae sue mani, la sua faccia, L’Oceano intorno. Andavo di fantasia, e di ricordi, è quello che ti rimane da fare, alle volte per salvarti, non c’è più nient’altro. Un trucco da poveri, ma funziona sempre.”

“Io sono nato su questa nave. e qui il mondo passava, ma e duemila persone per volta. E di desideri ce n’erano anche qui, ma nin più di quelli che ci potevano state tra una prua e una poppa. Suonavi la tua felicità, su una tastiera che non era infinita.  Io ho imparato così. La terra , quella è una nave troppo grande per me. È un viaggio troppo lungo. È una donna troppo bella. È un profumo troppo forte. È una musica che non so suonare. Perdonatemi. Ma io non scenderò. “

Fotograma de la película “La leyenda del pianista del Océano”.

Alessandro Baricco (Turín, 1958) es un escritor prolífico y multifacético, capaz de ofrecernos la poesía de la vida a través de unas  pocas letras impresas en un pedazo de papel. La primera vez que me aproximé a su obra fue en primero de carrera, una profesora nos mandó leer este mismo libro, Novecento (que nada tiene que ver con la película del mismo título, sino con La leyenda del pianista del Océano). Nunca se lo agradecí. Años más tarde, una persona muy especial, a la que echo de menos a diario, me regaló por mi cumpleaños la versión original en italiano. E igualmente, nunca podré terminar de agradecérselo.

Ruego que me perdonéis por no haber traducido estos fragmentos. Esa tarea me viene grande. Os animo, eso sí, a que leáis cualquier obra de Baricco, original o traducida. Siempre y cuando no os avergoncéis de sentir placer a través de la Literatura.

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