Versos libres

La miseria de la titulitis

Ninguno de mis abuelos estudió una Licenciatura. En su época, muy pocos podían hacerlo. Sin embargo, ambos leían el periódico a diario y casi siempre tenían a mano un libro. Además, uno y otro sabían conversar y disfrutaban compartiendo tiempo y vida con sus allegados.

Hoy, damas y caballeros con el currículo hipertrofiado por másteres, cursos y diplomas muestra sin pudor su analfabetismo. Analfabetismo no solo intelectual, sino también social y emocional. Lo vemos en jefes mandones. En los escritores que no leen. En aquellos docentes sin empatía. En padres egocéntricos. Y se me ocurren decenas de ejemplos más.

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Viñeta de Ruarodriguez.

 

El problema no está en no saber, sino en no sentir la necesidad de aprender. En España acabamos de descubrir que varios políticos añadieron méritos ficticios a sus respectivos expedientes. Como era de esperar, las mentiras de unos las utilizaron otros como arma arrojadiza. Sin embargo, la pertinente reflexión todavía no ha visto la luz.

Creo que estamos dejando escapar una gran oportunidad para cuestionar muchas cosas. La función de la cultura en una sociedad en la que todo se compra y se vende. Un sistema educativo que fomenta más la competitividad que la curiosidad o el compañerismo. Por qué digerimos mejor la mentira que la derrota. Cuándo empezó toda esta mierda.

Una buena forma de romper esta dinámica (o al menos a mí me lo parece) sería quitarse méritos. No presumir de todo lo que sabemos ni de lo que hemos hecho. Decir “no lo sé” de vez en cuando. Hablar un poco menos y escuchar un poco más.

Lo más probable es que perdamos caché y algunos followers. Pero ganaremos algo que recibe múltiples nombres y que nos ayudará a vivir mejor. He ahí el principio de todos los cambios que merecen la pena.

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Teatrolari, escuela de vida

Mi último año de universidad no fue fácil. La rigidez del plan de estudios, la incertidumbre de cara al futuro y varios problemas personales me dejaron sin motivación. Necesitaba una razón para seguir, y como sucede en estos casos, la encontré fuera del curriculum. Estoy seguro de que las circunstancias me habrían devorado si no es por Teatrolari, una escuela de interpretación que entonces se ubicaba en la parte de vieja de Pamplona.

No era el alumno más preparado, tampoco el que aprendía más rápido. Sin embargo, aquellas lecciones de teatro me ayudaron muchísimo. Superé miedos, relativicé el sentido del ridículo y adquirí la confianza para expresarme a través del cuerpo y la palabra. Incluso logré salir de ese yo tiránico e insatisfecho que a menudo nos convierte en idiotas.

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Logo de Teatrolari.

Gracias a Teatrolari descubrí la interpretación como ejercicio creativo. Más que imitar escenas y personajes, teníamos que construirlas. Aprendíamos jugando. Incluso tuve ocasión de conocer a gente encantadora, cuya riqueza interior les protegía de la banalidad y el consumismo que todo lo impregnan.

En los últimos años, la escuela ha ido creciendo y su local se ha quedado pequeño. Tanto, que hace poco lanzaron una campaña de crowdfunding. No piden mucho, solo lo necesario para habilitar un nuevo espacio y poder estrenar ante el público La gata, el elefante y el mar, obra de Hemingway.

En un sistema educativo decente, el Teatro se convertiría en materia obligatoria durante varios cursos. Pero como tenemos lo que tenemos, para revertir un poco la situación solo puedo animaros a formar parte de Teatrolari, como yo tiempo atrás.

Y si aquella zona os quede lejos, también podéis colaborar con su campaña de micromecenazgo. Ayudaréis a que gente muy distinta se supere cada día mientras vive el teatro, ese universo inabarcable del que tanto cuesta salir a quienes tuvimos la suerte de entrar. Además, excelentes profesionales y mejores personas os estarán eternamente agradecidos. Os doy mi palabra.

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Cambios

Cambiar es necesario. A menudo encontramos excusas para no hacerlo, casi todas relacionadas con la falta de tiempo. En realidad, el inmovilismo está vinculado al orgullo, por eso nos cuesta más pedir perdón que comprar otro coche.

Han transcurrido dos años desde que dejé atrás la “etapa universitaria”, esa misma en la que los más privilegiados nos dedicados en exclusiva a estudiar. Una vez fuera del campus, me llama la atención lo diferente que se ve todo. En mi caso, la creencia de que todo era posible para los que trabajan duro ha mutado en un pesimismo más sosegado y menos ingenuo, también llamado “pragmatismo”.

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Por ejemplo, ya no soy tan optimista con respecto a internet y a las redes sociales. Tampoco creo que el periodismo sea el mejor oficio del mundo. Cada vez dudo más acerca de las ventajas de emprender, así como de las intenciones de quienes animan a ello a jóvenes recién salidos de la facultad y sin un duro. Ni siquiera sabría ubicarme en el espectro político contemporáneo, aunque siga pensando parecido.

Pero no todo son malas noticias. Tras haberme cruzado a unos cuantos, cada vez se me da mejor distinguir entre la multitud las voces de los charlatanes. Conozco un poco más los problemas de mi entorno, de tal forma que la mayoría de los debates mediáticos me parecen frívolos y estériles. He descubierto Rick y Morty y a los Dire Strains. Y sobre todo, he encontrado a personas que con unos minutos de conversación son capaces de animar la peor de las semanas. Os aseguro que esto último no tiene precio.

No sé a qué me dedicaré el día de mañana. Solo prometo que, de ahora en adelante, me leeréis más a menudo por aquí y menos por Twitter y Facebook. Poco a poco irán llegando más cambios. Como diría cualquier antagonista decimonónico, “pronto recibirán noticias mías”. Feliz comienzo de semana.

 

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Elogio del sueño manchego

Manuel Moreno ‘Rizos’ es un entrenador de fútbol natural de Linares. Tras dirigir con notable éxito al Huétor Tajar y al Huétor Vega, la temporada pasada aceptó el reto del Atlético Mancha Real, uno de los equipos más humildes y a la vez más competitivos del grupo IX de la Tercera División.

Hace unos días, Javier Esturillo entrevistó a Rizos en La Contra de Jaén. Lejos de ensalzar el oportunismo o la suerte, el míster valoraba actitudes como la constancia o el deseo de aprender algo nuevo cada día. Su discurso recordaba al llamado sueño americano, solo que más social, menos pretencioso y validado por los hechos: tras un comienzo irregular, los verdes se proclamaron subcampeones de la segunda vuelta de la liga. Y en un país de pelotazos inmobiliarios, másteres falsificados e influencers ociosos, me parece un mensaje muy transgresor, dicho sea de paso.

Sesión de entrenamiento del Atlético Mancha Real. Fuente: lacontradejaen.com

A la directiva del Atlético Mancha Real no parece importarle que varios de sus rivales cuenten con más recursos, mejores plantillas o técnicos más experimentados. Han optado por centrarse en el proceso en vez de en los resultados. O como le comentaba Rizos a Esturillo, en “ir semana a semana en vez de partido a partido”.

El fútbol actual tiende a los opuesto. Presidentes, periodistas y aficionados repiten aquello de “los resultados mandan” para justificar cualquier decisión impulsiva. El problema de vender tu alma al diablo es que te llaman desalmado, y con razón. Sin embargo, los manchegos lo entendieron a tiempo: ningunear a tus profesionales nunca está justificado, se gane o se pierda. Un proyecto siempre empieza por los cimientos. Lo otro se llama chapuza.

El grupo IX de la Tercera División española está muy parejo; creo que los verdes lo tendrán difícil para estar arriba. Precisamente por eso, que acabaran entre los cuatro primeros me parecería una noticia estupenda para el fútbol. Ojalá en toda la provincia se imitara el modelo de gestión del Atlético Mancha Real. Y no solo me refería al aspecto deportivo, que también.

*Artículo publicado en Lacontradejaén el 26 de agosto de 2018

 

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La muerte de un padre

Hace unos días murió el padre de una amiga muy querida. Aunque él llevaba tiempo luchando contra el cáncer y su pronóstico no era nada favorable, afrontar lo inevitable ha resultado difícil para ella. Prepararse para lo peor no significa que no te vaya a doler; he ahí una lección que todos aprendemos tarde o temprano.

Semanas atrás, mi amiga se había trasladado a casa de su padre. Estaba pendiente de él y le hacía compañía. Sin embargo, a diferencia de tantos otros, ella nunca dejó de vivir. No descuidó sus estudios, ni sus relaciones personales, ni siquiera su aspecto. Incluso le dio tiempo a entrar en mi vida y a convertirse en una de esas personas que hoy considero indispensables.

Hay una escena de la película El Rey León en la que Simba, al observar su reflejo en una charca, se encuentra con el rostro de su padre. “Él vive en ti”, le susurra Rafiki. “Recuerda quién eres”, clama poco después Mufasa desde las alturas. Creo que ilustra de maravilla lo que intento expresar.

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Reflejo de Mufasa en el reflejo de Simba. Fuente: deviantart.com; autor: isuru077

Cuando alguien se va y el duelo concluye, llega el momento de convertir todo el dolor en energía. De “mirar al cielo y crecer”, como diría el bueno de Manolo Preciado. Conlleva tiempo y requiere un gran esfuerzo, pero el proceso merece la pena. Porque también es una forma, acaso la mejor, de rendir homenaje a los que ya no están.

La verdad es que no sé cómo superar la muerte de un padre. Cada vez tengo más manía a esos artículos que, a modo de manual de instrucciones, te dicen qué hacer y cómo sentirse en cada momento. Sin embargo, estoy convencido de que si los que se fueron pudieran vernos, nada les haría más ilusión que descubrir cuánto aprendimos de ellos. Que seguimos teniéndoles presentes aunque hayamos continuado -qué remedio- con nuestra existencia rutinaria. Que ahora son parte de nosotros. Y que, precisamente por eso, hemos salido adelante.

Cuando los nubarrones se vayan, la vida de mi amiga recuperará su tono colorido. Mientras tanto, le toca afrontar el golpe con entereza y serenidad. Qué fácil es decirlo. De todas formas, reposará con la conciencia tranquila. Se sacrificó cuando tocaba y no cargó en los demás todo el peso de su dolor. Su padre, allá donde quede, seguro que la observa con orgullo. Muy pocos tienen tanta suerte con sus hijos.

Ánimo, Eva.

 

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Guimarães y el peso de la Historia

Portugal me recuerda a un anciano serio, en camisa de manga corta, sentado en el banco de una plaza. Una imagen que define sobre todo a Guimarães, ciudad que vive en blanco y negro con la calma de un jubilado. Aburrida, sí, pero una bendición para quienes estamos cansados del ritmo de vida urbano.

Los portugueses consideran a Guimarães el embrión de su país. Allí nació el primer rey luso, Afonso Henriques, y tras la batalla de São Mamede, en 1146, se convirtió en la capital del reino incipiente, hasta entonces parte de Galicia.

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El peso de tantos siglos de historia se nota. También en su arquitectura, armónica, descolorida, con predominio de la piedra. Allá todo parece viejo, que no descuidado.

Un paseo por el centro es la mejor manera de empaparse de Guimarães. Bares y restaurantes se alternan con comercios “de toda la vida”. Por allí aún se circula sin atascos y encuentras calles silenciosas. Me pregunto por cuánto tiempo.

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La Praça de Santiago. Fuente: portoportugalguide.com

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En la cima del Monte Largo, al norte del casco viejo, nos topamos el castillo y el palacio de los Duques de Braganza. Merece la pena visitarlos. Ascender una cuesta empinada unido a subir y bajar escaleras nos hará retroceder en el tiempo por unos instantes. Una lástima que las máquinas de refrescos del interior traigan de nuevo al siglo XXI.

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Castillo de Guimarães, palacio de los Duques de Braganza y uno de los salones de este último. Fuente: portoportugalguide.com

Otro reclamo de Guimarães es el teleférico que se eleva hasta lo alto de Montaña de Santa Catalina, coronada por el santuario Da Penha. Durante el trayecto, los árboles y las casas se encojen mientras se amplía la panorámica de la ciudad. Arriba podemos pasear por un bosque verde y con zonas de sombra, que ofrece unas vistas muy agradables de la ciudad más antigua de Portugal.

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Los lugares pequeños albergan un encanto ausente en las grandes ciudades. En ellos se puede ir a pie, comer bien y barato, disfrutar de la naturaleza o del patrimonio monumental. A menudo, los urbanitas los despreciamos debido a un complejo de superioridad absurdo y contraproducente. Cuánto lamento no haberme dado cuenta antes.

En realidad, unos rincones complementan a otros, de tal manera que Oporto y Lisboa embellecen a Faro, Setúbal o Braga. Y viceversa. Porque contrastar también es una forma de aprender. Así que ya sabéis: al norte de Portugal, la histórica Guimarães os está esperando.

 

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Iglesia Nossa Senhora da Consolação.

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Lugares con encanto

Oporto: una vieja con vida

El tiempo cambia algunas ciudades y deja a otras estancadas. Estas últimas suelen perder todos los trenes mientras languidecen y se van despoblando. Oporto no. La casa del vino más famoso de Portugal parece vieja y decadente, si bien turistas y estudiantes logran que su pulso se mantenga estable todo el año.

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Mosaicos de la Estación de San Bento.

De Oporto llama la atención la cantidad de iglesias y de fachadas con azulejos. Allá, edificios de todos los estilos arquitectónicos coexisten y se alternan. La ciudad no es demasiado extensa y está nivelada en distintas alturas, detalle que la convierte en un buen lugar para pasear.

Caminando descubrirás, por ejemplo, que las bodegas de Oporto en realidad se encuentran en Vilanova de Gaia, al otro lado del puente que atraviesa el Duero. En una y otra orilla se concentra todo el encanto tripeiro: colores vivos, música en la calle, jaleo cosmopolita. Una alegría que contrasta con la saudade y el cielo gris típicos del lugar.

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Además de por el casco antiguo, capítulo obligatorio en todas las guías, recomiendo callejear hasta los jardines del Palacio de Cristal, donde pavos reales y gallos cohabitan con peatones sin la menor incidencia. El paseo hacia la playa bordeando el barrio de Boavista también merece la pena. Se trata de una zona menos ‘comercial’ en la que no se oyen lenguas distintas a la portuguesa ni irrumpen tiendas de souvenirs cada 20 metros.

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Jardines del Palacio de Cristal.

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Pero sin duda, el mejor aliciente de Oporto es su gastranomía. Allí encontrarás pasteles de nata, crema o chocolate que por menos de un euro acompañarán al mejor café de la Península. O, si eres más de salado, sabrosos panecillos rellenos de carne de cerdo (bifanas) y unos curiosos sándwiches de embutido gratinados y bañados en salsa picante, conocidos como francesinhas. Una y otra especialidad entran de lujo junto a una Super Bock, la cerveza local, suavecita y refrescante.

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Dulces típicos. Foto: @stephaniedutandemy vía Instagram.

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‘Francesinha’, plato tradicional de Oporto.

Oporto me pareció una ciudad algo apagada aunque muy agradable. La diversidad y su riqueza cultural diluyen el carácter norteño y funcionarial de buena parte de sus habitantes. Admito que me gustó más Lisboa, igual de antigua, más luminosa. En cualquier caso, no descarto volver a la urbe portuense. Si no la conocéis, os animo a hacerlo. Me juego una francesinha a que lo pasaréis bien. Boa Viagem!

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