Entrerraíles (III): ‘navigliando’ por Milán

Navigli es el barrio bohemio de Milán. Exento de los daños colaterales ligados al turismo analfabeto y de ocio y consumo que diría Arturo Pérez-Reverte, solo hay dos formas de acceder a él. O bien perdiéndose por la ciudad y apareciendo allí, o bien de la mano de amigos autóctonos que conozcan las callejuelas y rincones del lugar. Quizás las auténticas o incluso las únicas maneras de viajar de verdad. Sé que me entendéis.

Sus canales y suelo empedrado nos recuerdan a una suerte de Venecia sin góndolas, al menos en el trayecto a orillas del Naviglio Grande. De hecho, para acceder al corazón del barrio no hay una boca de metro como sucede la plaza del Duomo y en el resto de atracciones turísticas de este mundo tan globalizado. Si de verdad quieres disfrutar de los lugares que visitas, sin botas no hay paraíso. Y celebro que así sea.

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Los principales comercios en Navigli no son tiendas de souvenirs repletas de camisetas estampadas con un I love Italy y miniaturas del Coliseo o la torre de Pisa. En vez de eso predominan las librerías, las galerías de arte, los bares y las típicas casas de comidas, que en toda Italia reciben el nombre de trattoria.

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Según Erica, mi última profesora de italiano, solo hay tres cosas que unifican su país, a saber la squadra azzura (sobrenombre de la selección de fútbol), la pizza y la pasta. Estas últimas, tal como sucede con el café y el helado, se convierten en una degustación obligada en Italia, siempre y cuando sepas dónde meterte.

Si quieres acertar, priorizando la calidad frente a la calidad, personalmente recomiendo prescindir de los restaurantes donde leas Pizza & Pasta junto a cualquier anglicismo, y que apuestes por las clásicas trattorie, como por ejemplo Le due specialità, donde puedes degustar un menú del día ligero y te atienden camareros veteranos uniformados con camisa blanca y pantalón largo negro. Ya empezaba a echarlos de menos. O la pizzeria I Capatosta, napolitana, donde podrás saciarte con más facilidad, siempre que dispongas de la suerte o de la paciencia para encontrar una mesa.

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Aquí podríamos montar un estudio- bromeaba con mi amiga Claudia mientras paseábamos por las calles del barrio.

– Buena idea, pero ¿de qué?

– De lo que sea, ya se nos ocurrirá algo.

Mi respuesta no parecía satisfacerla, como era de esperar. La primera regla no escrita para dirigir un negocio es tener una idea muy definida, y nunca me he caracterizado por eso. Mas si la vida me lo permitiera, no sería una mala idea malvivir como artista en Navigli, el Montparnasse milanés, ya sea juntando letras o garabatos, o bien con una cámara entre manos. Por fortuna, soñar siempre será gratis.

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De vuelta en la realidad, con el grato recuerdo de unos días en una bonita ciudad y en inmejorable compañía, tan solo prometo que cuando vuelva a Milán me daré otro paseo por Navigli.

Y desde aquí animo a hacer lo mismo a todos aquellos que lo tengáis pendiente en cuanto se os presente una posibilidad. No os arrepentiréis.

Grazie amici, grazie Milano. È stato bello. Arrivederla Italia. 

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